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Emotiva y perversa Teletón

EFE
%u201CDurante los días de la Teletón el presidente de la república parece ser Mario Kreutzberger, y sus ministros la Bolocco , Kike Morandé o Sergio Lagos%u201D, opina Juan Guillermo Tejeda.

Juan Guillermo Tejeda
Santiago, Chile

Cumplió la meta nuevamente este año la veterana Teletón, con don Francisco a la cabeza de un elenco estelar y farandulero. Con 16.589.850.127 millones de pesos recaudados, se superó en más de tres mil millones la cantidad prevista. Nacido en los peores años de la dictadura, el masivo evento cumplió tres décadas, y desplegó, como siempre, su perversa mezcla de valores y antivalores.

Valores: ayudar a los desvalidos, en este caso los niños con discapacidades, que sufren de graves carencias, y que gracias a la fundación Teletón logran una vida digna. No es poco, y es una obra hermosa, en estos momentos indispensable. Adicionalmente, logra don Francisco congregar transversalmente a una chilenidad cada vez más apática y desmembrada. La Teletón hace vibrar al público sea repletando el Estadio Nacional, o en casa a través de la televisión.

Antivalores, quizá muchos más: la Teletón es, antes que nada y a primera vista, el triunfo de la fealdad, de la ordinariez en los disfraces, pelucas y chistes, de la vulgaridad en los gestos, del mal gusto en los personajes, en fin, ese mundo de utilería payasera y de doble sentido que don Francisco ha sabido convertir exitosamente en un referente nacional exportándolo incluso a Miami, y que como casi todos los circos no es solamente feo, sino que juega permanentemente con la maldad, la burla, el ridículo, la vanidad, la ambigüedad sexual, el entusiasmo, la sensiblería, el aplauso y la emoción. En ese espejo deformado por la diestra mano del animador se contempla el país desde hace ya demasiado tiempo.

Es también la Teletón una derrota de las instituciones sociales, la humillación pública de una sociedad incapaz de ofrecer a los niños discapacitados otro horizonte que el de la caridad a punta de shows. En Chile, si tienes pocos años y vas en silla de rueda -niño, niña- has perdido tus derechos, y ojalá que alguien haga una donación, porque en esta tierra cruel, ese es el mensaje, cada cual se las arregla como puede. Las donaciones no son hechas por manos generosas y discretas, tampoco resultan de un acuerdo nacional sobre el tema, sino que brotan con chulería desde unos seres que plantan la cara y el nombre y el logo durante mucho rato en la televisión a la vista de todos, y desde unos bancos que esta vez al año son buenos después de ser malos los otros 364 días.

Ante la Teletón cuesta recuperar la sensatez. Nos tiene hipnotizados don Francisco, y hemos llegado a creer que el único medio para garantizarle una vida digna a esos niños discapacitados es montar cada año este show farandulero y exhibicionista. La fórmula viene en un kit siniestro, y lo tomas o lo dejas. O estás a favor de ayudar a los niños y entonces aplaudes la Teletón, o estás en contra de la confusa cruzada de Mario Kreutzberger y por tanto pretendes perjudicar a los niños discapacitados y que el cielo te maldiga. El dinero aparece cada año -o sea existe, está allí- pero no se puede recaudar de manera organizada y legal, no: para que aparezca el billete hay que reír y bailar y aplaudir y donar y saltar y exhibir marcas bajo la huasca farandulera del veterano comunicador de pelo oscuro.

Nadie se atreve, pues, a objetar nada pese a que una sensación rara nos embargue. En primera fila, lamiendo la suela del evento, nuestros políticos, encabezados por la presidenta y sus ministros o ministras, apoyando, aplaudiendo con buen humor y entusiasmo a esos presentadores y humoristas que por lo general no sólo tienen la peor idea de ellos sino que se dedican a convencer al país completo de que la política es una actividad miserable y los políticos una sarta de corruptos e ineptos. No sabe uno si esos rostros de la vida pública están en primera fila como rehenes o como seguidores. La Teletón es cruel, no deja espacio para disentir: es preciso ser teletonista o exponerse a los peores castigos del cielo y de la tierra.

Durante los días de la Teletón el presidente de la república parece ser Mario Kreutzberger, y sus ministros la Bolocco, Kike Morandé o Sergio Lagos, en tanto que las empresas se las dan de ministerios. Disponen de una cadena nacional de televisión con la que las auténticas autoridades no se atreven ni a soñar. Y las figuras símbolo de la juventud o de la gente de la calle son millonarios como el pintoresco Farkas, o el sorprendente Nazar. El ambiente republicano ha sido suplantado por un baile de marcas, campañas publicitarias, promoción, y dinero crudamente traído y llevado por modelos despampanantes. Money, muslo, logo, ordinariez, aplauso, luces. Y al fondo de la conciencia de todos, esos niños.

Quisiéramos algunos un país donde la diversión dionisíaca y orgiástica fuese sensual, por cierto, pero no obligatoriamente chabacana. Soñamos quizá, pese a don Francisco, con un país donde todo niño al momento de nacer tuviese derecho a las debidas protecciones y cuidados, más aún tratándose de pequeños con discapacidades, sin que ello obligue a nadie a pasar por el bombo televisivo. Nos gustaría alcanzar la meta de una vida decente y digna sin tener que recurrir cada fin de año a esos extraños personajes y esas confusas ceremonias publicitarias. Sería hermoso decir adiós a estos formatos crueles y exitosos, a estos valores enredados en antivalores que son herencia de nuestros peores tiempos como país y como sociedad.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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