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Piñera, un candidato que ve la realidad con nuevos ojos

AFP
Sebastián Piñera en un lugar donde suele vérselo mucho: su helicóptero. Según dice, fue para pilotearlo mejor que se retocó los párpados.

Juan Guillermo Tejeda
Santiago, Chile

Sonriente y con una leve carnicería visible en los ojos, el candidato o precandidato presidencial Sebastián Piñera declaró que se había hecho una cirugía de párpados para poder pilotear bien su helicóptero. Siempre malpensados, sospechamos que se trata de un enchulamiento para salir bien en las fotos y gestos y besitos a niños y saludos triunfales y visitas a los pobres de la campaña que viene, que la operación es, más que plástica, política. El tiempo pasa y se nos va llevando día a día la tersura de la piel, el color del cabello, la agilidad, en fin. También ha ido hiriendo el tiempo al propio Piñera, que aunque parece incombustible (siempre con nuevos proyectos triunfadores a la mano para sofocar sus ansiedades), no tiene ya la estampa sonrosada y de niño pícaro de antaño.

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Cuando desconfía uno de lo que le dicen observa la expresión del otro, su mirada, el aliento de la boca, los pequeños detalles que finalmente revelan la verdad. Pero en el caso de Piñera esta operación de chequeo es difícil -si no imposible- ya que la sonrisa ha terminado recogiendo los pliegues mandibulares de los grandes titanes de la sonrisa chilena -Aylwin, Lavín- o de los modelos mundiales del sonreir constante-Berlusconi, Reagan- y a través de bocas profesionales de este tipo es difícil escudriñar el alma de sus dueños. Aquellas dentaduras, esos labios elásticos, obedecen a proyectos de largo aliento para lo cual deben quedar de lado las emociones coyunturales. Son bucalizaciones quinquenales, patrones o modelos más que simples cavidades bucales. Y si, huérfanos de boca, vamos a las pupilas, las vemos en este caso y después de la operación, detrás de un suturado rojizo donde sólo hay manipulaciones médicas, hemogramas, residuos de un proceso quirúrgico de eliminación de las bolsas oculares.

No podemos entonces saber si el hombre se mandó a hacer la blefaroplastia para pilotear mejor su helicóptero y sus avionetas (un problema tan de clase media, en el fondo) o si lo hizo para que sus pupilas de fuego proyecten limpiamente sobre la patria, durante la próxima campaña en pos del sillón presidencial, las seguridades y soluciones que ésta necesita. Una mirada de rayos láser no surge con la debida naturalidad de unos ojos capotudos y bolsudos.

Uno admira la determinación con la que ha procedido Piñera. Todo lo que sea un obstáculo debe ser eliminado, así haya que cortar, plegar, eliminar y volver a coser el propio tejido cutáneo. Y en cuanto a la verdad profunda del asunto, al pícaro regusto que tenemos por creer o no creer lo que él nos cuenta de sí mismo, deberíamos olvidarnos de llegar a alguna conclusión. Lo verdadero, en un personaje del volumen de Sebastián, es una categoría menor, que se confunde y finalmente se disuelve en la acción cotidiana y en sus productos. Los políticos y los financistas son, por sobre todo, nodos de contacto, módulos adaptables a condiciones más adversas o más favorables, aeropuertos portátiles que sirven para hacer despegar o aterrizar proyectos de ley, compras de territorio nacional, ventas de líneas aéreas, paquetes accionarios, lingotes, fideicomisos ciegos o no tan ciegos, campañas territoriales, clubes deportivos, opiniones candentes, citas de San Pablo, fines de semana con los personajes top del planeta¿ Y en aquel nivel al cual apenas llegan los helicópteros, en esas alturas para nosotros imposibles de calibrar, la atmósfera se encuentra enrarecida y las verdades flotan mezcladas con los silencios, las interpretaciones, las ocultaciones, los daños colaterales y las falsedades estratégicas. Lo que cuenta es el flujo, el movimiento. Lo que vale son los resultados. Y si algo puede mostrar Piñera a quien lo quiera ver son eso: resultados.

La velocidad del helicóptero político empresarial de Sebastián Piñera no permite, si queremos ser sensatos, ni párpados ocluidos ni carnes colgantes. Un candidato debe verse bien, un piloto necesita otear el horizonte sin tener que andar apartando párpados rebeldes. Tendremos que contentarnos con no saber jamás las razones profundas de su determinación plástica. Quizás ni él mismo logra discernir, dentro de su cabeza meteórica, lo que se ajusta a la verdad y lo que simplemente se necesita como ingrediente para cumplir la meta.

La velocidad impide el reposo. Y es sólo en el reposo cuando podemos convivir un rato con las verdades que nos rodean, que jamás tienen la forma aerodinámica de nuestros proyectos. Piñera es un proyecto, un proyectil, un cometa, una turbina, un canal de flujo constante, y a su velocidad de crucero las verdades se licúan, los párpados no se cierran y la proporción entre mandíbula y sonrisa debe ser la adecuada, la necesaria para triunfar en todas las esquinas y rincones de esta vida.

» Hable con Juan Guillermo Tejeda

Juan Guillermo Tejeda es Licenciado en Artes por la Universidad de Chile. Ha enseñado diseño en Barcelona y Santiago de Chile. Premio al mejor Ensayo 2002 del Fondo del Libro y la Lectura por Allende, la señora Lucía y yo. Ha colaborado como columnista en diversos medios chilenos: Revista El Sábado de El Mercurio, The Clinic, La Nación Domingo, etc. Es director del Boletín Académico de la Universidad de Chile.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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