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AFP
Gary Medel festeja uno de los dos goles que marcó contra Bolivia para la selección chilena, ayer 15 de junio en La Paz.
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Felipe Bianchi Leiton
Santiago, Chile
Han pasado exactamente diez años desde la última vez que Chile estuvo en un Mundial. Junio de 1998, en Francia. ¿Se acuerda? Cómo no se va a acordar. Los dos goles de Salas ante Italia (el segundo tras ganarle arriba el cabezazo a un jovencísimo Cannavaro), los "piscinazos" del Murci Rojas, la camiseta verde -"de la mala suerte"- del arquero Tapia, el notable rendimiento de Zamorano pese a no hacer goles, France Football hablando del "milagro chileno", los enganches de Estay, la marca de Acuña, Villarroel y Parraguez, el impermeable de Acosta, la "marea roja" en Bordeaux, Nantes, Paris y Saint Ettienne, los cruces de Pedrote Reyes, las camisetas y los buzos horribles (¿tenían que ser tan feos?), los matinales de la tele saliendo en directo desde un baton mouche en la orilla del Sena, los platos de moules and frites para engañar al hambre, el hotel de la segunda ronda, al ladito de Versalles, los paseos del equipo por Notredame y la Torre Eiffel, los trenes llenos de gente de Rancagua, de Valparaíso, de Talca, de Iquique. Tantas cosas en la cabeza. Tanta alegría irrepetible. Literalmente.
Porque la última década ha sido horrible para la Selección y para los equipos chilenos. Sequía total en las clasificatoria, en la Copa América, en los torneos internacionales de clubes. OK, es cierto, en el 99 fuimos cuartos en la Copa América y el 2000 sacamos medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Sydney, ambas veces con Acosta a la cabeza, pero ese fue el punto final de una generación dorada. Como no se construyó nada, como no se elaboró nada, nada quedó. Y lo que vino después fue un desastre. En las eliminatorias del 2002 y 2006 dimos pena: no se clasificó al Mundial de Japón-Corea ni al de Alemania y el rendimiento de la Roja no superó el 31%, apenas por delante de Perú y Bolivia, los niños más malos del vecindario.
Creció mucho Ecuador, creció Venezuela, se mantuvo Colombia, subió como la espuma Paraguay, Uruguay algo digno hizo. ¿Y nosotros? Nada. Problemas disciplinarios, cambios de técnicos, proyectos débiles, de corto plazo, carentes de fondo: fracasos. Uno tras otro. En el ranking FIFA pasamos del lugar 9 (los sudamericanos mejor ubicados, tras Argentina y Brasil) al lugar 41. De un suácate. En la Copa América -torneo que no hemos ganado nunca- el rendimiento se empinó apenas sobre el 35%, sólo por encima de Bolivia, Ecuador y Venezuela.
A nivel de clubes, un dato decidor: en la Copa Libertadores, desde el 99 hasta acá, pasamos sólo una vez -¡una!- a cuartos de final. Fue el 2003, con el Cobreloa de Acosta, una vez más. Lo único rescatable, en toda la década, es el segundo puesto de Colo Colo en la Sudamericana del 2006. Punto. En las sub 15, sub 17 y sub 20, sumando los cinco Sudamericanos que se han jugado en estos diez años, sólo estamos por encima de Venezuela, Ecuador y Perú, aunque aún esté fresco el tercer puesto en el último mundial sub 20. Un optimista diría que hemos tenido buenas y malas. Pero las frías cifras, el nulo crecimiento y la debilidad de los planes echa esa mirada por tierra. La década, qué duda cabe, ha sido desastrosa.
Y para tratar de romper eso, justamente, es que ha venido Bielsa. Para hacer cambios. Para construir mentalidad. Para limpiar el escenario de indisciplinas. Para dar con una identidad, con un paladar futbolístico más definido y que cruce a todas las selecciones. Puede que le resulte. Lo de Toulón capaz que sea un signo. Y la victoria de ayer en Bolivia también. Pero no va a depender, como sostienen tantos, de que clasifiquemos al Mundial. Con un mísero 32% de rendimiento ya Chile va a haber hecho más que en los últimas dos clasificatorias. El tema es otro: sentar las bases de un desarrollo más rápido, más sólido, ojalá permanente. ¿Lo dejaremos, le daremos tiempo a Bielsa? ¿O vamos a seguir peleando y pidiendo más allá de lo posible?
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Terra Magazine
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