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"Estamos un poco atosigados de cosas, pero sería triste renunciar a este ir y venir de obsequios con papeles de colores y cintas brillantes", reflexiona Tejeda.
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Juan Guillermo Tejeda
Santiago, Chile
Mientras tambalean las finanzas internacionales observamos con ojos un poco avaros a la Navidad que se nos viene encima envuelta en sus tradicionales regalos y festejos. Si, como en otros años, nos entusiasmamos con las lucecitas y los renos hasta caer nuevamente por la pendiente del consumismo, podríamos poner en peligro nuestra seguridad económica. Pero, por otra parte, si nos ponemos demasiado cautelosos -todos al mismo tiempo-, generaremos escasez de circulante, dominará la avaricia y finalmente será nuestra propia mercadería, cualquiera que sea lo que llevemos al mercado -clases de matemáticas, venta de propiedades, horas de servicio burocrático, dulce de membrillo-, lo que acabará dañado, y sufriremos mucho.
También sufrirán en Ohio y en Singapur, en todo el planeta. De modo que no sabemos si estimular, como Obama, a los industriales y comerciantes para que la economía siga fluyendo, o esconder el dinero en un tarro al estilo medieval y agachar la cabeza.
Regalar, por otra parte, ha perdido gran parte de su encanto en una cultura de abundancias. Cuesta mucho encontrar algo que la persona regalada no tenga o desee. Desde que los chinos empezaron a sumarse al capitalismo todo el mundo tiene de todo, y a lo mejor ahí está la causa última de la crisis. El capitalismo de toda la vida era sólo para ricos, para los norteamericanos y europeos, y el resto teníamos que conformarnos con versiones locales. Nacimos en un mundo donde los auténticos capitalistas tenían auto último modelo y fumaban un puro mientras el resto observaba asombrado y envidioso, pero ahora se fuma poco y hasta el más desvalido anda por ahí con una mochila y un kit digital 2.0 de algo made in Corea. El capitalismo se ha hecho universal, y los norteamericanos o europeos tienen que acomodarse al auto chino o al computador hindú, y por ahí es donde les duele, quizás es eso lo que hace tambalear el sistema. Han dejado de ser competitivos en el juego que ellos mismos impusieron.
Regalar y comer, es decir que haya abundancia sobre la mesa, es la operación central de las Navidades. Los cristianos retocaron un poco el calendario para hacer coincidir el nacimiento de Cristo con la semana del año de días más breves y oscuros, con el punto más triste del invierno, ese nadir donde los romanos celebraban desde tiempo inmemorial sus saturnales. El poeta latino Marcial publicó dos libros dedicados exclusivamente a celebrar con epigramas de dos versos los diversos regalitos que se hacía la gente ya en las saturnales: te mando estas dos perdices, disfruta de estas copas de cuerno de rinoceronte, etc. Los esclavos estaban libres durante unos días y todos se abandonaban al placer, tratando de compensar el rigor invernal con la comilona y el regalarse mucho.
A los chilenos nos pilla cada año la navidad al revés, o sea en lo mejor del verano, y la celebramos bajo un sol generoso, con piscinas y fruta aromática. Romanizados y catolizados, vinculamos vagamente esta fiesta de abundancias con la figura de Jesús, que nace en la pobreza y se prepara para una vida seria y triste. Lo que marca más es el gordo Viejito Pascuero venido desde el Polo Norte (hoy en deshielo) con muchos regalos. Y como tenemos de todo, cada nuevo regalo parece un dispendio, pensamos, mientras compramos un paquete de té adicional para la suegra, un nuevo pendriver para el hermano, un juego de velas más para la cuñada, y en fin, otra polera, otra colonia, más calcetines, y esos libros vírgenes que no leerán ni quien regala ni quien es regalado. Estamos un poco atosigados de cosas, pero sería triste renunciar a este ir y venir de obsequios con papeles de colores y cintas brillantes.
El capitalismo mundial ha estimulado durante años o décadas los deseos de la gente. Las empresas ya no venden productos, ni siquiera marcas, sino más bien deseos, renovadas apetencias, humedad para las papilas y los hocicos de los millones de nuevos consumidores que se van adosando al capitalismo. Hay que desear más, comprar más, pagar más, trabajar más¿ A eso se dedican la industria publicitaria, la industria televisiva, los medios, los ministros de economía y hacienda: a inflar un deseo que súbitamente se ha desinflado, no sabemos si por culpa de los chinos, o por los préstamos inmobiliarios, o porque nadie cree ya en el Viejito Pascuero, y este desinfle tiene las acciones a la baja y a la gente con los billetes clavados en la chauchera.
¿Qué actitud será la adecuada? Si dejamos que nos regalen muchas cosas y regalamos vigorosamente, hasta que duela, nos sentiremos romanos, cristianos, generosos, capitalistas, consumistas y modernos, y ayudaremos a los pobres de clase media de Obama, que tienen cada uno de ellos tres autos de los que gastan mucho y un televisor mucho más grande que el nuestro. Si, por el contrario, tratamos de terminar con esta ridícula costumbre de regalar inutilidades, si adelgazamos los paquetes y recuperamos la sobriedad sintiendo de nuevo en la piel la dicha de ser austeros, provocaremos quizá una alarmante cascada de austeridades y una baja mundial del consumo, operación que hará aún más infelices a los obreros de Arkansas o de Islandia, y entonces ya nadie comprará cobre ni vinos chilenos, y todos nos hundiremos en los dolores del anticapitalismo global. Están muy difíciles estas Navidades.
Terra Magazine