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Inmigrantes en Estados Unidos: ¿sólo mano de obra barata?

Cortesía
Lionel Sosa, el empresario norteamericano qeu gastaría 100 millones de dólares en una campaña publicitaria para contrarrestar el discurso anti-inmigrantes de algunos candidatos a la Casa Blanca.

Jorge Barreiro
Montevideo, Uruguay

Nunca está demás recordar que el camino del infierno está plagado de buenas intenciones. De modo que conviene no fiarse del todo de los buenos propósitos que animan a los espíritus piadosos. Tal es el caso del empresario hispano Lionel Sosa (ver entrevista en Terra Magazine), quien está dispuesto a conseguir y gastar nada menos que 100 millones de dólares en una campaña publicitaria con el fin de contrarrestar la prédica anti-inmigrantes que difunden algunos candidatos a llegar a la Casa Blanca en 2009.

El discurso de Sosa es el típico de quienes se apuntan a las buenas causas por los motivos equivocados, con lo que perfectamente podría estar alimentando los argumentos que dice combatir. Se puede argüir, por ejemplo, que la Tierra es redonda porque así lo indica el conocimiento científico disponible, pero también porque un ángel se lo ha contado a uno en sueños. Sosa es de estos últimos: defiende a los inmigrantes latinos en Estados Unidos con argumentos más que dudosos.

El fenómeno de las migraciones en el mundo contemporáneo es sumamente complejo y no se presta a las simplificaciones que atraviesan el discurso de Sosa. La desigualdad propia del mundo globalizado en el que vivimos tiene sumergida a una parte de la humanidad en la más espantosa miseria. Para esos desheredados, la emigración a los países desarrollados representa una de las pocas oportunidades de salir de la penosa situación en la que se encuentran. Viene a constituir la posibilidad de encontrar un trabajo digno que les permita alimentar y educar a sus hijos.

Esto es tan cierto como que las sociedades opulentas a las que pretenden ingresar a cualquier precio no siempre están en condiciones de brindarles una esperanza a todos los potenciales emigrantes. Los sistemas de seguridad social de muchos países desarrollados colapsarían si tuvieran que hacerse cargo, por ejemplo, de los millones de africanos dispuestos a abandonar sus países. Esta tensión entre unos países ricos inclinados a erigir muros para detener la marea humana compuesta por los pobres del mundo y la disposición de estos últimos a poner en riesgo su propia vida para burlar fronteras y engañar guardias fronterizos no tiene, en mi opinión, una solución definitiva. No la tiene al menos mientras sigan reinando en los llamados países en vías de desarrollo unas condiciones económicas y sociales que impiden a millones forjarse un porvenir. Hasta tanto éstas sean las reglas de juego (y en términos biográficos lo seguirán siendo para muchísimos) siempre habrá candidatos a saltar muros, subirse como polizonte a un barco, falsificar pasaportes y violar todas las leyes vigentes con tal de conseguir un trabajo relativamente bien pago.

Ahora bien, a pesar de los evidentes problemas que supone la masificación de las migraciones en el mundo actual, ¿quién es capaz de argumentar que a esos desheredados no les asiste el derecho a buscarse la vida en otro país cuando en el propio no pueden acceder siquiera a las condiciones más elementales para sobrevivir? Y sobre todo, ¿cómo se puede negar ese derecho cuando en casi todos los demás ámbitos de la sociedad global en la que ya vivimos reina la más absoluta libertad de movimientos?

Las personas de carne y hueso, con sus miserias y esperanzas, son las únicas para las que no rige esa libertad irrestricta. Los capitales, las mercancías, las ideas, las modas, las tecnologías pueden desplazarse de una punta a la otra del planeta, gracias al fabuloso desarrollo de los medios de transporte y comunicación. He aquí uno de los grandes conflictos de nuestro tiempo: una economía y una sociedad globalizadas, que fluyen libremente, y una política y, por ende, una ciudadanía y unos derechos individuales sujetos al territorio nacional. Todas, absolutamente todas, las condiciones de vida a las que está sometido el individuo contemporáneo se han globalizado. Menos sus derechos, que siguen siendo limitadamente nacionales, atados al territorio.

En lugar de hablar de esta grotesca contradicción y de la orfandad de derechos que supone, Sosa prefiere defender a los emigrantes en nombre ¡¡de la buena salud de la economía estadounidense!! "El primer mensaje (de nuestra campaña) es la economía. Estamos preparando varios comerciales de televisión que van a ser claves para mostrar los beneficios económicos de la inmigración para la clase media estadounidense", dice Sosa muy suelto de cuerpo. De manera que aquí no estaría en juego el derecho de millones de personas a vivir dignamente, sino los beneficios para la economía de Estados Unidos. Una bonita manera de alimentar el egoísmo del ciudadano contemporáneo y de erosionar la causa que supuestamente defiende: la organización de la que Sosa es miembro se apresta a decirle a los estadounidenses que legalizar a millones de emigrantes latinoamericanos no es un acto de justicia (después de todo la mayoría ya está trabajando y contribuyendo a la generación de riqueza en ese país), sino que responde a una estricta operación de cálculo sobre beneficios y perjuicios. Si su presencia en Estados Unidos no supusiera ningún beneficio económico para la sociedad, Sosa recomendaría botarlos al mar o al desierto. Se trata de un punto de vista bastante lógico en quien es capaz de escribir una obra que lleva por título Piense y hágase rico, como si hacerse rico fuera un asunto de la voluntad.

Por si quedaran dudas acerca de por dónde va su "defensa" de los inmigrantes, Sosa recuerda que ellos "se encargan de realizar los trabajos que nadie quiere hacer, pero que son necesarios para que la economía siga creciendo. La verdad es que los necesitamos". Son "los que recogen nuestros tomates, procesan el pollo y la carne, quienes limpian nuestras oficinas, quienes construyen nuestras viviendas, quienes cuidan a nuestros niños, a nuestros ancianos: el estadounidense promedio se beneficia a través de estos servicios".

Eso, el próximo gobierno estadounidense debe legalizar a los indocumentados, porque la economía los necesita. Con "amigos" de los inmigrantes como Sosa, realmente no hay motivos para que tengan enemigos. No es que sea falso que los emigrantes hispanos realizan las tareas menos calificadas, duras, ingratas y peor pagas (esas que no quieren hacer los aborígenes). Tal cosa es estadísticamente verificable. Lo infame es proclamar a los cuatro vientos que ese es el destino al que deben estar abocados los emigrantes en Estados Unidos. Más aun, al parecer sería la condición para darles acogida. Si esa condición no se cumpliera, es decir, si los hispanos fueran mayoritariamente profesionales, técnicos o personas con elevada formación, ¿Sosa y su organización hubieran emprendido igualmente la millonaria campaña en cuestión?

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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