
Quintín
Buenos Aires, Argentina
Philip Roth nació en 1933 y desde la publicación de El lamento de Portnoy, la novela que lo llevó abruptamente a la fama en 1969, ha creado una serie alter egos literarios, una galería de personajes que se le parecen de algún modo y que funcionan como dobles y espejos de su personalidad y sus circunstancias.
El título en inglés de Elegía es Everyman, homenaje a una obra del siglo XV en el que la muerte se le aparece al protagonista. Pero con el tiempo, el término pasó a utilizarse para designar al hombre común con el que todos pueden identificarse. Por eso, aunque el protagonista de Elegía, el Everyman cuya odisea Roth nos invita a conocer no es anónimo, el autor se niega a darle un nombre.
Sabremos que, al igual que Roth (y al igual que varios dobles de Roth) nació en New Jersey en 1933 como el segundo hijo varón de una familia judía. Allí, las biografías del escritor y su criatura se separan un poco: nuestro héroe no triunfará como artista, pero su vida será medianamente exitosa como director de arte en una gran empresa publicitaria y pintor de cierto talento en sus ratos libres. Sus fracasos se concentrarán en la vida privada, con tres matrimonios fallidos apenas compensados por una hija que lo adora.
Pero más allá de los rasgos individuales que le impiden ser una abstracción (no hay abstracciones en las novelas de Roth), Everyman es cualquiera de sus semejantes: su vida es la de alguien que nace, se enferma, decae y muere. Los pensamientos más tenebrosos irán ocupando paulatinamente su mente aunque la memoria no deje de traerle las huellas de la culpa por sus fracasos familiares y el recuerdo de sus más ardientes encuentros sexuales.
El arte de Roth apunta a que el mundo se haga transparente en la escritura, a que cada frase le aparezca al lector como incontrastable, un bloque de materia transformado en prosa. A ese propósito han contribuido siempre su franqueza frente al sexo y el dolor y la precisión en los detalles exteriores: si Everyman es hijo de un joyero, los instrumentos de trabajo del padre se describirán con la misma claridad que el origen de sus clientes y el movimiento comercial de su negocio en los años treinta; si la mujer que más excitó a Everyman en su vida lo invita a practicarle el sexo anal, la frase que emplea debe ser memorable.
Para cumplir con sus propias pautas de calidad, las novelas de Roth deben ser inapelables y no retroceder frente a la apuesta de mostrar el mundo en toda su sordidez y su crudeza. Pero no es que Roth elija regodearse en lo escabroso ni exagerar los padecimientos de su personaje. Las calamidades que narra no son nada especial: desencuentros, errores, pérdidas, enfermedades y muertes ordinarias. Pero no dejan de ser abrumadoras.
Una serie de fechas va pautando la vida del protagonista. No son las de su carrera, ni la de sus amores, sino las de sus intervenciones quirúrgicas. No es un hombre de buena salud. Su raid por los hospitales se inicia con una operación de hernia a los 9 años, internado al lado de un chico que muere durante la noche. Ese será su destino, morir en el hospital 62 años más tarde. Pero en el medio se sucederán una operación de peritonitis aguda a los 31, una de coronarias con by-pass a los 56 y luego, desde los 65 en adelante, otras seis para implantarle cánulas en las arterias. A esa altura, descubrirá que es uno de los tantos cuyas "biografías personales se habían vuelto idénticas a sus historiales médicos".
Con su habitual meticulosidad, Roth se ocupará de hacer vívidos los trances de la medicina moderna con su correlato de indefensión progresiva de los pacientes. Aunque Elegía es una novela corta, la narración del deterioro y de la decrepitud será implacable, con "el humillante reconocimiento de que ahora estaba disminuido no solo físicamente sino convertido en alguien que no quería ser", invadido por "la cólera y la desesperación de un enfermo sombrío incapaz de evitar la trampa más letal de la enfermedad prolongada que es la distorsión del carácter".
Hacia la mitad del libro, Roth introduce al lector en el infierno. Después de jubilarse, Everyman se va a vivir a la playa donde veraneaba de niño, a un condominio en el que viven otras personas de su edad, con las que "la conversación giraba invariablemente en torno de la salud y la enfermedad". El hombre le da clase de pintura a sus vecinos (incluso a los que tienen Parkinson), pero la camaradería y la sociabilidad están pautadas por la muerte paulatina de los ancianos, en especial de su alumna más dotada que no puede soportar un dolor crónico en la columna y se suicida. "A todos les avergonzaba aquello en que se habían convertido", escribe Roth y cuenta cómo el tiempo se va acelerando a medida que la inseguridad en las propias fuerzas empieza a predominar.
Más tarde, comienzan a enfermar gravemente y a morir las relaciones del protagonista, la ex esposa, los compañeros de trabajo. La conclusión del proceso es irrefutable: "la vejez es una masacre" se lee pocas páginas antes del final, cuando Everyman "tendría que pasar sus días sin sentido hasta el final (¿) los días y las noches inciertas y la obligación de soportar impotente el deterioro físico y la tristeza terminal y la espera, la interminable espera de nada".
Si el libro tiene una moraleja es que "naces para vivir y sin embargo te mueres". No es muy alentadora. Para colmo no hay ningún consuelo frente a ese mal irremediable. Roth no es Tolstoi, que compensa con su misticismo la desoladora muerte de Iván Illich. Al contrario, no solo es agnóstico sino un declarado antirreligioso "que no quiere saber nada con esos carneros llamados creyentes". No hay una utopía, una promesa, una esperanza para contrapesar la inevitable llegada de lo peor a cada vida. Hasta el final, Roth se encarga de que no haya ninguna brecha en su negativa a ofrecer algo que mitigue una narración devastadora.
Poco antes de morir, Everyman le pregunta a un enterrador del cementerio en el que habrá de ser enterrado cómo se cava y se prepara una tumba. La descripción de esas tareas ocupa cinco páginas. Pero esa obstinación es el secreto del libro, el que puede responder la inevitable pregunta de por qué hacer literatura (o cualquier otra cosa) si nuestro destino es irremediablemente pavoroso.
Pero esa admirable voluntad por ir hasta el final sin desviarse, esa fruición para contarlo todo hasta el mínimo detalle y no hacer la menor concesión al deseo del lector por ser consolado (sin caer tampoco en el efecto, la truculencia o el sensacionalismo), ese modo de escribir como si la literatura estuviera obligada a dar un testimonio absolutamente fiel de lo material y lo imaginario, crea una obra que se legitima a sí misma al tiempo que proclama que el arte no tiene legitimación posible ni en esta ni en otra vida.
Elegía, de Philip Roth, Editorial Mondadori, 2006
Terra Magazine