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AFP
Jerome Kerviel, el operador financiero acusado de fraude por 4.900 millones de euros, junto a su abogada, Elisabeth Meyer.
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Cláudio Lembo
San Pablo, Brasil
Cuando comenzaron a desarrollarse con más intensidad las primeras actividades económicas, allá en las ciudades de la costa de Italia, nació el capitalismo.
En un principio, el capitalismo mercantil, el mero trueque de objetos entre los habitantes de la cuenca mediterránea. Después, más al norte, los ingleses promovieron el capitalismo industrial.
El capitalismo siguió su camino. En la era contemporánea emergió el capitalismo financiero, sin rostro y sin patria. Como las corrientes marítimas, los flujos financieros se mueven con un simple propósito de lucro.
La palabra capitalismo se convirtió en sinónimo de pecado: el pecado de usura. En la jerga diaria, se imponía su sustitución. Quedó marcada por la tenacidad de Marx y por el rudo estilo de Engels.
Se convocaron académicos. Se invitaron especialistas en comunicación. Surgió un nuevo nombre para el capitalismo, dado que esta palabra lleva una connotación peyorativa. Es sinónimo de explotación del hombre por el hombre.
Se creó la locución verbal sistema de mercado, que confundió a todos. Los viejos señores (titulares absolutos de sus propiedades) o los detentores de dinero se sintieron aliviados. Ya no se los tildaba de capitalistas.
Parece ingenuo. Sin embargo, con la adopción de la nueva denominación (sistema de mercado) para las viejas prácticas, el capitalismo en sus tres configuraciones se desarrolló geométricamente. Derrumbó muros ideológicos y regímenes políticos.
En el interior del sistema de mercado se plasmaron nuevas formas de comprender la realidad. La gente prefiere creer en lo que conviene creer. El sistema de mercado recogió esta verdad y actuó en consecuencia.
Expandió el uso de técnicas altamente sofisticadas de convencimiento. Surgió una realidad alienada. La gente pasó a creer en cualquier mensaje publicitario. Bellas imágenes y sensación de bienestar.
Otros dos puntos complementan el anterior. Las ideas de seguridad y previsibilidad. Las instituciones de mercado siempre se muestran firmes como una roca. Los economistas pueden prever todo.
Son falacias. Nada es sólido. La fragilidad es algo inherente a la condición humana. La previsibilidad una mera función subjetiva. Los cambios de los acontecimientos son caleidoscópicos.
Los últimos episodios que tuvieron lugar en Francia, más particularmente los que afectaron al banco Société Genérale, exponen en forma cruda la veracidad de las afirmaciones antes expuestas.
Si bien era dirigido por una personalidad brillante y extraordinaria, hábil y arrogante, según la prensa francesa, ese banco sufrió un fraude inadmisible. Fallaron los más sencillos controles internos de seguridad.
Un joven operador llamado Jerome Kerviel, de 31 años, llevó a cabo un fraude que alcanzó la cifra de 4.900 millones de euros. Destruyó la imagen de uno de los símbolos del sistema de mercado de ese país.
Antes, en los Estados Unidos, la carrera desenfrenada por obtener buenos índices de desempeño, llevó a bancos tradicionales a conceder préstamos hipotecarios sin control. Brotó la iliquidez.
La crisis de los Estados Unidos tomó proporciones mundiales. El desfalco en Francia tuvo reprecusión intensa en todo el sistema financiero. Son precedentes que incomodan.
Muestran que el sistema de mercado, como apunta John Kenneth Galbraith en su obra La economía del fraude inocente: la verdad de nuestro tiempo (2004), vive episodios repletos de fragilidades morales, las que llevan a la explosión, aquí y allá, de situaciones como la francesa y la norteamericana.
Surge una serie de reflexiones. La primera indica la necesidad de presencia de la autoridad pública en el control del mercado. Los economistas neoliberales partieron de la falsa premisa de la bondad infinita de la gente.
Se equivocaron. La gente actúa de acuerdo con sus intereses inmediatos. Estos comúnmente están en desacuerdo con los valores colectivos. De allí la importancia de controles externos para el sistema de mercado.
La segunda reflexión exige una mirada sobre la arrogancia de los operadores de mercado. Saben todo. Predicen el futuro con la facilidad de una Cassandra. Casi siempre se equivocan.
La tercera y última reflexión conduce a lo obvio. De nada sirve cambiar el nombre de los objetos, si continúan teniendo la misma esencia. Las apariencias pueden transformarlos en más apetecibles. Sin embargo, el contenido será idéntico.
El viejo capitalismo se transfiguró en sistema de mercado. Se sofisticó. Se informatizó. Actualizó sus prácticas, pero su esencia continúa sin alteraciones. Busca el lucro ilimitado. Está en su naturaleza.
Terra Magazine
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