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The New York Times
Thomas L. Friedman
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Thomas L. Friedman
The New York Times
Odio escribir sobre esto, pero, de hecho, ya estuve en esta pieza antes y ella es realmente perturbadora.
Estaba en Israel entrevistando al Primer Ministro Yitzhak Rabin poco antes de ser asesinado en 1995. Tomamos una cerveza en su oficina. Él necesitaba una. Recuerdo el clima feo en Israel en aquel período -un clima en el cual políticos y colonos de derecha estaban haciendo todo lo que podían para retirar la legitimidad de Rabin, que estaba comprometido en cambiar tierra por paz, como parte de los acuerdos de Oslo- cuestionaban su autoridad. Lo acusaban de traición. Crearon imágenes retratándolo como un oficial de la SS nazi y gritaban amenazas de muerte en comicios. Sus adversarios políticos sonreían con todo esto.
Y al hacer esto, crearon un ambiente político venenoso, que fue interpretado por un colono judío de derecha como un permiso para matar a Rabin -debe haber oído, "Dios estará a su lado"- y así lo hizo.
Otros ya comentaron sobre esta analogía, pero quiero añadir mi voz, pues los paralelos entre Israel en aquella época y América hoy me hacen sentir mal: no tengo problemas con ninguna crítica sólida al presidente Barack Obama, sea de izquierda o de derecha. Pero algo muy peligroso está sucediendo. La crítica de la extrema derecha empezó a transformarse en falta de legitimización y a crear aquí el mismo tipo de clima que existía en Israel en la víspera del asesinato de Rabin.
Qué tipo de locura es esta que hace con que alguien elabore una encuesta en el Facebook preguntándoles a los entrevistados: "¿Se debe asesinar a Obama?" Las elecciones eran: "No, Tal vez, Sí y Sí, en el caso de que corte mi asistencia médica". El Servicio Secreto lo está investigando ahora. Espero que lleven preso al imbécil y tiren la llave de su celda, pues es exactamente esto lo que se estaba haciendo con Rabin.
Aunque usted no esté preocupado con que alguien pueda extraer de estos ataques rencorosos un permiso para intentar herir al presidente, usted debe preocuparse con lo que está sucediendo con la política americana en un sentido más amplio.
Nuestros líderes, incluso el presidente, ya no pueden pronunciar más la palabra "nosotros" con una expresión seria. No hay más "nosotros" en la política americana, en una época en que "nosotros" tenemos estos problemas enormes -el déficit, la recesión, la asistencia médica, el cambio climático y las guerras en Irak y en Afganistán- que "nosotros" podemos apenas administrar, tal vez corregir, si hay un "nosotros" colectivo en acción.
A veces, me imagino si el presidente "41", George H.W. Bush, será recordado como nuestro último presidente "legítimo". La derecha acusó a Bill Clinton y lo persiguió desde el 1º Día con el falso "escándalo" Whitewater. George W. Bush fue elegido de forma sospechosa por la confusión de la votación en Florida, y sus críticos de izquierda nunca le permitieron olvidar eso.
Ahora, Obama está sufriendo ataques a su legitimidad por una campaña orquestada por la extrema derecha. Ellos están utilizando de todo, desde calumnias de que él es un "socialista" introvertido hasta llamarlo de "mentiroso" en medio a una sesión conjunta del Congreso, pasando por crear dudas sobre su nacimiento en los Estados Unidos y si él es, de hecho, un ciudadano. Estos ataques no vienen sólo de la extrema. Ahora ellos vienen de Lou Dobbs en la CNN y de miembros de la Cámara de los Representantes.
Nuevamente, golpeen las políticas del hombre e incluso su carácter todo lo que quieran. Sé que la política es un negocio difícil. Pero si destruimos la legitimidad de otro presidente para conducir o unir el país hacia lo que los americanos más quieren en este momento -estructurar una nación en casa- estaremos con un problema serio. No podemos estar 24 años sin un presidente legítimo -no sin ser aplastados por los problemas que acabaremos aplazando porque no logramos enfrentarlos de forma racional.
El sistema político americano, como dice el dicho, fue "creado por los genios para que los idiotas pudieran administrarlo". Pero un cóctel de tendencias políticas y tecnológicas convergió en la última década para permitir que los idiotas de todas las vertientes políticas subyuguen y paralicen a los genios de nuestro sistema.
Estos factores son: el exceso salvaje de dinero en la política; el gerrymandering de distritos políticos, haciéndoles permanentemente republicanos o demócratas y apagando el punto medio político, un ciclo de 24 horas por día, 7 días por semana de periodismo en la televisión por cable, que transforma toda la política en una batalla diaria de tácticas que oprime el pensamiento estratégico; y una blogosfera que, en la mejor de las hipótesis, enriquece nuestros debates, colocando nuevos límites en la clase dominante y, en la peor, deja nuestros debates más groseros en un nivel totalmente nuevo, dándoles un nuevo poder a los difamadores anónimos para que le envíen mentiras a todo el mundo. Al fin y al cabo, ahora tenemos una campaña presidencial que incentiva el partidismo total, todo el tiempo, entre nuestros principales políticos.
Yo afirmaría que, juntos, estos cambios resultan en una diferencia de grado que es una diferencia de tipo -un tipo diferente de escenario político americano que me hace imaginar si todavía podemos discutir seriamente, por más de un minuto, asuntos serios y tomar decisiones con base en el interés nacional.
No podemos cambiar eso de la noche para el dia, pero lo que podemos y debemos cambiar es el hecho de que personas crucen la línea entre criticar al presidente e incentivar tácitamente lo impensable y lo imperdonable.
Terra Magazine