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EFE
La presidenta de Chile, Michelle Bachelet, se unió a la celebración del aniversario 20 del plebiscito.
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Juan Guillermo Tejeda
Santiago, Chile
Hace 20 años, en una noche amenazante pero que prometía mucho, cayó derrotado ante los chilenos el Capitán General Augusto Pinochet. "Corrió solo y llegó segundo", tituló Fortín Mapocho, uno de los heroicos medios de prensa que resistían entonces al régimen militar. Recuerdo que salimos a la calle a celebrar con unos amigos el resultado del plebiscito, pero la ciudad estaba vacía y silenciosa, negra de noche oscura, y nuestra bandera chilena no flameó por la ventanilla del auto como planeábamos. La gente, acostumbrada a vivir en la derrota, no tenía aún preparado el estómago para un triunfo. Los dictatoriales podían haber hecho cualquier cosa aquella noche, y parecía más sensato quedarse calladitos cada cual en su casa.
Quitamos de en medio al dictador, aunque siempre quedaba un pedazo de garra o de bota en su sillón, una caspa flotante de prebendas familiares o de datos de inteligencia o de amenazas bélicas. En fin, el tiempo terminó por llevárselo. Y el "NO" significó, finalmente un no a medias. Se le echa la culpa a Aylwin y a Lagos de que habrían negociado una transición demasiado tibia, con concesiones exageradas. Así la negociaron, no cabe duda, pero en el ambiente nacional había pocos con fibra de héroes. Después de tanto sobresalto, la gran mayoría anhelaba paz, tranquilidad, normalidad. Y nuestros políticos demócratas supieron darle forma institucional a nuestra mezcla de indignación y temor.
Estos veinte años han sido para los Presidentes concertacionistas, pues, años de componenda, de finta, de muñeca, de dar explicaciones bochornosas, dos décadas de cambio en las costumbres y conservadurismo en el modelo. El poder profundo del país -la sala de máquinas- sigue siendo más o menos el mismo que el de los buenos tiempos de don Augusto, sólo que los rudos se han visto obligados a seguir un curso de buenos modales. Tienen que preguntar un poco, socializar el abuso, ponerle etiquetas modernas, y esperar el visto bueno de unos ministros y seremis que por lo demás ganan poquito y son permanentemente basureados desde los medios. El ambiente del país es ciertamente distinto al de 1988. No se llevan ya a la gente por decir algo o pensar o reunirse, y han desaparecido de los presupuestos generales del estado los ítems destinados a picanas eléctricas y piletas de inmersión. El uso de libertad ha ido modificando las costumbres privadas, es decir el modo de vivir, los hábitos sexuales, las canciones, el gusto, la indumentaria, el lenguaje, las aspiraciones personales, la estructura familiar.
Uno observa los procesos abruptos de Evo en Bolivia, o del tremebundo Chávez en Venezuela, o del ecuatoriano Correa, y pese a que son estilos que por decirlo de alguna manera ya vivimos en Chile y tras nuestra amarga experiencia apreciamos poco, cabe la meditación acerca de las ventajas que podría traer un cambio de verdad, que toque al clítoris del sistema. Los chilenos somos más bien cautelosos, de acostarnos temprano, y nos hemos ido conformando con esta semi-felicidad en una semi-democracia que es semi-exitosa, y con un semi-despegue económico que hace de nosotros un país semi-desarrollado. No apreciamos los bandazos ni las brusquedades. Hemos asegurado con mucho esfuerzo el jardincito para el asado, la pantalla plana del televisor o el computador, el auto modelo normal tirando a chico, podemos ver la película que queramos, y viajar un poco, y hacer alguna improvisación erótica, y no vamos ahora a jugarnos esas delicias sin duda modestas por un artículo más o menos de la Constitución.
Felicidad relativa, pues, y siempre con un fondo de fatalismo: los poderosos son imbatibles. La oposición ha sido exitosa en lograr que la factura del desaliento se le cobre a la Concertación. La parte mediocre de nuestra vida y los atropellos que vemos cada día se los colgamos no a los creadores y profitadores finales del abuso, sino a los gobernantes, que tienen las mejores intenciones de ayudar a los débiles pero también están obligados a cuidar sus sueldos, sus modestas carreras políticas. Y finalmente el pueblo, o sea cada uno de nosotros cuando se enoja, le tiene más respeto a los degolladores que a los mediocres administradores democráticos del sistema. La sangre es la que marca la cancha del poder real, y nuestra democracia no ha sido sangrienta. La soberanía política del país, en suma, quedó secuestrada indefinidamente por los que mandaron en tiempos de Pinochet, y que siguen más o menos desempeñando las mismas funciones aunque con otro traje y desde otros sitios. A ellos les tememos, y no a los pobres ministros, que por mucho que ocupen despachos oficiales están dibujados en el aire.
A los postpinochetistas le gustaría quizá volver a tomar control total del país. Pero cabe preguntarse si no les acomoda más, a largo plazo, la situación actual. Gobiernos asustadizos, depreciados, cada vez más clientelistas y huérfanos de ideas, administrando ahora en libertad un modelo económico y social crudamente neoliberal -previsión, educación, estructura urbana, economía, finanzas, medios, rol del estado-, modelo que pese al heroico NO, y después de dos décadas de democracia, sigue gozando de buena salud. Ex barbudos hoy de corbata y antiguas charangueras pasadas a Benetton que mientras duran en sus cargos distribuyen sonrisas de aliento a los desvalidos y sonrisas de comprensión a los poderosos.
El NO fue el triunfo de la parte más sana del país, pero parece que finalmente a todos les ha sentado bien. Se trata de un NO con mucho de SÍ, de una democracia tallada en madera dictatorial.
Terra Magazine