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El Monticello Grand Casino y la buena conducta de los chilenos

AP
Obras del que será el Monticello Grand Casino, en San Francisco de Mostazal, cerca de Santiago de Chile.

Juan Guillermo Tejeda
Santiago, Chile

Se anuncia la construcción de un gigantesco Casino en San Francisco de Mostazal, a 50 kilómetros de Santiago por autopista. Los aplicados santiaguinos, que nos sacamos todas las medallitas y buenas notas ante los organismos financieros internacionales, tendremos finalmente la posibilidad de portarnos mal, de ir a zumbarnos el sueldo del mes en un par de horas de ruleta o bingo dentro de un gran recinto dotado de tecnología ludopática de última generación.

Nos hemos portado demasiado bien, quizás. Somos los niños aplicados de América Latina, los que se van a la cama temprano no a reposar o gozar de los encuentros corporales, sino a babear ante una pantalla plana de televisor de 40 pulgadas comprada con un crédito a 24 meses. Nos levantamos muy temprano, llevamos a los niños a sus jaulas educativas y de inmediato, sin perder un segundo, nos dirigimos al trabajo, una actividad que absorbe casi toda nuestra energía vital en jornadas de 8 a 12 horas al día. No se trata de trabajos liberadores de los que hablaban los teóricos humanistas, sino de simple servidumbre, de conflictos, humillaciones, intrigas y malos ratos haciendo algo que por lo general no nos gusta junto a personas que nos utilizan o nos sirven de peldaño para escalar mejores posiciones. Los domingos vamos al mall a gastar lo poco que hemos ganado, y el resto se nos va en ir y venir por la ciudad colapsada usando un sistema de transporte caótico.

Este comportamiento, medido en indicadores, es celebrado por el mundo global y nos deja como un ejemplo a imitar. No somos felices, pero nos esforzamos por surgir, por trabajar, por ahorrar, por endeudarnos, por ser piezas obedientes de un mercado que finalmente parece considerarnos de algún modo. Nos hemos vuelto adictos a ese modo de la infelicidad que es el esfuerzo programado.

Las mil quinientas máquinas tragamonedas, las ochenta mesas de juego y las trescientas posiciones para bingo del Monticello Grand Casino y Mundo de la Entretención van a poner fin, quizás, a tanta buena conducta. Cambiaremos la levantada temprano por la acostada tarde, y nos jugaremos en un suspiro lo ganado temblorosamente a lo largo de meses o de años. ¡El colegio de los niños al 32 rojo, la hipoteca de la casita pareada a las negras! Hemos tomado demasiado yogurt descremado durante demasiados años, y es la hora de los martinis dobles. Basta de gimnasia y vengan esos ojos afiebrados por la codicia o por los golpes y reveses de la fortuna. Basta de cálculos prudentes. Hagamos saltar la banca.

La bondad, cuando se acumula, se hace dañina. Nadie soporta tantas buenas notas. Ningún ser humano puede vivir al margen del pecado y haciendo caso omiso de las tentaciones del mal. Chile ha ido desterrando sus antiguos vicios. Los maridos ya no llegan borrachos a las tantas de la noche con el sueldo perdido en algún bar o fuente de soda: lo que se lleva ahora son los maridos cooperadores con la vida familiar, y las madres perfectas que además de trabajar se ocupan de los detalles domésticos. Monticello nos permite imaginar a esas buenas madres con los ojos refulgentes bajo una catarata de monedas, o a esos padres psicológicamente comprensivos extrayendo la selva que hay en ellos ante el tapete de la mesa de juego.

El mercado, que está en todo, nos pone ahora ante las papilas bucales el sabor del extravío, y a ver lo que nos va a pasar cuando con un golpe de suerte logremos lo que otros necesitan años o generaciones en conseguir. Los casinos alimentan la fiebre interior y nos hacen suponer que existe otro mundo más justo que el real, un mundo que no está por verse en la otra vida, sino en ésta, a 50 kilómetros hacia el sur de Santiago. Cómo no va a ser hermoso ser ayudados en las fatigas de esta vida por la casualidad, por la suerte, por el chiripazo salvador.

Los casinos niegan todo lo que hemos aprendido en el colegio. Son el revés del esfuerzo, la cara oculta de la virtud. Jugar es un vértigo que requiere, por cierto, de la atmósfera severa y a veces majestuosa de los casinos, sin la cual nuestros instintos depredadores emergerían de manera incontrolable. Ir al casino y ganar es alegría pura. Ir al casino y perder es un eslabón más en la cadena de miserias y dificultades de esta vida. Los triunfadores o triunfadoras de los casinos no necesitan de nadie y pueden comprarse lo que quieran. Se convierten en esa llamarada bajo cuyo resplandor podemos perdonar el desenfreno erótico o el viaje infinito hacia el paraíso terrenal que, suponemos, debe quedar en alguna isla con palmeras a la cual los perdedores no tienen acceso. Habitantes de la Región Metropolitana: puede que haya llegado la hora de portarnos mal. A ver si recuperamos así esa parte de humanidad que hemos perdido con tanta buena conducta.

» Hable con Juan Guillermo Tejeda

Juan Guillermo Tejeda es Licenciado en Artes por la Universidad de Chile. Ha enseñado diseño en Barcelona y Santiago de Chile. Premio al mejor Ensayo 2002 del Fondo del Libro y la Lectura por Allende, la señora Lucía y yo. Ha colaborado como columnista en diversos medios chilenos: Revista El Sábado de El Mercurio, The Clinic, La Nación Domingo, etc. Es director del Boletín Académico de la Universidad de Chile.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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