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El compás de oro: entre el misticismo y el consumo

Cortesía
Uno de los atractivos afiches promocionales de The Golden Compass.

Naief Yehya
Nueva York, Estados Unidos

En cuestión de unos pocos años la literatura infantil y adolescente ha cambiado de manera vertiginosa. Podríamos atrevernos a dividir este universo de publicaciones entre antes y después de Ray Potree, de J.K. Rowlings. Así mismo, el cine fantástico tendría que ser separado por un antes y un después de El señor de los anillos, de Peter Jackson. Estas obras han venido a marcar un parte aguas en la manera en que los jóvenes, cuya cultura visual está formada por los rápidos cortes de edición del video clip y por las gráficas de los juegos de video, consumen narrativas.

Las novelas de Philip Pullman tienen la suerte y la desgracia de pertenecer a esta era de hitos culturales y comerciales multimillonarios. Por una parte hay mayor atención a este género por parte de un público diverso, por otra las expectativas de entretenimiento de un público obsesionado por los efectos especiales y por narrativas espectaculares y trepidantes no pueden más que demeritar la narrativa al imponer expectativas inalcanzables o absurdas. Sin embargo, la prosa de Pullman es realmente refinada, inteligente y por momentos devastadora. No por nada Pullman rechaza que sus libros se clasifiquen como infantiles o adolescentes, así como detesta la etiqueta de ser un autor de literatura fantástica, ya que él la considera realismo crudo. Pullman es un autor orgullosamente ateo que emplea recursos sorprendentes para contar historias de una riqueza extraordinaria.

Pero como suele suceder al intentar llevar a la pantalla libros con estas características, la primera adaptación de una de las obras de Pullman, ha sido controvertida. The Golden Compass (El compás de oro, 1995), el primer volumen de la trilogía His Dark Materials o Sus materiales oscuros fue dirigida por Chris Weitz. Los siguientes libros son The Subtle Knife (El cuchillo sutil, 1997) y The Amber Spyglass (El catalejo ambar, 2000), ambos irremediablemente condenados a ser secuelas fílmicas en los próximos años.

El compás de oro describe el mundo de una niña supuestamente huérfana de 12 años, Lyra Belacqua (Dakota Blue Richards), quien vive en una severa institución victoriana inglesa, Jordan College, en un universo paralelo al nuestro, donde la principal diferencia con nuestro mundo es que el alma no es algo que se lleva dentro sino que habita a un animal o daemonio que acompaña al ser durante toda la vida. Los daemonios de los niños continuamente cambian de forma pero al llegar a la edad adulta adoptan una forma definitiva. Separarse de su daemonio es doloroso y puede ser mortal. La idea de este espíritu en forma de fiel e inseparable mascota parlanchina que acompaña a los seres humanos es uno de los grandes atractivos de la serie y en términos cinematográficos (gracias a la animación digital) las posibilidades visuales son fascinantes. Pullman tomó esta idea de la noción de Sócrates de que el alma puede situarse fuera de nosotros y aconsejarnos con sabiduría al respecto de asuntos delicados.

La cinta da un giro hacia la aventura cuando Lyra y su daemonio Pantalaimon o Pan, viajan al ártico a rescatar a un grupo de niños que están siendo usados para experimentar una brutal terapia de choque que consiste en separarlos de sus daemonios. El mundo que habita Lyra es dominado por una sórdida institución totalitaria que en el libro se llama la Iglesia, mientras que en el filme por motivos de temor al boicot o la censura se llama simplemente el Magisterio. Esta entidad es una enorme burocracia dominada por la superstición, los secretos, la obsesión por el poder, la represión y la manipulación.

Lyra tiene la ayuda de un oso polar con armadura, de un aventurero texano, de un ejército de brujas y un grupo de Gyptians, que podrían ser la versión de los gitanos en este universo. Mientras tanto el tío de Lyra, el misterioso viajero y científico Lord Asriel (el nuevo Bond, Daniel Craig) también viaja a esa región a investigar el origen de una inquietante sustancia: el polvo, que resultará ser "toda la muerte, el pecado, la miseria y la destructividad en el mundo". Uno de los principales peligros con que Lyra debe contender es la deslumbrante y glamorosa Sra. Marisa Coulter (Nicole Kidman) quien es un agente del magisterio encargada de detener a Lyra. La misión parece imposible y aunque Lyra es muy ingeniosa la única manera en que es capaz de llevarla a cabo es gracias al compás místico que da título a la obra, el cual permite ver la verdad a quien sabe utilizarlo.

Meses antes del estreno algunos grupos religiosos comenzaron a denunciar el filme por ser anticristiano. Pullman inmediatamente agradeció a sus opositores por la campaña promocional gratuita. Pero la propia iglesia no condenó el filme, sino que simplemente sus defensores (entre ellos la Conferencia de Obispos de los EUA) declararon que El compás de oro era una fábula casi cristiana y que el Magisterio o la Iglesia del relato no tenía nada que ver con la fe.

Las novelas de C.S. Lewis describen aventuras infantiles en mundos maniqueos sembrados de referencias cristianas. En un reciente artículo Pullman escribió que la serie de Narnia era "una de las cosas más feas y venenosas que he leído". Tolkien también retoma elementos de la cultura judeocristiana para colorear su delirante universo medievalesco de duendes, hadas y troles. En cambio Pullman intenta una ruptura con esas tradiciones y nos transporta a un espacio de crueldad y ambigüedad en el que el eje narrativo es la eventual ejecución de dios y la reinvención de un orden nuevo, para lo que el autor se ha inspirado en El paraíso perdido, de John Milton.

Lamentablemente en muchas ocasiones las referencias cruzadas deliberadamente confusas, las evocaciones de pecados originales y conspiraciones cósmicas resultan contradictorias, enredadas y tramposas. Al partir de una perspectiva materialista y tratar de contar una historia fantástica con una cosmogonía nueva se corren demasiados riesgos. Y mientras en las novelas el autor se vale de su buena prosa para dar forma a sus mundos, en el cine Weitz recurre a un arsenal de efectos computarizados que comienzan a sentirse repetitivos. Algunas imágenes son notables pero muchas otras parecen ecos distantes y familiares, inexpresivos y vacíos. El hecho de que un filme infantil sea complejo y casi indescifrable no tendría que ser una deficiencia en sí, especialmente si a pesar de eso arrastra a cientos de miles de niños a contemplar imágenes prodigiosas, pero si algo resulta irritante es que, aparte de que el filme termina varios capítulos antes que el libro, éste queda en suspenso como los viejos seriales matutinos de Flash Gordon, haciendo sentir al espectador como un simple consumidor.

Naief Yehya es Ingeniero Industrial, periodista, narrador y crítico cultural, escribe en La Jornada, El Financiero, Letras Libres y Art Nexus, entre otras. Ha publicado tres novelas, dos colecciones de relatos y tres ensayos (El cuerpo transformado: cyborgs en la realidad y la ficción, Guerra y propaganda: el mito bélico en los Estados Unidos y Pornografía: sexo mediatizado y pánico moral). El trabajo de Yehya tiene que ver con en el impacto cultural y social de la tecnología, los medios masivos, la propaganda y la pornografía. Yehya nació en México DF en 1963 y vive en Brooklyn desde 1992.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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