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"Las evidencias indican que hasta el más lerdo de nuestros adolescentes intuye que nadie se hace rico estudiando", arriesga nuestro columnista.
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Jorge Barreiro
Montevideo, Uruguay
El profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad estatal uruguaya Juan Pablo Cajarville puso algunos puntos sobre las íes del descalabro educativo en nuestro país. Alega que con su renuncia a la cátedra quiere llamar la atención sobre el lamentable nivel de los estudiantes que ingresan a la Universidad. Cito apenas un pasaje de la carta de renuncia del profesor Cajarville: "Lamentablemente debo decir que (...) el nivel de la enseñanza ha descendido hasta tal punto que, salvo contadísimas excepciones de algunos estudiantes que por ventura aparecen, las clases deben necesariamente limitarse a una mecánica repetición de conceptos cada vez más elementales y los períodos de exámenes son ocasión de reiteradas y profundas decepciones. Si esto ocurriera sólo conmigo, pues entonces razón de más para renunciar. Lamentablemente, me consta que la misma comprobación la comparten muchos profesores de la casa".
Como suele decirse, Cajarville puso el dedo en la llaga y advirtió que se negaba en redondo a someterse a la ley del más burro, que es la que se aplica cada vez que el benevolente paternalismo de un profesor se inclina ante la ignorancia o la holgazanería de los educandos. Los síntomas que describe Cajarville parecen acertados. Sin embargo, sospecho que reduce el problema de la pésima formación de los estudiantes a un asunto interno de las instituciones educativas. El origen del mal residiría a su juicio en el descalabro de la enseñanza media, que habría puesto el listón para aprobar un curso a la altura de un zócalo.
Sin embargo, aunque tentador, es demasiado cómodo atribuirle todos los males a nuestras instituciones escolares, que son responsables de unos cuantos como para que además les endilguemos aquellos que no depende de ellas corregir y que, me parece, nos darían más pistas sobre la escasa disposición al estudio, cierta celebración de la ignorancia y el desprecio del conocimiento del que se ufanan muchos jóvenes. Esa "cultura de masas" de la que se nutren nuestros imberbes tiene más que ver con el mundo que está fuera de las aulas, con ese mundo que, por acción u omisión, hemos erigido entre todos. Si educar consiste en la preparación para la vida en común de los más jóvenes por los más viejos -una tarea bastante más vasta que la mera formación, aunque en las últimas décadas se haya confundido a una con la otra-, los adultos en general, y no sólo los docentes, somos responsables de la mala educación.
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No es que quiera transforme en abogado de nuestra enseñanza. Sólo me propongo advertir que, si de verdad estamos preocupados por el lamentable nivel académico de nuestros educandos, tal vez debamos reparar en aquellos valores, discursos y mensajes dominantes en la sociedad que contribuyen a llevar agua al molino de la ignorancia y a devaluar la importancia de ser una persona culta. Resulta, por tanto, hipócrita rasgarse las vestiduras por la decadencia de la educación e ignorar olímpicamente la atmósfera social y cultural en la que crecen nuestros hijos. La educación padece una hiperinflación de exigencias. La enmienda de casi todos los males gestados en la sociedad es sistemáticamente puesta en la ya extensa lista de deberes del sistema educativo.
Para empezar, resulta llamativo, por decir lo menos, que la legión de defensores de la corrección política imperante -esa que prescribe instalar a la juventud en el lugar de los santos inocentes-, no establezca siquiera una vaga relación entre esa absolución anticipada de la juventud y la cada vez menor exigencia académica de los docentes. Esa misma corrección política condenará por autoritario y/o reaccionario a quien sugiera que los educandos también tienen que poner "algo" de sí (aunque sea un poquito) para acceder al conocimiento. Por ejemplo, la disposición a someterse a la traumática experiencia de leer un libro o la dolorosa renuncia a un par de horas de televisión. Incluso el tal Cajarville no puede sustraerse a los vientos que soplan y se apresura a decretar la absolución de los estudiantes y estamparles el sello de "víctimas" del sistema educativo.
Salvo que se piense en el estudiante en términos de mero receptáculo pasivo de datos y conocimientos que los docentes deben llenar como se llena un tanque de gasolina, habrá que concluir que no es posible hacer recaer la tarea educativa exclusivamente en estos últimos. Sin embargo, los manuales de Instrucciones para el Adulto Moderno y Progresista no incluyen entre sus recomendaciones el recordarle a los jóvenes que el saber no es un producto que se compra hecho, como los i-Pod o los mp3, que el acceso al conocimiento depende en buena medida del propio esfuerzo y que casi nunca consiste en esa diversión en la que al parecer quieren convertirlo algunos pedagogos. Es posible que esta sensibilidad contemporánea, que ha convertido a los infantes y jóvenes en objeto de culto, mimo y veneración (y oportunidad para el desarrollo de un mercado específico) sea una comprensible reacción a cierta brutalidad y autoritarismo de un tiempo en el que se creía que la letra con sangre entraba. Ya no ocurre eso, afortunadamente. Pero ahora asistimos a la ilusión de que el aprendizaje puede ser una fiesta, con recompensas a fin de curso para los que cumplieron.
Este espanto frente al esfuerzo y el trabajo inherentes a la tarea de aprender tampoco debe incluirse entre las fallas del sistema educativo. Es propio del paradigma del consumo que se ha enseñoreado del paisaje cotidiano. Cuando la satisfacción inmediata de cualquier deseo o capricho está socialmente legitimada y ningún esfuerzo vale la pena si no trae consigo un beneficio instantáneo, es normal que los jóvenes también apliquen esos criterios al estudio. Pero acceder al conocimiento es un asunto arduo y complejo, duro por momentos, que lleva tiempo y paciencia y no hay ardides didácticos que pueden convertirlo en un quehacer divertido. Hay objetos de estudio que son complejos y sólo se los puede simplificar al precio de bastardearlos.
Tampoco viene a cuento escandalizarse ante el escaso amor por el conocimiento cuando el mensaje que se envía a los jóvenes es que éste es apenas un medio para procurarse bienestar material. La idea de que la educación debe ser tributaria de las demandas del mercado de trabajo ya forma parte del sentido común. Nadie la discute. ¿A qué fingir sorpresa entonces? Si ser una persona cultura no es un fin en sí mismo, sino que ha sido degradado a la categoría de mera herramienta, a un medio para fines ulteriores, nadie debería sorprenderse de que los estudiantes apelen a cualquier triquiñuela para superar algo que perciben como un incordiante peaje que hay que pagar para acceder al premio gordo. ¿Por qué no copiar durante un examen? ¿Por qué no estudiar en esos incomprensibles pero sencillos apuntes del vecino? ¿No se les ha dicho hasta el hartazgo que "no hay más remedio" que ir al liceo para que en el futuro se les abran las puertas del mercado de trabajo? ¿No se pone como loco el pater familias cuando escucha que sus hijos quieren estudiar antropología o literatura, que "¿me querés decir para qué carajo les van a servir en la vida?".
No hay con qué darle: nosotros mismos no estamos convencidos de que ser más cultos sea un fin en sí mismo y necesitamos encontrarle alguna utilidad a la comprensión de por qué el sol sale cada mañana o de por qué a Aristóteles se le ocurrió escribir su Etica (seguro que no tenía nada útil que hacer). Pero tal vez el conocimiento científico o la sensibilidad estética que nos permitirán comprender los misterios de la naturaleza y gozar de una pieza musical o de una buena novela no necesiten justificarse por su incierta utilidad. Útiles, lo que se dice útiles, no son. Y sin embargo nos humanizan, porque nos permiten salir de nuestra mera condición animal y a la postre nos pueden hacer mejores individuos y ciudadanos. ¿Habrá mejores razones para hacer el elogio de la educación?
A juzgar por lo que se ve y se oye, sí: hacer dinero. He aquí el gran mensaje, el gran señuelo con el que pretendemos seducir a nuestros adolescentes para que estudien: acceder al bienestar material. Pero las evidencias indican que hasta el más lerdo de nuestros adolescentes intuye que nadie se hace rico estudiando (a lo sumo podrá acceder a un puesto de trabajo que le permita sobrevivir¿ y a veces ni eso). Para tener dinero lo que hace falta son vínculos sociales adecuados, audacia, pocos escrúpulos, viveza, en fin nada que se pueda adquirir en la escuela o en el liceo.
El relativismo imperante en todo lo que concierne al estatus de lo verdadero y lo falso viene a completar un paisaje desolador que en nada contribuye a convencer a las personas de que en el estudio riguroso y sistemático se pueden hallar explicaciones para las perplejidades del presente o que ser más ilustrados puede ser una experiencia gozosa que contribuya a la autorrealización de las personas. Cuando me refiero a la verdad no estoy pensando en una verdad mayestática con artículo determinado, que pertenece más bien al reino de la teología. Ni imaginar una respuesta a la pregunta de qué es la verdad, sino, más modestamente, si podemos saber si algo es verdad. Si no podemos saberlo, entonces se comprende el escepticismo frente al estudio. Cuando una opinión o una creencia valen lo mismo que un razonamiento fundado, cuando la superstición es tan respetable como los criterios científicos, cuando se está convencido de que la razón vale tanto como "los sentimientos" o las intuiciones a la hora de laudar sobre la pertinencia de cualquier juicio científico o político o un charlatán goza de la misma atención en la televisión que un sabio y asistimos a la multiplicación de programas en los el mejor y el peor, lo bueno y lo malo o lo verdadero y lo falso se deciden por votación popular (como en Gran Hermano), la ignorancia puede terminar elevándose a sabiduría alternativa, tan válida como cualquier otra. Hay que avisar que en el terreno del conocimiento no rige la democracia plena, hay jerarquías. No vale lo mismo un saber contrastado (siempre revocable y provisorio naturalmente) que el palabrerío de un astrólogo.
Me parece propio de ciegos no darnos por enterados de que todos estos fenómenos de civilizada incultura a los que están sometidos nuestros jóvenes y adolescentes tienen mucho que ver con la desvalorización del conocimiento y la cultura en general. En ese contexto, el naufragio del empeño educativo no debería sorprender tanto. No dispongo de ninguna receta para superar el descalabro. Tampoco niego que las instituciones escolares tengan su cuota de responsabilidad y un importante papel que desempañar en la lucha contra la mediocridad cultural, pero no nos engañemos, la escasa seducción que ejerce sobre los jóvenes la perspectiva de convertirse en personas cultas y la lamentable nivel académico del que habla Cajarville no superarán con una nueva reforma progresista ni con el 45% del PBI para la educación. Las raíces de esas plagas están en otros lados, casi por todos lados.
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