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De rupturas reales y "reales": ¿¡Por qué no te separas!?

AFP
La Infanta Elena de España, la primera de la Familia Real en separarse en sesenta años.

Ximena Torres Cautivo
Santiago, Chile

La semana pasada la Infanta Elena se convirtió en el primer miembro de la Casa Real española que anuncia su ruptura matrimonial en los últimos 60 años, después de que en 1939 el Infante Jaime, tío del rey Juan Carlos, se separara de su esposa.

Agobiado probablemente por este descalabro familiar, social y político, el rey no estaba como para tolerar la verborragia y la mala educación de Hugo Chávez en la Cumbre Iberoamericana realizada en Santiago. Así, su exasperado "¿¡Por qué no te callas!?", antecedido por miradas fulminantes y hasta un dedo índice en son de advertencia previa al hiperventilado y latero presidente venezolano, se vuelve todavía más humano y comprensible.

Días después del incidente, los duques de Lugo -Elena y su larguirucho marido Jaime de Marichalar- anunciaron "el cese temporal de su convivencia matrimonial", pero en un escueto comunicado dejaron en claro que no se divorciarán, al menos por el momento. Eso le permite a De Marichalar seguir ostentando el título de duque que le cayó en gracia a causa del enlace con la mayor de las infantas españolas hace ya 13 años. Elena dejó la casa que compartía con su marido, acompañada de sus hijos Felipe Juan Froilán y Victoria Federica, y hoy figura sola.

Separada y sin marido, igual que casi todas las mujeres con las que me ha tocado relacionarme en el último tiempo. Amigas, conocidas y congéneres con las que me toca interactuar por trabajo o cuestiones domésticas están en pleno proceso de separación. Largos e historiados han sido algunos, con intervención de mediadores, profesionales y oficiosos, con terapia, reconciliaciones esperanzadoras, intentos de recomposición fallidos. Fulminantes y sin vuelta atrás, otros. El de la infanta Elena, al parecer, fue de los primeros, y -como generales, que somos todos después de las batallas- el descalabro se veía venir. Cómo no recordar, cuando el larguirucho petimetre De Marichalar, al presentar a su primogénito en sociedad, dijo que el niño "desgraciadamente salió igualito a su mamá". Casi tan burdo y desagradable como Hugo Chávez.

Pero no nos desviemos del tema. El punto es que las separaciones matrimoniales están a la orden del día. Son una suerte de pandemia que ataca a la gente real y a la real, por igual.

Una querida amiga que pasa por este trance y que me cuenta su proceso a través de la web en unos mails dramáticamente descarnados está decidida a abrir un blog para mujeres que están en la misma que ella. Creo que sería un éxito. Una explosión. Que daría incluso para una sitcom.

Sus confidencias son del tipo: "Aquí estoy, de mujer separada. Él ya se fue de la casa con sus libros, sus ropas -88 camisas y 120 pares de calcetines-, y su cajón de vitaminas". "No ha sido tan terrible, de verdad. La soledad que siento ahora es un poco diferente de la que vivía antes con él en casa. Pero igual con marido aquí en la casa, no sentía mi vida acompañada. Él era una presencia constante en la cocina, abriendo el refrigerador, pellizcando el queso, tomando café en dosis mínimas, siempre sacando una taza limpia. Pero todo el tiempo ensimismado, yo le decía autista. Claro, ahora descubro que no era. Los motivos para estar ausente de mí eran de índole sentimental. Estaba súper acompañado. Yo era la que sobraba". "No lo veo desde el viernes pasado, frente a la abogada donde me hizo su oferta para que yo aceptara el divorcio. Yo lloré con harta pena. Me da la idea que era porque veía un proyecto de vida cerrándose".

Yo le he dicho que su relato me mata, me mueve y me conmueve y que escriba una novela. Sería una catarsis. Un exorcismo. Sería la mejor manera de hacer el duelo. Pero no es fácil ponerse creativa cuando la vida se parte por la mitad... y el presupuesto también. O más. Sabido es que los que se divorcian se empobrecen en un 50 por ciento. El quiebre matrimonial implica un quiebre patrimonial.

A propósito, cito de nuevo a mi amiga: "Me hizo una oferta para que yo acepte la separación que equivale al valor de esta casa vendida por un buen precio. Ese valor puesto en una cuenta a plazo, acá donde los intereses son mayores que en Chile, me daría algo en torno de 1.500 dólares al mes. Será todo lo que voy a tener después de haber invertido mis esperanzas en este matrimonio. Él me consuela con sus estadísticas. Me ha dicho que el 50 por ciento de los casamientos terminan en divorcio y que por lo tanto estamos dentro del promedio".

Otro pobre consuelo para mi amiga es que en Chile el gobierno de Michelle Bachelet ha ideado un insólito impuesto a las mujeres divorciadas. La iniciativa consiste en que todos los bienes que las mujeres reciban del hombre como compensación por haber trabajado como dueña de casa y cuidando los hijos en común, paguen el impuesto a la renta, el que puede ser de hasta un 40 por ciento. He escuchado a algunos hombres decir que eso les cargará a ellos aún más la mano en el caso de que decidan divorciarse. Yo no entiendo la medida, que me parece tan poco ad hoc con un gobierno que se supone propicia la discriminación positiva y está preocupado de los temas de género. Aunque quizás se trate de una intrincada triquiñuela para promover la permanencia y la persistencia de los casados en la empresa que algún día emprendieron juntos.

Quién sabe. Pero nada parece impedir que la epidemia de las separaciones se extienda. Lo saben la infanta Elena y mi amiga, y lo saben probablemente muchas de ustedes que me leen. Las invito entonces a mandarme sus vivencias. Yo se las copio a mi amiga y quizás le damos el vamos al blog para separadas, que si es un éxito podría ser lo único que sacó en limpio después de 22 años de matrimonio.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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