Terra
Terra
 
 

Terra Magazine

› Terra Magazine › Columnistas › Juan Guillermo Tejeda

El volcán Chaitén y los castigos de la Naturaleza

AFP
Una de las primeras imágenes del regreso a la actividad del volcán Chaitén, que comenzó el 2 de mayo.

Juan Guillermo Tejeda
Santiago, Chile

Asistimos los chilenos, en persona unos pocos y por televisión la mayoría, a la erupción blanquecina del volcán Chaitén. Vemos aquellas partículas de ceniza volcánica caer como una nieve malsana sobre la vegetación y los animales de la zona, al tanto que los gases tóxicos forman una columna de humo que se observa desde los satélites. Mientras se evacúa a los residentes, tiembla y suena la tierra, y el pavor inunda a las personas. Las fuerzas de la Naturaleza castigan a veces con fuerza y sin remilgos a quienes habitamos el planeta.

Para los amantes ciegos de lo natural, este es quizá un instante de reflexión. ¿Es siempre tan buena y sabia la Naturaleza? A medida que nos hemos ido trasladando a vivir a ciudades, hemos ido perdiendo tratos con los elementos naturales - el bosque, las estrellas, el humus, los arroyos, la desnudez del cuerpo, los animales-, y de alguna manera añoramos nuestra antigua condición de seres arrojados sin más sobre la tierra. La vida urbana nos facilita las cosas, aunque al precio de poner demasiado asfalto y demasiada geometría en nuestra existencia cotidiana. Y nos hemos ido formando así, desde la nostalgia, una noción idealizada de la Naturaleza, que se parece de pronto más a una postal que a la realidad.

La Naturaleza es cálida y generosa, en efecto, posee leyes secretas y ritmos que amamos, pero no es una socia siempre amable. La Naturaleza es la flor, el árbol lleno de frutos, el arroyuelo de suave murmullo, el bosque romántico, las cascada... Pero al mismo tiempo la Naturaleza es también el volcán en erupción que lanza sus ácidos y sus cenizas sobre los seres vivos, y se manifiesta en ocasiones a través del terremoto, del virus, de la araña venenosa, de las temperaturas insoportablemente bajas o insoportablemente altas, de la sequía y la inundación.

Ya Lucrecio, en el siglo I, concebía a las fuerzas naturales como un sistema de enfrentamiento incesante de unos elementos con otros: los más grandiosos miembros del mundo -afirmó- batallan enconadamente entre sí, empeñados en guerra implacable. Por cada semilla que da fruto, hay muchas que fracasan. Toda cosa viva, lo sabemos, es resultado de una dura lucha. La salud de un virus o de una bacteria dependen de la enfermedad o de la muerte del animal donde se alojan. El acomodo subterráneo de las placas tectónicas ocurre sin que la madre Naturaleza nos consulte el parecer a nosotros, seres vivos y conscientes de nuestra vida.

Pero, más allá del entorno, nosotros mismos somos cada cual un trozo de Naturaleza empaquetado en su vestimenta, recubiertos por razones sociales de un protocolo de buenas maneras. Y como trozos de Naturaleza que somos se suceden en nuestro interior parecidos ciclos y similares combates a los que podemos ver en el paisaje. Culminan esos intercambios de energía con el deterioro y la muerte de cada uno de nosotros, y ahí es donde la Naturaleza, a la que amamos, parece dar la espalda a la individualidad personal, imponiéndonos la tumba, la desaparición eterna. Nos alimentamos de la Naturaleza y finalmente son las mismas leyes de la vida las que nos hacen despedirnos de este mundo.

Nuestro trato con los elementos naturales requiere de equilibrio. No podemos jamás olvidar nuestra condición material y natural como seres vivos, ni podemos descuidar el respeto al entorno en que habitamos. El calentamiento global, la contaminación, el agujero de la capa de ozono, los cementerios marinos de sustancias radioactivas, los experimentos nucleares, son evidencias de un ímpetu depredador que pone en serio riesgo a nuestras seguridades vitales. Pero de allí a creer que por respeto a la Naturaleza no hay que cortar árboles ni faenar pollos ni cambiar de lugar las piedras, hay una distancia. Nosotros, los humanos, somos parte de la cadena natural, y como hacen todas las especies nos nutrimos de elementos que son parte del entorno y evacuamos desechos que pasan a ser también parte de él. Lo que parece estar claro es que una cosa es una bolsa de basura y otra muy distinta un bloque de cemento conteniendo desechos nucleares.

No podemos suprimir a la Naturaleza, pero tampoco podemos dejarnos suprimir por ella. Nuestra condición de seres humanos dotados de inteligencia y voluntad nos hace depositarios de un rol relevante en el cuidado del entorno. Somos, como la Naturaleza, buenos y malos a la vez, portadores de la noche y del día, de la enfermedad y la salud. Habitamos un mundo que es a veces amable y a veces destructor, de pronto florido y poco después catastrófico.

» Hable con Juan Guillermo Tejeda

Juan Guillermo Tejeda es Licenciado en Artes por la Universidad de Chile. Ha enseñado diseño en Barcelona y Santiago de Chile. Premio al mejor Ensayo 2002 del Fondo del Libro y la Lectura por Allende, la señora Lucía y yo. Ha colaborado como columnista en diversos medios chilenos: Revista El Sábado de El Mercurio, The Clinic, La Nación Domingo, etc. Es director del Boletín Académico de la Universidad de Chile.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

Terra Magazine


Exhibir mapa ampliado

Terra Magazine América Latina, Vea las ediciones en español