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Václav Havel cumplió su ciclo político al frente de su país y regresó discretamente a sus fuentes, las letras y el teatro.
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Cláudio Lembo
San Pablo, Brasil
En el Este Europeo, en plena vigencia del comunismo, un hombre elevó su voz contra el totalitarismo. Era una voz tenue, que emanaba del interior de un pequeño teatro de la ciudad de Praga, capital de la República Checa.
Fue capturado y pasó cuatro años en la cárcel. Cuando recuperó la libertad, continuó reflexionando sobre el destino de la persona y la importancia de la libertad. Participó de la Primavera de Praga, levantamiento popular contra el comunismo.
Este escritor y dramaturgo, al tiempo de la recuperación de la democracia, fue electo presidente de su país. Así es Václav Havel, un pensador y una personalidad de rasgos singulares.
El nombre del primer presidente democrático de la República Checa vuelve a ser noticia desde el interior de su escenario predilecto, el mundo del teatro. Acaba de poner en escena una obra con un sugestivo título: Retirándose.
El mero regreso de Havel al área de su predilección personal ya debería ser un acontecimiento para registrar. Sin embargo, hay más. Quien fuera presidente durante doce años pasa ahora a examinar el poder y sus consecuencias sobre las personas.
La pérdida de la individualidad por el ejercicio del poder siempre fue una de las grandes preocupaciones de Havel. Éste ya debería ser un buen motivo para esperar el arribo de esta obra a Brasil.
Pero antes se puede proponer un cuestionamiento sobre la figura del político. Havel abandonó la vida política. Se refugió en la literatura. Volvió a pensar libremente.
Un ejemplo. Dejó la escena pública y sigilosamente retornó al teatro, escenario de sus primeros actos en defensa de los derechos humanos y las libertades.
No se quedó aferrado a la política partidaria. Supo buscar cuidadosamente el momento de decir basta y volver a ser un individuo común. Raro ejemplo. Aquí en estos tristes trópicos nadie se retira. Cambia de partido.
Es vergonzoso ver a las viejas personalidades arrastrándose por los pasillos de los parlamentos o golpeando las puertas de los palacios gubernamentales en busca de inmerecidos favores.
Pocos vuelven a sus orígenes una vez agotados sus mandatos o el ejercicio de cargos administrativos. El Poder ejerce una atracción enfermiza en estas soleadas tierras.
Se aferran a minúsculos espacios de poder. No lo largan por más azotes morales que reciban. Tienen una tenacidad única en la búsqueda de mantener espacios. Tenacidad que es al mismo tiempo dramática y servil.
Por cierto, es una herencia de nuestros antepasados. Forma parte del ADN de nuestra política. Hay un gusto por el empleo público o la proximidad del poder. Vivir lejos de los poderosos es un demérito que conduce a una profunda depresión.
De allí la importancia del acto de Havel. Dejó todo. Se retiró y volvió al punto desde donde partió. Vuelve al teatro con una obra autobiográfica. Retrata -como informan los comentarios- la lucha del ser humano por preservar su identidad.
Difícil. En la vida diaria de la política se pierde todos los días un poco de sí. Los gestos cambian. La voz se altera. El alma muchas veces empequeñece. Los pocos momentos de realización se suceden con el menoscabo de muchos otros.
Todo es objeto de crítica. En determinados observadores existe el anhelo incontenible de destruir. Manchar. Teñir de mezquindad a quien se encuentre en ejercicio de un cargo público.
Es un proceso antropofágico explicable. Aún siendo democrático y republicano, el poder perturba a los observadores, quienes desean destruirlo en un proceso de expurgación de sus propias culpas.
El gobernante, ser humano como cualquier otro, se convierte en la imaginación del observador en alguien todopoderoso, cuando en realidad se encuentra limitado en todos sus actos.
Se subordina a las leyes y a sus propias fragilidades humanas. Cuando se siente seguro, bajo el punto de vista de la legalidad, recibe los impulsos negativos de los consultores.
Finalmente rompe el cerco interno y entonces enfrenta a sus aliados aparentes que, como de costumbre, ponen obstáculos a su accionar. Una incesante sucesión de obstáculos. Un infinito laberinto de dificultades.
Esta es la vida kafkiana del funcionario público. De allí la importancia de destacar la trayectoria de Havel. Un hombre que se retiró para reencontrar su identidad.
¿Cuántos en Brasil procedieron a idéntico ejercicio? Raros.
Tan raros que podrían ser contados con los dedos de una sola mano. El apego al poder es un rasgo de la identidad nacional.
Terra Magazine
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