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AFP
Hasta Pablo Neruda, el máximo exponente de la poesía chilena, fue cuestionado en la lista resultante de la encuesta.
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Ximena Torres Cautivo
Santiago, Chile
Durante varios capítulos sudé frío pensando que Lucho Jara podría ser elegido Mejor Artista Musical, superando a Víctor Jara, que así estuvo en su momento la competencia por el primer lugar, y que "Gracias a la vida" sería derrotada por "Mira niñita". Al final, en ambos casos, primó la cordura, pero la crítica resultó demoledora en todos los escenarios.
La idea que se instaló fue que TVN había hecho un programa ad hoc para levantarse el tarro y premiarse a sí misma en cada una de las categorías. La vocación conspirativa del chileno, que ve tongo en todo, fue más fuerte que los dos millones de votos online que llegó a tener la iniciativa, infinitamente más que cualquier estudio de opinión sobre los políticos con más chances presidenciales que se hacen semana por medio, y que dan tema para sesudos análisis sin que nadie ponga en duda su representatividad.
En fin, no es para sorprenderse. La televisión y el fútbol son materias donde todos nos sentimos expertos, donde nadie deja de tener opinión crítica y solución estratégica para lo que se presente. En Chile hay más de 16 millones de directores técnicos y otros tantos directores y programadores de TV, y el principio democrático de "un chileno, un voto" vuelve particularmente espinosa cualquier elección segmentada.
Después de la experiencia de Chile elige, los ejecutivos de TVN le dedicaron meses de pensamiento a la mejor manera de adaptar el formato adquirido a la BBC para que resultara tan convocaante como inapelable. El trauma fue tan grande que la sola mención de la frase "Chile elige" provoca vahídos y tercianas en la plana mayor del canal 7. Nadie quería oír de esa fallida votación.
La flema británica
En Gran Bretaña, la elección de los top ten fue absolutamente abierta al público vía Internet y luego se tradujo en sendos programas de debate donde un panel de 10 expertos daban los argumentos en pro y en contra de los seleccionados. "Confiamos en la inteligencia de nuestro público para tomar decisiones importantes", declararon los encargados de la producción. Así planteado el programa, fue un boom y un éxito de rating, aunque no estuvo exento de polémica. Mayor aún allá que acá, ya que los británicos hicieron competir a vivos y muertos por igual, no como en Chile que se prefirió limitar la cosa a los grandes que están bajo tierra.
Pero con su característica flema, los ingleses aceptaron que la Reina Isabel no clasificara entre los 10, y que Lady Di, muerta y todo, ocupara el tercer lugar de la lista; que después del número 1, Winston Churchill, se instalara un beatle, John Lennon, y que William Shakespeare quedara ubicado en la medianía de la tabla. La gente discutió, aprendió (a los programas de debate se sumaban micro documentales sobre vida y obra de los seleccionados), votó y finalmente aceptó el veredicto popular, como debe ser en una democracia.
Acá, en cambio, la falta de cultura cívica y la malaleche para descalificar a los que quedaron en vez de los que a juicio de los opinantes deberían estar es elefantiásica. Al conocerse el listado de los top ten: Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Violeta Parra, Alberto Hurtado, Manuel Rodríguez, Arturo Prat, Lautaro, Víctor Jara, José Miguel Carrera y Salvador Allende, elegidos por alumnos de enseñanza básica y media y por profesores de entre los 60 preseleccionados por 18 Premios Nacionales e intelectuales de reconocido prestigio, me volqué de hacha a seguir con especial interés el debate suscitado, pensando encontrar motivos históricos. Sólo encontré mensajes histéricos y ordinarios. Quedé tan impactada con el nivel de algunas "argumentaciones" como con las lindezas que le dijeron los miembros del panel de Primer Plano a su compañerita de trabajo en un video por todos conocido.
Es cierto, Allende sí y O'Higgins no se presta para el debate; que estén Carrera, Manuel Rodríguez, Lautaro y Prat; que haya sólo dos mujeres, también. Pero que la discusión considere descalificaciones odiosas, bajas y hasta ridículas del tipo "cómo pudo calificar una lesbiana" (en relación a Gabriela Mistral), "qué hace ese comunacho ahí" (por Pablo Neruda) y "por qué poner en esa lista a un terrorista" (aludiendo a Víctor Jara) nos hace un flaco favor como sociedad.
El juego cívico implícito en la propuesta de TVN era reflexionar, recordar, rendir tributo a la historia y a sus personajes, no generar discusiones que en su dicotomía, más que permitirnos conocer a los grandes chilenos, nos revelan lo pequeños que somos.
Terra Magazine