
|
Terra Chile
"Salí apurada esta mañana y no me di cuenta. Pasé un bochorno frente a 300 personas que no me esperaba" dijo Clarisa.
|
Ximena Torres Cautivo
Santiago, Chile
Disquisiciones político-estéticas aparte, el tema de lo que las mujeres se ponen en los pies saltó sorprendentemente al tapete la semana pasada en la figura de Clarisa Ruth Hardy Raskovan, la muy capacitada Ministra de Planificación y Cooperación.
El jueves, la rubia sicóloga y licenciada en antropología de 60 años, apareció a trabajar con un modelo de mocasín de taco bajo onda Pocahontas. Un zapato cómodo para una autoridad que llega al alba a su puesto de trabajo y termina muy tarde su jornada. Una elección adecuada a los traqueteos propios del cargo, aunque discutible si la analizamos en términos puramente estéticos. Pero una mujer ejecutiva muchas veces debe sacrificar el estilo en pos de la comodidad. Ahí tenemos el clásico ejemplo de las neoyorquinas, conocidas por llevar en la cartera un par de zapatillas de deportes por si hay necesidad de caminar largas distancias, aunque en la oficina anden de impecable traje sastre.
El problema de la clarita Clarisa fue que en la oscuridad del walk in closet agarró un mocasín negro y uno rojo, y, así calzada, partió a sus deberes muy oronda a primerísima hora. ¿En qué momento se dio cuenta del error? ¿Hubo entre sus colaboradores -secretaria, funcionarios ministeriales- alguno que reparó en la gafe de la jefa? Al parecer no, porque la ministra, que en este acto reveló que no es un mujer que se ande mirando el ombligo, estuvo gran parte de su jornada parapetada detrás de su escritorio. Por la tarde, sin embargo, le tocó asistir a una actividad pública en la Gobernación de Linares, a la que se presentó calzada tal como dejó su casa por la mañana y quedó sentada en primera fila. Fueron los periodistas -profesionales orientados a andar al cateo de la laucha- los que señalaron la flagrante bipolaridad de los pies ministeriales y registraron el hecho en fotos y videos, que al día siguiente fueron noticia nacional. Ella, muerta de la risa, tuvo que dar explicaciones: "¿Me pueden creer que durante las tres horas y media de viaje a Linares nunca me miré los zapatos?". Eso, mientras las teorías sobre el origen de la confusión estaban a la orden del día.
Enumero las más repetidas:
a) Teoría Imelda Marcos: Eso sólo le puede pasar a la mujer que tiene demasiados zapatos.
b) Teoría Número Puesto: La ministra es de esas mujeres prácticas que compran la misma prenda o accesorio en todos los colores cuando les gusta o les acomoda.
c) Teoría Agujero Negro: Efectivamente el walk in closet de la ministra es una boca de lobo.
d) Teoría Despiste: La ministra es una intelectual, una mujer súper ocupada y no le presta mayor atención a los detalles de la vida cotidiana, como vestirse.
Yo, y no se trata de ser protagónica, no barajé ninguna conjetura: simplemente me sentí plenamente identificada con Clarisa.
Hace casi dos meses, me tocó viajar por trabajo. Tenía una reunión el lunes en Miami, por lo que me embarqué la noche anterior; o sea, tuve un domingo tonto, perdido en función del viaje, con el poco estimulante panorama de pasar una mala noche en el asiento de clase económica. Cuando a la hora del crepúsculo, llegó mi taxi, me despedí de todos, me subí y partí. Fue recién en la fila del counter que, de puro aburrida, me miré los pies, y ahí estaba mi lado clariso: la bota derecha era café y de punta recta y la de la izquierda negra y puntuda. La altura de los tacos era la misma -hace más de una década decidí ser alta con ayuda y suelo andar encaramada 8 centímetros de taco-, así es que nunca noté la diferencia. No rengueé, no me desestabilicé, la funcionalidad era perfecta; el problema era el look.
¿Qué hacer?
A la casa no podía volver, no venden botas en el aeropuerto, las sandalias ya estaban en el compartimiento de equipaje, así es que no quedaba otra que actuar con naturalidad. Y eso hice. Y, para conformarme, me acordé de mi suegra, la clásica madre y esposa chilena abnegada, que en algún paseo a Bariloche, en plena temporada de esquí, necesitó zapatos de nieve. Y, para no molestar, para no demorar en la zapatería a los ansiosos vástagos que querían tirarse montaña abajo, compró el primer par de botines impermeables forrados en peluche que le ofrecieron y se los llevó puestos. Al cabo de varias horas, uno de sus hijos reparó en que los dos pies de mi suegra miraban en la misma dirección. ¡Le habían pasado dos botas del mismo pie y no había chistado! Tenía el pie izquierdo enfundado en una bota derecha, pero para no estorbar, para no aguar el paseo a su familia, asumió el martirio igual que las geishas. No sé si saben que a estas embajadoras del encanto japonés, les vendaban los pies desde pequeñas, impidiendo que se les desarrollaran, porque el non plus ultra de la belleza y la femineidad para la cultura tradicional nipona eran las patitas pequeñas, delicadas y finas como flores de loto. Sobre esa suerte de muñones envueltos en cintas de seda las geishas se movían igual que hacen los abedules mecidos por el viento, y eso encendía a los hombres como una cerilla sobre el pasto seco.
Un espanto.
Es que los zapatos y las mujeres son una dualidad llena de contenido. No hay que pensar mucho para recordar un clásico en la materia: el zapatito de cristal perdido cuando llega la medianoche y suena la campanada número 12. ¿Cuántas no han fantaseado con ese pensamiento mágico? ¿Con perder una sandalia en una fiesta y recibirla de vuelta en manos de un millonario guapetón que, junto con devolvernos el calzado extraviado, les proponga un final feliz; o sea, casorio?
No creo que la ministra Hardy olvide su sandalia, ella es un profesional que ha trabajado en la reivindicación de género y no debe comulgar con cuentos de hadas. Ella es una de esas mujeres que hoy andan pisando fuerte por la vida, bien plantadas en sus zapatos, incluso cuando uno es negro y el otro rosado. Esto último -la confusión de colores- es un gesto que indica libertad, lo mismo que la selección del modelo: el mocasín onda el último de los mohicanos. Pero esta no es una columna de moda
Terra Magazine