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Fotocopias de John Berger: la metáfora equivocada

Cortesía
John Berger sostiene que hoy no hay fotografía profesional que no esté al servicio del espectáculo.

Quintín
Buenos Aires, Argentina

El título es equívoco, poco preciso. Se trata de veintinueve relatos breves, vívidos, que se nutren de personajes reales. El autor insiste en describirlos como "fotocopias verbales" pero no se fotocopia más que papeles: la metáfora apropiada para ese modo de retratar el mundo sería "fotografías". Sin embargo, hay razones de peso para que Berger no utilice el término y recurra a un sustituto vago.

Nacido en 1926, John Berger se formó como artista plástico, pero su militancia política lo hizo renunciar tempranamente a la pintura: a su juicio era un medio insuficiente frente al poder de la palabra. En la narrativa o en la crítica de arte (género que cultivó con éxito) siempre fue un realista, un defensor de la idea de que el artista debía "poner de manifiesto las condiciones sociales ocultas". En Mirar, una recopilación de ensayos publicada en 1980, Berger le dedica cuatro capítulos apasionantes a la fotografía. En uno de ellos habla del fotógrafo americano Paul Strand y describe los retratos del artista como capaces "de introducirse tan profundamente en lo particular que nos revelan la corriente de la cultura o de la historia que fluye por este sujeto como la sangre".

La fotografía, para Berger, es lo contrario de un disparo al azar: "Para Strand, el momento fotográfico es un momento biográfico o histórico cuya duración no se mide idealmente en segundos, sino en relación con toda una vida". Y agrega: "sus mejores fotografías son extrañamente densas porque están llenas con una inusitada cantidad de sustancia por centímetro cuadrado" (esa densidad es un objetivo de la prosa de Berger y las mejores Fotocopias participan de esa cualidad).

Pero, según Berger, esa posibilidad de que la fotografía fuera "el método más transparente, más directo de acceso a lo real" (en el sentido de permitirle a la historia y las luchas sociales filtrarse en cada imagen) se agotó después de su edad de oro, el período de entreguerras. Durante esa época, la fotografía fue incluso el sustituto del ojo de Dios como lo entendían los desposeídos: el testimonio, la memoria implacable de las injusticias. Pero desde que los nazis advirtieron su valor como instrumento de propaganda, el capitalismo hizo de la fotografía un dispositivo que "recoge los acontecimientos para olvidarlos". Así, "se separa de su contexto y se convierte en un objeto muerto que, precisamente porque está muerto, se presta a cualquier uso arbitrario." Para Berger, en la segunda mitad del siglo XX ya no es posible una fotografía profesional que no esté al servicio del espectáculo. Frente a la trampa fotográfica, entonces, la fotocopia resulta al menos inocua: puede ser borrosa pero no será nunca frívola ni manipuladora.

Marxista, escritor comprometido, Berger dejó Inglaterra en 1962 para instalarse en una aldea de los Alpes franceses. Allí, dispuesto a no ser un turista, vivió como granjero como paso previo a la trilogía De sus fatigas, un homenaje al campesinado y a la vida rural y un manifiesto político contra su eliminación de la Historia. Toda la obra de Berger se puede leer como el resultado del descubrimiento de que "el papel histórico del capitalismo es destruir la historia, cortar todo vínculo con el pasado y orientar todos los esfuerzos y toda la imaginación hacia lo que está a punto de ocurrir". Es como si caída la ilusión de que el socialismo más o menos existente podía modificar el curso de la historia, el único sentido del arte no domesticado pasara a ser el de la conservación, la preservación de lo que está condenado (incluso de aquello que, como los hábitos campesinos, fue considerado descartable y reaccionario) y, en última instancia, de la memoria de la humanidad. Es el camino de la modernidad que va desde Benjamin a Sebald y al que un militante como Berger tampoco es finalmente ajeno.

Los héroes de las Fotocopias son los sobrevivientes: viejos campesinos que siguen pareciendo jóvenes hasta el día anterior a su muerte, revolucionarios inclaudicables (incluyendo al Subcomandante Marcos), artistas marginales que se obstinan en crear desde el anonimato. Las excepciones no hacen más que confirmar la regla: Cartier-Bresson, el gran fotógrafo que abandonó su trabajo en plena fama, chicas que ya son curtidas veteranas... Pero la apuesta de Berger no se detiene en la longevidad ni ante el umbral de la muerte.

"A veces tengo la impresión de que, al igual que los antiguos griegos, escribo sobre todo acerca de los muertos y de la muerte".

Así se inicia la Fotocopia 21. Como si a fuerza de buscar que la literatura refleje las luchas sociales, las injusticias y el heroísmo del pasado, de buscar esa densidad, esa presencia viva y material que constituye su ideal artístico, ciertos textos de Berger (como la fiesta macabra en que culmina Puerca tierra) terminan hablando de la vuelta de los muertos o ven presencias fantasmales alrededor de los vivos. Es curioso para un realista. El ojo de Dios ya no es la fotografía, sino la literatura, y ésta está densamente cargada de presencias. La Fotocopia 13 consta apenas de dos líneas tomadas del Salmo 139:

"... sabes cuándo me siento
y cuándo me levanto ...
"

Es difícil encontrar un escritor contemporáneo que tenga un partido estético tan claro y abrumador, casi bíblico de tan anacrónico: el rescate de todo lo viviente, la permanencia de los que han luchado y sufrido.

Hablando de L. S. Lowry, un pintor británico de los años 20, Berger dice lo siguiente: "Si Lowry hubiera sido un gran artista, habría puesto algo más de sí mismo en su obra". No se puede decir lo mismo de Berger: puso toda su vida en su obra y toda su obra en su vida. Sin embargo, no es un gran escritor. Tal vez por esa grandilocuencia, por la voluntad de ser tan explícito, tan contundente, tan importante. Cuando Berger escribe cosas como "Si fuera un animal sería una liebre", "como si la superficie enroscada de la tierra fuera la concha de una vieja e inmensa tortuga" o "las manos de Marcel eran ásperas, estaban llenas de grietas, tenían las articulaciones inflamadas y eran muy cálidas. Encallecidas y al mismo tiempo sensibles. Eran como ciertas palabras antiguas, hoy caídas en desuso", advertimos que sus descripciones pueden ser demasiado obvias, sus metáforas forzadas y sin gracia.

No hay duda de que es un escritor intenso, pero la intensidad que atrae hacia su prosa conspira también contra su estilo. Berger parece estar al tanto. Uno de los personajes de Fotocopias le dice: "No necesitas ser extravagante". Y otro, Cartier-Bresson (ese capítulo, el más largo, es brillante y justifica el libro), expresando una concepción exactamente opuesta a la suya en materia de fotografía, le da una lección zen. "Lo que cuenta en una foto es su plenitud y sencillez", le dice, y culmina con esta frase: "la fotografía es un impulso espontáneo, resultado de estar permanentemente mirando, que atrapa el instante en su eternidad". Berger, como marxista y como místico, suele estar más atento a la eternidad que al instante.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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