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Reproducción
Afiche del filme "El Séptimo Sello" de Ingmar Bergman.
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Paquito
Ingmar Bergman falleció el lunes, o sea, el cineasta sueco finalmente se encontró con la musa más importante de sus películas. Una de ellas y una de las mejores -mi preferida- es El séptimo sello, de 1957. Escuchaba hablar de ella incluso antes de ir a verla. Debía tener 11 años de edad cuando un primo mayor que yo me contó el argumento de El séptimo sello como si fuera una película de aventuras, llena de tensión y suspenso. El hecho es que mi primo se detuvo en un aspecto que casi nunca es tenido en cuenta cuando se habla de Bergman, considerado vulgarmente un cineasta "profundo".El séptimo sello es una película de aventuras y también es una película profunda, sin comillas ni afectaciones. ¿Qué aventura puede superar un duelo contra la Muerte, en el que ella siempre vence? Incluso más todavía, El séptimo sello es un western, pero un western nórdico. ¿Y qué son los westerns, sino historias con un duelo al final, sagas por la vida en lugar de circunstancias adversas? Pero los cowboys en El séptimo sello son un caballero medieval y su escudero, retornando de las Cruzadas y viajando por una Europa devastada por la peste y por la fe religiosa transformada en miedo. Incluso la Edad Media representa para los europeos lo mismo que la colonización del salvaje oeste representa para los norteamericanos, un tiempo mítico de origen.
El séptimo sello también posee elementos de comedia, como la escena en que el herrero Plog dialoga con su esposa, que huyó con un actor llamado Skay, y ahora quiere volver. Cada parlamento de los dos es anticipado por comentarios jocosos del escudero Jons, representado magistralmente por Gunnar Björnstrand, que falsamente hace el papel de asistente de Block, el caballero. En verdad, Jons es el contrapunto de Block. Mientras éste busca respuestas sobre el sentido de la vida y de Dios, aquél existencialmente no tiene perspectiva de nada, es el símbolo del descreimiento total y, en consecuencia, quien más se indigna ante la ejecución de una joven en la hoguera, acusada de brujería.
También hay una escena en la cual una compañía de artistas realiza una representación pública, cantando canciones que imitan el sonido de animales, modificando sus balidos originales en función de la aproximación del demonio. Es un espectáculo en tono divertido, interrumpido por la llegada de una procesión de flagelados, mientras son azotados por figuras vestidas de negro. En contraposición al arte menos pretencioso y lúdico, representado por los arlequines, aquí entra en escena un grupo de personas atormentadas por una visión negativa de la vida, típica de los tiempos en que imperaba el miedo, en este caso, una Europa asolada por la peste y por la premonición de que se aproximaba el fin del mundo, época que puede estar asociada al período de la Guerra Fría, siempre amenazada por un conflicto nuclear.
Por eso, los artistas representados en los personajes de Jof y su esposa Mia, son los únicos que escapan de la Muerte, pues Jof es un visionario, y no tiene la percepción negativa propia de aquel momento histórico. Cuando ronda la Muerte - y, en la película, ella siempre está cerca - sólo los que la intuyen son aquéllos a quienes se los va a llevar. Jof es la única excepción, porque ve a la Muerte jugar una partida de ajedrez con el caballero y huye justo a tiempo con su esposa y su pequeño hijo.
Sin embargo, Jof muestra fragilidad en la escena en que es amenazado en la taberna y tiene que imitar a un oso, es ridiculizado por los parroquianos para finalmente ser socorrido por Jons, el escudero ateo, nada visionárioM; en ese sentido, es su opuesto. La fuerza de la película reside, entonces, también en el hecho de que personajes típicos protagonizan situaciones ricas en asociaciones interpretativas: Block está en la búsqueda de la fe, Jons no tiene fe, Jof es un actor, un visionario, y la Muerte está representada por un hombre de negro, al igual que en las historias medievales. O, como dije antes, en un western, también ejemplo de narrativa épica de carácter simbólico profundo, común a toda la humanidad.
Tal vez sea obvio decir que Bergman transforma esta tradición de contar historias, que siempre practicó en el teatro, llevándolo al cine, al igual que John Ford, otro genio en el arte de contar historias a través de imágenes en movimiento. Por este punto de vista, El séptimo sello es casi una excepción en una filmografía marcada por el cuestionamiento existencial. El Bergman de El séptimo sello es el mismo de las películas en blanco y negro como El rostro, Sonrisas de una noche de verano, y la colorida Fanny y Alexander, esta última retomando lo que se perdió en películas como Sonata de otoño, Cara a Cara y Escenas de la vida conyugal. Un cineasta, en conclusión, que incluso no hacía "películas típicas de Bergman" cuando el estilo personal tal vez aún no era una prisión, autocrítica realizada por el propio Bergman en una de sus últimas entrevistas. El Bergman de El séptimo sello es un artista seductor que equilibra la densidad siempre presente en su obra con imágenes bellas y fuertes, lo que constituye su mejor cine.
Terra Magazine