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Reabren el proceso por el asesinato del músico Víctor Jara

Wikimedia/Gentileza
Víctor Lidio Jara Martínez: una de las imagenes más difundidas y representativas del artista chileno asesinado en septiembre de 1973 por el régimen de Augusto Pinochet.

Juan Guillermo Tejeda
Santiago, Chile

Víctor Jara es hoy, antes que otra cosa, una imagen. Una imagen en blanco y negro, un modelo de artista comprometido con el folclore chileno, con las luchas obreras y estudiantiles, que cayó asesinado en los primeros y confusos días que sucedieron al golpe de estado del 11 de septiembre de 1973. La imagen de Víctor ha dado la vuelta al mundo y ocupa algún lugar, más luminoso o más oscuro, en el corazón de cada chileno y chilena. Ahí está él, sonriente y combativo, ahí está también el borrón de su muerte, esa violencia mediante la cual las autoridades del flamante régimen militar comunicaban al país las condiciones del nuevo orden: nada con los artistas comprometidos, muerte al comunismo, olvidémonos de los ponchos, guitarras y charangos, a cortarse el pelo y a terminar con la diversidad.

Nos llega la noticia de que los jueces han decidido reabrir el proceso por su asesinato. Es una buena noticia. En verdad, quedan aún demasiadas zonas oscuras en lo que ocurrió durante los repugnantes años de la dictadura. ¿Por qué mataron a Víctor Jara? ¿Qué motivos llevaron a esa gente a romperle las manos a culatazos para acribillarlo poco después? ¿Obedecían órdenes aquellos sujetos? ¿Se trató de una iniciativa pintoresca y aislada, o fue todo eso parte de un cuidadoso operativo? La vida valía poco en esos días, sobre todo si estaba alguien recluido en el Estadio Nacional, el Estadio Chile, el Regimiento Tacna u otro de los innumerables centros de detención que se habilitaron para marcar el nuevo estilo que venía. Y la población civil, alimentada por rumores telefónicos o por noticias oficiales, entendió y asumió que ser comunista o mirista mismo equivalía a una condena, y que ser, como Víctor Jara, un rostro prominente, un símbolo del artista comprometido y allendista, era estar sentenciado a muerte.

La revisión de su caso es, pues, no sólo un instrumento para hacer verdad y justicia, que no se sabe quien pueda no desear (la mentira y la injusticia son muy desagradables), sino también un modo para poner otra vez las cosas en su sitio. Víctor Jara es un mártir de la causa revolucionaria chilena, no cabe duda, pero es mucho más que eso. Él fue ante todo una persona, y un artista.

La dictadura consiguió de alguna manera despojar de sus calidades humanas a muchas de sus víctimas. Quien había sufrido cualquier tipo de violencia por parte de los agentes del régimen perdía sus connotaciones individuales para pasar a ser "un degollado", "un desaparecido", "un extremista", "una torturada", es decir alguien flotante en el tiempo y en el espacio, un tajo hecho en la carne de la patria, una herida viviente, algo que, en un mundo neoliberal y de consumo sencillamente resulta intolerable y se destina a un mundo virtual de silencios y dolores donde nadie quiere estar. Pero la tenacidad de algunos, a los cuales hay que señalar como figuras relevantes de nuestro país, ha logrado finalmente poner las cosas en su sitio, establecer verdades, hacer justicia, y devolver a cada una de las víctimas su identidad mancillada, su humanidad perdida.

Si llegamos a saber con exactitud qué ocurrió con Víctor Jara desde que fue llevado al Estadio Chile hasta que se certificó su muerte, podremos ver más íntimamente a su persona. Entenderemos más su canto, su labor de recolector de folklore, su trabajo junto al Conjunto Cuncumén o al Quilapayún, sus opciones y acciones políticas, su desempeño como actor o como director teatral, sus conocimientos musicales, sus escritos, sus dichos. Necesitamos la verdad y la justicia para recuperarlo, no ya como símbolo de la represión pinochetista, sino en todo el ancho calado de su creatividad y en las diferentes miradas que hacen de cada persona un ser humano.

Las visiones románticas movilizan a las multitudes. Los símbolos juegan un rol potente en los movimientos sociales y culturales. Pero lo que realmente caracteriza a nuestra especie es la de estar compuesta de seres humanos irrepetibles, seres de carne y hueso con los cuales establecemos relaciones de proximidad o lejanía, de afecto y dolor, de acción conjunta, de emulación, de procreación, de diversión o de olvido, según las leyes naturales que nos gobiernan. Víctor Jara y los demás que sufrieron aquella violencia merecen recuperar en plenitud su dimensión humana, zafarse del mito obligatorio y entrar de nuevo, gracias a la verdad, gracias a la justicia, en la percepción cotidiana que tenemos unos de otros.

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Juan Guillermo Tejeda es Licenciado en Artes por la Universidad de Chile. Ha enseñado diseño en Barcelona y Santiago de Chile. Premio al mejor Ensayo 2002 del Fondo del Libro y la Lectura por Allende, la señora Lucía y yo. Ha colaborado como columnista en diversos medios chilenos: Revista El Sábado de El Mercurio, The Clinic, La Nación Domingo, etc. Es director del Boletín Académico de la Universidad de Chile.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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