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AFP
El ex técnico del Colo Colo, Claudio Borghi. Para Felipe Bianchi Leiton, cometió el error de estar demasiado del lado de los jugadores en su lucha con los dirigentes.
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Felipe Bianchi Leiton
Santiago, Chile
El actual pasar de Colo Colo -desarmado, confundido, tibio- no es sólo la etapa lógica de declinación que sobreviene a la suma casi descuadrada de buenos momentos. Colo Colo está viviendo algo más que asistir a cómo se equipara la balanza: está pagando una a una las trabas que se autoimpuso. Partiendo por la salida de Borghi.
Nunca estuvo mejor como institución el equipo albo. Cargado de títulos, con muchos adherentes, sólido en tesorería, controlado desde adentro y desde afuera. Con la certeza absoluta de dónde va a parar cada peso, con un complejo deportivo para las divisiones inferiores y una excelente red de captación por todo Chile. Con un estadio refaccionado que pinta para moderno de aquí a muy poco. No parece tanto. Parece lo mínimo. Pero es mucho. Mucho para Colo Colo. Para las cosas a las que nos tenía acostumbrados Colo Colo: desorden, irresponsabilidad, mediocridad, pozos negros, "manotazos" inmisericordes a su caja fuerte.
Estamos viviendo, seguramente, el mejor capítulo de su historia. O al menos el mejor en mucho tiempo. Pero algo pasa que existe una sensación de farra. Los malos resultados tras la partida de Borghi y las razones de su alejamiento (conocidas y explicitadas finalmente: la pésima relación con los dirigentes del club) han puesto una luz de alerta sobre ciertas formas de trabajo que aportan poco. Y también sobre temas nunca resueltos que siguen enturbiando el ambiente.
Borghi, qué duda cabe, hizo muchas cosas buenas por Colo Colo. Le dio títulos, le devolvió la mística, le entregó un estilo claro y evidente, le hizo ganar plata, le devolvió una relación tibia y afectiva con los medios, lo llevó otra vez a tomarle la mano a su hinchada, deseosa siempre de victorias pero, sobretodo y como ha sido tradición, de un fútbol ofensivo, jugado, respetuoso de las formas. El fútbol de Borghi. Se equivocó también en varias cosas, el Bichi. Hay que ser justo. No fue capaz nunca de escuchar, o de poner en su justa medida la crítica que llegaba en "buena onda". Todos lo seguían en todo o derechamente eran sus enemigos. Y así no hay diálogo posible. Digo: perdió mucho tiempo y mucha fuerza en peleas que, o bien resultaban estériles, o bien no eran peleas. Vio enemigos donde no los había. Y eso terminó por dejarlo casi solo. Fue, también, demasiado "futbolista". Demasiado pro jugador, permitiendo cosas que no debió permitir en el plantel en términos de comportamiento y tomando partido siempre por ellos en su lucha con los dirigentes. Cada vez que se discutió por los premios, por los tiempos, por las reglas, Borghi estuvo con los jugadores. Lejos de calmar las aguas, las remeció frecuentemente y eso no es justo ni inteligente: sólo le reportó enemigos y malestar en la sala de máquinas.
De todos modos, su partida abrupta es una derrota para quienes manejan el club. Por el corte abrupto y porque dejó en claro que, pese a lo anunciado mil veces, no había plan B. Se fue y no quedó otra que recurrir a Astengo, que estaba ahí, que estaba mirando, que estaba cerquita, pero que no tenía por qué tomar ese fierro caliente. Un equipo sin plan B es un equipo en riesgo. Siempre. Y Colo Colo lo está viviendo. Peor aún, tiene varios focos complejos todavía no resueltos. La venta de jugadores, por ejemplo. Todo indica que vendió muy luego a una generación que, a todas luces, le podría haber dado muchos más dividendos al club. En la asistencia a los estadios y en la participación en torneo internacionales. Tras llegar a la final de la Copa Sudamericana (cosa que pudo repetirse perfectamente un par de veces más de haber mantenido la base), de inmediato se fueron Alexis Sánchez, Matías Fernández, Arturo Vidal, Humberto Suazo, el arquero Cejas... Un poquito antes se había ido Jorge Valdivia. Poco después llegó -y se fue- Hernández. Hoy no están y todos triunfan en otras partes. De hecho valen más que lo valían cuando partieron. Mal negocio. Se gastó todo muy luego.
En la otra vereda, en materia de contrataciones, la cosa es aún más caótica. Los que llegaron casi nunca rindieron y varios incluso no jugaron. Siempre fue así, en los últimos tres años. Y eso habla de problemas en la estructura encargada de comprar jugadores. Errores, desconocimientos, equivocaciones. Algo se está haciendo mal, sin duda. No pueden ser casualidad Mansilla, Wirth, Cabión, los paraguayos Jiménez y Velásquez, Carucha Fernández, Bieler, los colombianos Caliche Salazar y el Tigrito Castillo, Moya, Millar, Cereceda, Chapita Fuenzalida, Chucky González. Más allá de los gustos personales, es un hecho que la mayoría de los refuerzos albos en estos últimos años llegan y juegan mal. O peor aún: no juegan. Ventajas para el resto y una pésima señal hacia el mercado.
Aparte, persiste una sombra de duda respecto del rol en esa materia de ex colaboradores cercanos del ex presidente Dragicevic: Luis Baquedano y Jorge Vergara. ¿Por qué siguen en el club? ¿Hasta dónde participan? Entre las razones dadas por Borghi para partir está su pésima relación con Baquedano, vicepresidente del club en la etapa anterior, en la etapa más negra, al momento de la quiebra. ¿Es verdad, por ejemplo, que Jorge Vergara participó directamente en la llegada de los colombianos Salazar y Castillo? Blanco y Negro nunca lo ha aclarado. Como no ha aclarado la relación con la barra. ¿Quién manda? ¿Hasta dónde llegan? ¿Cuántas entradas se les dan? ¿A quiénes? Y sobre todo, ¿quién frena la ya antigua lucha de poder en el seno de la Garra Blanca? Ha habido ya mucha pelea, mucho incidente dentro y fuera del estadio porque se disputan el mando al menos seis facciones que se odian. ¿Y los dirigentes? Nada. Se hacen los tontos. Lo niegan. Eso tampoco ayuda.
Colo Colo tienen hoy la gran opción de ser grande de verdad. Grande como nunca ha sido. Grande donde vale: en las estructuras, en las arcas, en las bases institucionales. No se puede farrear. Y se lo está farreando.
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Terra Magazine
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