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El estadio de Universidad de Chile, un sueño postergado

AFP
Hinchas de la U de Chile protestan el 25 de julio de 2007, día en que dos empresarios -el chileno Carlos Heller y el mexicano Octavio Colmenares- adquirieron la institución en algo más de seis millones de dólares.

Felipe Bianchi Leiton
Santiago, Chile

Universidad de Chile, el segundo equipo más popular del país, el segundo con más títulos, el que seguramente -para rabia de los colocolinos- tiene la hinchada más fiel y más llamativa, lo que no tiene es estadio. Nunca lo tuvo. Y lo que es peor, no quiere tenerlo. Los hinchas sí, pero de acuerdo a lo que han declarado ésta semana sus dirigentes, no es prioridad para el club. Les interesa lo inmediato -ganar torneos y vender jugadores- más que lo permanente. Infraestructura no es palabra de uso frecuente en la dirección de Azul-Azul. Les basta con seguir arrendando el Estadio Nacional, lo cual para muchos -me incluyo- resulta inaceptable. Más aún si se toma en cuenta la enorme ventaja que ya le sacaron en esos ámbitos sus principales rivales, Universidad Católica y Colo Colo.

No es que un club no pueda arrendar un estadio: puede. No es que un club esté obligado a tener estadio propio: a veces es imposible. El problema de los azules es que necesitan ese estadio más que nadie en el mundo. Hoy juegan en un reducto que no fue pensado ni hecho para ellos, que no es usado exclusivamente por ellos y sobre el cual no tienen control alguno, con todos los inconvenientes que eso supone. Con todo lo denigrante que eso resulta.

Cuando la gente reclama por la falta de un estadio de la U, cuando se enoja por la falta de ambición de los universitarios, de inmediato aparecen los que creen que se las saben todas pero en el fondo son los más lesos. Fáciles de reconocer porque siempre sacan la misma carta, dicen que hay suficientes ejemplos que certifican que da lo mismo no tener estadio. Que hay muchos clubes grandes que no tienen estadio. En la capital italiana, la Roma y la Lazio juegan en el Olímpico; no tienen "casa propia". El Inter y el Milán juegan, ambos, en el Giusseppe Meazza. Y en Munich, el Bayern y el Munich 1860 se reparten el Olímpico... Lo que en realidad es mentira desde el 2006, cuando se construyó el Allianz Arena.

En el fondo, la lógica detrás de esa defensa del "no-estadio" es facilista, peregrina, errática y mentirosa. Son pésimos ejemplos. De partida, en el mundo son contados con los dedos de una mano los equipos "grandes" que no tienen estadio propio. Es feo. Malo. Peligroso. No se usa. Que el segundo equipo de un país no tenga estadio siempre es una vergüenza y en rigor no pasa casi nunca. No pasa en Argentina ni en Brasil ni en Perú ni en Colombia ni en México ni en Ecuador ni en Paraguay ni en España.

¿Roma, Milán y Munich? No hay cómo comparar. Porque el punto no es si son o no son dueños del recinto donde juegan, sino el control que tienen sobre la cancha. Dígame: ¿cuántas veces ha visto usted a la Roma o a la Lazio o al Inter o al Milán haciendo de local en otra ciudad que no sea la suya? ¿Una? ¿Dos? No. Ninguna. Nunca. Jamás en su historia. Cero. Siempre son locales donde mismo, una semana cada uno. Siempre manejan ellos mismos el calendario de los eventos que hay en el recinto. Son concesionarios ad-eternum, no arrendatarios. Por eso hay seguridad, por eso la cancha siempre está perfecta, por eso deciden qué, cómo y cuándo. Y eso es muy distinto, terriblemente distinto, a lo que le pasa a la U con el Nacional.

Universidad de Chile, por arrendar en Ñuñoa, está sometida a la lotería de los recitales, los dias del niño, las fiesta de Navidad, los cumpleaños del gobierno, las competencias atléticas, los festivales de colegio, los concursos de barras y otra decena de "eventos" con los que comparte su hogar. Por eso este año ya lleva varias fechas jugando como local en estadios distintos. A veces arrienda el Nacional, pero a veces también juega en el Santa Laura, en el Monumental -la patria de su máximo enemigo- en Valparaíso o en Viña. Es increíble. Van de lado en lado. Por su falta de estadio, la U es hace rato una institución mendigante, permanentemente en desventaja. Insegura. Malhumorada. Triste. Sin casa. Sin nada propio, pese a que tuvo tanto en algún momento.

Impedida de hacer planes, de cerrar fechas, de hacer cálculos. ¿Cuánto recaudará la U este mes? ¿Cómo saca la cuenta? ¿Con los que caben en el Nacional o los que van a ir a Valparaíso? No hay cómo hacer un presupuesto normal en esas condiciones. Pero lo más grave de todo es que no hay cómo imaginarse el futuro. Pregúntele a la gente de la U qué prefiere: ¿ganar una copa internacional, ser bicampeones chilenos o tener un lugar donde caerse muertos? Más del 90% de los hinchas prefieren el estadio propio. Entre otras cosas -mire usted- porque es lo normal, lo obvio, lo necesario para cualquier club. Sin estadio nadie puede pensar, de verdad, en ser grande. La casa propia, el viejo sueño de la clase media, no es una posibilidad en este caso. Es una obligación. Y no puede pasar tan colado que nadie quiera asumirla. Ni tanto tiempo sin que nadie trate de hacer historia. De construir historia.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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