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Reproducción
Afiche del filme de Todd Haynes.
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Naief Yehya
Nueva York, Estados Unidos
Si bien el título resulta extremadamente apropiado por razones que discutiremos más adelante, fanáticos y conocedores podrían pensar que se trata de una obra cargada de misticismo, íntima, personal y repleta de secretos sobre la vida de Dylan. Sin embargo, este filme realmente no trata acerca de Dylan, sino que intenta expresar lo que Dylan significa para la cultura popular y, si bien refleja su genio, también, y en mayor medida, refleja su personalidad evasiva, su incoherencia y su intolerancia a ser observado bajo la lupa mediática.
La cinta es un trabajo singular y extraño que no cumple con ninguno de los lugares comunes usuales del biopic o película biográfica. No tenemos aquí una colección de momentos de triunfo, agonía, felicidad y desamor puntuados por canciones apropiadas. No estamos ante una obra manipuladora que apele a nuestras emociones, que eche mano de nuestras nostalgias, predilecciones musicales y atracción innata al chisme. El filme de Todd Haynes, ha sido "inspirado por la vida y obra de Dylan" y es tanto una mirada introspectiva como una ambiciosa summa de fenómenos culturales y una exploración de la imaginación romántica. No es casualidad que tanto Haynes como Dylan admiren a Arthur Rimbaud ni que cuando Haynes envió su propuesta de película a Dylan la comenzó con una cita del poeta francés. I'm Not There es un filme sobre muchas cosas, pero quizás antes que nada es una película sobe el propio Haynes y sus obsesiones.
I'm Not There es un filme arriesgado y extremadamente difícil de vender. Aunque Haynes arrastraba el éxito de su primer filme, Far From Heaven, el cual recibió nominaciones al Oscar, no le fue nada sencillo conseguir 20 millones de dólares ni los derechos sobre la vida y la música de Dylan. Fue por eso que el proyecto se inició en el verano de 2000, cuando Haynes envió la propuesta a Dylan, y no concluyó hasta 2007.
Tampoco es la primera vez que Haynes intenta contar una vida desde un punto de vista singular y oblicuo. Este director se convirtió en una figura de culto con su filme Superstar: The Karen Carpenter Story (1987), biografía totalmente desautorizada (y prohibida) de la cantante y baterista del famosísimo dueto pop Carpenters, protagonizada por muñecas barbies y muñecos ken. Ahí Haynes describía el ocaso y muerte por anorexia de Karen Carpenter, así como la homosexualidad de closet de su hermano Richard. Con esta película Haynes se convirtió en uno de los directores underground más preciados y uno de los realizadores consentidos de la academia estadounidense, un autor que con un presupuesto nulo había creado un estrepitoso ensayo acerca de la cultura pop y su reflejo en el consumo compulsivo, las obsesiones corporales, los roles sexuales y la enfermedad como metáfora de la descomposición social.
El autor de la cinta-celebración del glam rock Velvet Goldmine (el título proviene de una canción poco conocida de David Bowie, quien se negó a ceder los derechos de su música para esta cinta) creó en esta ocasión una película que carece de hilo narrativo y que está armada por escenas que no siguen una cronología, por viñetas que establecen un diálogo atemporal. La idea de integrar varios filmes en diferentes estilos, géneros y épocas la empleó Haynes en su primer largometraje, la extraordinaria y provocadora Poison.
Para llevar a la pantalla a Dylan, Haynes empleó a seis actores con los que representó seis períodos distintos, y a veces contradictorios, de la vida de este músico camaleónico. Así tenemos a Marcus Carl Franklin, un niño afroamericano, en el papel de Woody, un Dylan vagabundo que viaja clandestinamente en tren, interpretando al Woody Wuthrie de las fantasías dylanianas. El británico Ben Wishaw es el Dylan críptico e introvertido, Dylan como poeta maldito del siglo XIX atrapado en una era que no le corresponde. Christian Bale interpreta a Jack Rollins, un Dylan folk que se busca a sí mismo al tiempo en que es asediado por las cámaras de un falso documental. La australiana Cate Blanchett interpreta el papel de Jude Quinn, el Dylan que da la espalda a su imagen como músico folk (como el Judas bíblico, éste traiciona a sus seguidores) y adopta el sonido eléctrico al tiempo en que rehuye de la atroz responsabilidad de ser "la voz de una generación". Éste es el segmento más logrado del filme y es un guiño al filme 8 1/2 de Federico Fellini. En dramático blanco y negro, hordas de periodistas acosan a Jude por salones, castillos y calles europeas. Heath Ledger es el Dylan fanfarrón, mal padre y peor esposo, que da la espalda a su mujer (interpretada por Charlotte Gainsbourg) en la California de la década de los 70. Y finalmente Richard Gere es un Dylan a la Billy the Kid, que vive en un estrambótico pueblo del oeste transformado en un virtual freak show. Gere es un Dylan viejo que ha escapado de sí mismo, pero aún en otro mundo y otra era, sigue encontrándose preso de su inevitable identidad.
A pesar de que todo en este filme es Dylan, él no está en I'm Not There, y su ausencia dice mucho más de lo que diría su presencia. Esta es por fuerza una cinta que dividirá a su público, habrá quienes la vean como un ejercicio pedante de explotación de la mitología rockanrolera, como una colección de clichés y de tics pop. Sin embargo, más allá del caos, de la simbología aparentemente obvia y el juego de contrastes y contrapuntos entre una diversidad de géneros, tenemos una obra intrincada, volátil, poética y fascinante. Sin duda uno de los mejores filmes del año y un fantástico homenaje a una figura que, muy a menudo, se ha consagrado a decepcionar.
Terra Magazine