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Yo no quisiera ser Carola Julio

Reproducción
Pamela Díaz en el polémico video.

Ximena Torres Cautivo
Santiago, Chile

Los medios contabilizaron las groserías por segundo que salieron de la boca de Julián Elfenbein, Pamela Díaz, Francisca García-Huidobro y Jordi Castel en el ya tristemente célebre video donde despotrican contra el atraso de la señora del jefe, Carola Julio, cónyuge de Rodrígo Danus y empleador de todos los aludidos, incluida su vapuleada señora esposa. Eran cien en 78 segundos; o sea, 1,28 por segundo. Un auténtico récord Guiness.

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Pocos días antes de que se difundiera el video grabado en el celular que ese día de furia pertenecía a Pamela Díaz, el Consejo Nacional de Televisión había manifestado con mucha prudencia su preocupación por el bajo nivel de lenguaje que utilizan los comunicadores sociales que pueblan la pantalla chica. El episodio, que nadie en Chile dejó de comentar, justifica plenamente la inquietud del organismo, aunque supera por lejos el tema de un huevón más o de una chuchada menos expresada en público. Y lo pongo por escrito, porque al hacerlo se constata esa certera noción semántica: el lenguaje construye realidad y más que las palabras que usamos somos el contenido de lo que hablamos. O vamos convirtiéndonos en lo que significamos en el acto de hablar.

Si se nos paga por denostar, cagüinear, descalificar, enjuiciar conductas, tejer tramas, armar conspiraciones, mostrarse viperinamente agudo, moverse siempre al límite de la injuria, darle carácter de periodismo investigativo al vulgar pelambre, lo más natural es que esa termine convirtiéndose en nuestra tónica existencial, en nuestra salsa, en el lodo en que nos revolcamos no sólo los viernes por la noche, sino toda la semana. Si la pauta se arma sobre la base de cizaña en torno a las pequeñas miserias de personajes menores es difícil que el resto del tiempo leamos poesía, cultivemos el intelecto, estudiemos historia y logremos mantener el espíritu en alto.

Por eso, a la menor tontera -el atraso de la compañerita de panel-, el juego se puede volver tóxico, enfermo, bajo, mala clase, de paupérrimo nivel. No es tan relevante la procacidad del lenguaje usado, lo verdaderamente lamentable es lo que refleja: envidia, chaqueteo, pica, malaleche, cero camaradería, nulo profesionalismo, estupidez y torpeza lisa y llana. Por más cómicos que se hayan sentido los panelistas esa tarde calurosa, la torpe charada en la que se involucran indica que ese torrente de palabras soeces estaba acumulado en sus cabecitas y corazones desde siempre. Era cuestión de poner play a la cámara del celular y la mierda se esparciría con ventilador. La rucia teñida, la ociosa buena para la cama, la mujer del jefe, la que se tira al guardaespaldas, la que le gusta que se lo hagan así o asá, son frases que uno ni en broma le dirige a otro al que aprecia, respeta o considera. Son demasiado rascas, demasiado bajas, demasiado picantes.

No conozco a Carola Julio, pero no quisiera ser ella. Minimizar lo sucedido, aludir a ello como una anécdota, restarle gravedad, como hizo Rodrigo Danús, su marido, el habilidoso hombre que saltó de los técnicos pasillos de la energía eléctrica a los de la farándula, tampoco parece un buen consuelo. Probablemente esa sea la actitud que permita salvar un negocio lucrativo y los empresarios son tipos pragmáticos, pero en rigor la negación de la rotería y mala clase del asunto también es rasca.

Los involucrados han hecho un mea culpa, pedido disculpas, tratado de arreglar el panizo y la han emprendido contra la responsable de la grabación: Pamela Díaz, quien ha declarado ver víctima de su estilo desenfadado y de su personalidad dinamita. Otra actitud miserable, porque, al final, la señora de Manolito Neira es la más natural a la hora de la vulgaridad y las groserías en su boca suenan menos violentas que en la de Julián Elfelbein, por ejemplo, un tipo inteligente, amoroso y que había hecho carrera de experiencias humanas poderosas, como la muerte de su novia y el tumor que lograron extraerle del cerebro. Fue ese año, 2004, cuando con Javiera Ugalde creamos y produjimos el programa Acoso Textual, en Canal 13, que trabajé diariamente con él y me tocó conocerlo. De esos tiempos, tengo la mejor impresión, por eso me impactó tanto la tontera de la que fue activísima parte. Cuesta entender qué le pasó.

No son las palabras sucias las que molestan. Hay una doña actriz que ha reconocido ser una de las chilenas más garabateras que existen y nadie pone en discusión su finura de espíritu y aguda inteligencia: Delfina Guzmán. Lo malo, lo sucio y lo feo es el fondo que trasuntan las groserías genitales y adolescentes del video en cuestión y lo necesario que es que programas como Primer Plano no envenenen a la gente, partiendo por sus panelistas. Sebastián, ordena la casa y, por favor, al hacerlo, cuida las palabras.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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