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AFP
La ex primera dama Cecilia "Chechu" Bolocco fue tentada por el conductor y empresario de los medios Marcelo Tinelli para participar en uno de sus shows.
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Ximena Torres Cautivo
Santiago, Chile
"Teresita Ossa, Ossa, Ossa, Ossa", saludaba una especie de Yerko Puchento cuico, en los largos prolegómenos del primer concierto de Ennio Morricone en Santiago, un hito mediático que los intelectuales han despreciado y el sentido común del ciudadano ídem atribuye a una sola razón: el evento era gratis.
Claro que el asunto no fue tan así, al menos esa primera noche en el Parque Bicentenario, en que la concurrencia -10 mil personas- era toda ABC1 con paso por o cercanía familiar con alguna escuela de negocios top. Esa noche no había nadie que hubiera hecho vigilia frente al computador para anotarse en la página de Celfin y obtener una entrada, nadie que hubiera hecho fila por ella ni muchísimo menos nadie a quien hubiera mojado el guanaco en las afueras de la Estación Mapocho intentando agarrar alguna.
Esa noche todos los asistentes habían recibido su par de tickets personales e intransferibles porque sus nombres figuran en la base de datos de la corredora de Bolsa más grande de Chile, como se promueve la veinteañera Celfin. Estaban allí reunidos el empresariado en pleno, con sus legítimas esposas, los ejecutivos máximos de las empresas que importan ("Todo el PGB de Chile", dijo un comentarista de radio al día siguiente), las autoridades políticas, las socialités y esa rara especie que son "los rostros" de televisión y la gente de los medios, que, contra toda lógica, fascinan a los ABC1. Cómo no, si Raquel Argandoña andaba con peluca castaña, jurando que nadie la reconocía, dos pasos más atrás que su Lolo Peña, para no traicionar la letra del contrato que firmó con el canal pontificio y que la obliga a no ventilar romances y/o situaciones espurias.
Con el tránsito cortado y entradas diferenciadas (las para los top-top incluían estacionamiento exclusivo), los asistentes de segunda línea (o sea, top pero no tanto), debían estacionar sus BMW, Audi, Volvos diagonalmente en la cuneta o caminar una cuadra larga desde el punto en que los carabineros hacían devolverse a los taxis. Vestidos de punta en blanco, el estándar era como para matrimonio importante, los ejecutivos y empresarios top pero no tanto circulaban rápido por la avenida, acompañados de sus mujeres pelolais, invariablemente ataviadas de riguroso negro, incluidas las blackberry con las que coordinaban los encuentros con las amiguis y que no apagaron nunca. Verlas avanzar era como presenciar el paso de un perfumado cortejo. Y verlas tomar soberanía de sus asientos (no eran numerados), tirando carteras, chales, abrigos y todo lo que tuvieran a mano para armar una fila entrete, de pura gente conocida, revelaba que son chicas de armas (sillas, en este caso) tomar.
Ese fue el público que no respondió a la altura de lo que se esperaba, que aplaudió desganado, que sintió el frío, que encontró mala la amplificación y el sonido (lo eran), que no hizo ritmo con la patita, que comentó que los guaraníes de la película cantaban mejor que el coro de la Universidad de Chile y que probablemente al llegar a la casa y agarrar el final de la transmisión que estaba haciendo Canal 13 pensó que habría sido mejor ver al viejo Morricone desde la cama. Aunque no, el ABC1 sabe la importancia de ver y ser visto, de saludarse, de olerse, de compararse, de estar donde hay que estar.
Cecilia, no lo hagas
Marcelo Tinelli vino a buscar a la Chechu, como le dicen a la ex señora Menem allende los Andes. La quiere para el baile. O sea, para la nueva temporada de Bailando por un sueño, un formato al que la televisión mundial sigue exprimiendo hasta sacarle la última gota de jugo, porque hasta ahora no hay nada nuevo bajo el sol de la creatividad televisiva.
Cuando me enteré de que querían a Chechu para una competencia de baile, tal como quieren a la desaparecida Xuxa, lo primero que pensé es que andan detrás de señoras de la tercera edad, en términos de lo que se considera joven en esta industria. No es que yo la encuentre vieja, a mí me parece un lirio, pero hay que tener conciencia de que la televisión, como el mercado, es cruel, y el chiste probablemente será ponerle a hacer piruetas con un joven mancebo de pareja.
"Cuidado, Ceci", pensé, "ya debe ser suficientemente duro ser reemplazada por la hermana chica con voz de pito". Pero luego me acordé de la versión remasterizada del formato, Patinando por un sueño, que he visto en el cable y del cual no he podido despegarme, pese a no tener idea de quiénes son los bailarines. Ahí sí que dije: "No, Ceci, no lo hagas. Lo único que puedes conseguir es quebrarte el coxis, quedar paralítica, convertirte en la próxima niña símbolo de la Teletón", porque la gracia de ese upgrade del formato que hace bailar a las estrellas en patines es verlas deslomarse contra la gélida pista de hielo. Pero no, la Chechu es viva y Tinelli si la quiere -y la quiere bailando, no patinando- tendrá que pagarle bien, ponerle casa en Buenos Aires mientras dure el concurso y garantizarle que no será eliminada hasta las etapas finales.
Veremos si las exigencias son aceptadas y si la propia Chechu es aceptada por el público argentino en un plan en que se siente muy segura, tal como lo demostró en el poco exitoso Fama: bailando. Sólo es cosa de que le pongan la música y las lucas adecuadas.
Y ahora quién podrá defendernos
De todo este batido pop en que hemos estado inmersos estos días, lo mejor, lo más profundo, lo más revolucionario, sin duda es la segunda entrega del peculiar dúo formado por Ernesto Díaz y Marko Zaror, director y protagonista respectivamente de Mirageman, la película chilena que da vida al primer superhéroe nacional.
Mirageman es un superhéroe de escasos recursos, excepción hecha de su diestra capacidad para dar patadas-en-el hocico a maleantes y forajidos y del buen corazón que inspira su cruzada. Mirageman anda en micro, se demora horas en ponerse su traje azul celeste y tiene como compañero a un Robin de cuarta categoría.
Mirageman es una llamativa consecuencia del reflejo de los barrios parapetados tras rejas, de la obsesión por las alarmas, de la tolerancia cero de Guliani adaptada por la UDI, de las empresas de seguridad, de las mansiones cercadas por alambradas, de esos vecindarios que advierten amablemente a partir de este momento usted está siendo grabado. Mirageman es la encarnación de la señora pobladora que pide más policías, que quiere resguardo, que desearía ver hecha realidad aquella estrofa: "Duerme tranquila, niña inocente, sin preocuparte del bandolero, que por tu sueño, dulce y sonriente, vela...". Alguien, ya sea un carabinero de verde, ya sea un superhéroe flaite, traumado, incomprendido y azul...
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Terra Magazine