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Especial
Tumultos que incomodan a los que viven en el circuito del Carnaval de Salvador.
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Paquito
Salvador, Bahía
Alrededor de la Praça Dois de Julho, el otro nombre que recibe Campo Grande, comienzan a instalarse las estructuras de metal que luego serán los palcos, recordando que la locura está a pocos días de iniciarse, expulsando a los que no tienen vocación por ella. Yo resido en este barrio, y tengo que pensar dónde voy a buscar refugio, ya que serán siete días de sonido, colores, olores (pis y cerveza y una amalgama de ambos), todo a nivel exorbitante, principalmente el elevado volumen de los tríos y, cuando éstos no están, los sistemas de sonido de los palcos y de los puestos de venta ambulante, que quedan encendidos para que nadie los oiga, desde las primeras horas matinales.
Si la música, siempre muy alta, acabase por la mañana, quedaría una posibilidad de dormir. Sin embargo, no se sabe por qué, el sonido continúa sin interrupción hasta el miércoles de ceniza, para que la ciudad no duerma, donde uno es prisionero sometido a la tortura de no poder descansar jamás. Al sonido hay que sumarle una cantidad absurda de gente en las calles, principalmente cuando pasan los tríos (que poseen cuerdas que forzosamente toman para sí todo el espacio de la calle) o los blocos-afros, impidiendo simplemente que nadie se traslade un ritmo que no sea el dictado por tal agremiación en movimiento. Por ejemplo, si alguien tuviese un serio problema de salud dentro de un departamento ubicado en las inmediaciones, puede prepararse para verle la cara a la muerte, pues no será atendido a tiempo.
Yo que encontré abrigo en la casa de mi novia o su hermana, comienzo los preparativos para el aislamiento y las estrategias para poder salir de mi casa en los momentos apropiados, pues con el carnaval se modifica el tránsito, los lugares que forman parte del circuito son cerrados a la circulación vehicular, y el resto de la ciudad se satura en las horas pico. Es necesario encontrar horarios para conseguir moverse, ir a un cine o shopping para respirar un poco. Es necesario también almacenar víveres para salir a hacer compras lo mínimo indispensable. En síntesis, toda rutina cambia sin que uno lo desee. Está por comenzar la semana en la cual habrá que quedarse al abrigo del hogar a ver películas o leer libros hasta que ardan los ojos. Habrá que alejarse forzosamente a playas distantes si se tuviera niños, para que los pequeños también estiren las piernas y hagan lugar a la necesidad de movimiento que les dio la naturaleza. Existe incluso la posibilidad de exilio momentáneo en alguna otra ciudad o sitio donde no impere el caos.
Para que quede bien claro, admito la legitimidad de la fiesta, y sé que es divertido que el carnaval bahiano haga como hizo nacer canciones y bailes. Sin embargo, la atracción creció mucho y lo que era una fiesta callejera se convirtió en el "carnaval callejero más grande del mundo", según publicitan los promotores que lo organizan a nivel empresarial y que, para hacer justicia a su fuerza y tamaño, precisa que se compatibilice con las diversas necesidades surgidas como consecuencia de su crecimiento.
Una solución posible sería trasladar los circuitos a áreas no residenciales, como el Centro Administrativo de la ciudad, dado que allí el espacio es amplio y, durante el período en que tiene lugar el carnaval, no pasa nada. Para los defensores de la tradición, cabe como ejemplo el carnaval de Rio que pasó de la Praça Onze al sambódromo y no por eso murió.
Pero yo no soy urbanista ni versado en cómo las cosas se pueden organizar de mejor manera durante estos siete días, que para mí son de angustia. Tan sólo vivo en un lugar de donde no me gustaría tener que salir obligatoriamente durante un período del año en el cual la ciudad se altera y principalmente los oídos son obligados a soportar sonidos a un volumen que, está comprobado, causa males irremediables a la audición, para mencionar tan sólo lo obvio. Lo que preciso y quiero, como diría Tim Maia, es sosiego.
Terra Magazine