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AFP
El habilidoso chileno Alexis Sánchez, hoy jugando en River Plate de Argentina.
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Felipe Bianchi Leiton
Santiago, Chile
Puede que el fútbol chileno haya mejorado bastante, en términos de profesionalismo, desde que llegaron las Sociedades Anónimas, desde que Mayne Nicholls volvió a ponernos en el calendario internacional (al menos en el de los amistosos) y desde que Marcelo Bielsa es el técnico de la selección. Puede, pero mientras sigan sin arreglar Santa Laura, mientras Universidad de Chile, Audax y Palestino sigan sin tener estadio que les permita hacer siempre de local, mientras Deportes Concepción persista, todos los años, en incumplir las normas mínimas del profesionalismo, mientras los castigos a los jugadores chantas no se cumplan, mientras haya tantos equipos en Primera División y se jueguen partidos oficiales con menos de mil personas en las tribunas, mientras el CDF no muestre a tiempo todos los goles, mientras se vuelva a chutear hacia delante el tema de las barras bravas -que todavía hacen y deshacen sin contrapeso-, mientras todo eso pase, bien poco habremos avanzado en realidad.
Puede que Alexis Sánchez ya se haya ganado a la hinchada de River, puede que los tenga a todos locos con sus amagues y su atrevimiento, puede que sea el mejor delantero del torneo argentino en estos momentos, puede que ya tenga hasta un par de noviecitas blondas que se contornean en algún teatro de la calle porteña Corrientes, puede que al salir y al entrar a la cancha le griten ¿shileno¿. Es posible, pero, seamos serios: aún está a años luz de ser lo que fue Marcelo Salas en la banda sangre y en Buenos Aires. Por favor dejen de compararlo. No lo apuren tanto, no lo exijan tanto y no lo agranden tanto. No vaya a ser que lo mareen antes de tiempo.
Puede que el Showbol sea un invento hecho sólo para seguir recaudando. Puede que tenga poco de bol y mucho de show. Puede que Maradona sea ya hace rato un remedo y un fantasma. Pero por Dios que es entretenido el jueguito que acaba de visitar Chile. No sólo por la dinámica y el ritmo permanente, sino por esa cosa medio de barrio y medio de sueños que tiene ver ahí, a dos metros de uno, moviendo todavía las piernas, haciendo todavía un par de gracias, y jugando algo parecido a lo que jugamos todos una vez a la semana, a los tipos que admiramos cuando éramos jóvenes. Eso no es poco. Es mucho. Y por eso se llenan los estadios.
Puede que el Club Deportivo de la Universidad Católica haya ganado mucha plata con la venta de Santa Rosa. Puede que haya sido hasta un buen negocio. Aunque incluso eso está en duda. Puede que haya cada día más rubiecitos corriendo por San Carlos. O por lo patios de la Universidad, allá en San Joaquín o en la Casa Central. Pero la Universidad Católica cada día es menos universal y menos católica. Y eso es grave, triste. Cada día se aleja más de la misión encomendada por sus fundadores. Una misión inclusiva en vez de exclusiva. Incluyente en vez de excluyente. Popular en vez de sectaria. En algún recodo del camino la UC entera dejó de ser lo que era para convertirse en un club agresivo, siútico (snob) y muy poco cristiano. Y puede que sea eso, justamente eso, sea lo que ha frenado su crecimiento.
Puede que Sebastián Pinto sienta que su destino está escrito con letras de molde. Pueda que sea un buen jugador. Puede que no haya leído muchos libros y no se entere todavía de lo que es y lo que fue el Santos de Brasil. Pero nada lo libera de haber cometido el imperdonable error que cometió al llegar a Sao Paulo. Sin haberle ganado a nadie todavía, sin que nadie lo conociera, sin siquiera haber sido pedido por el técnico del club, sin llegarle a los talones a buena parte del plantel actual y para que decir al de los sesentas y setentas, Pinto se dio el lujo de señalar que llegaba al Santos pensando que era "sólo un escalón", porque su verdadero objetivo era jugar en Europa. Desubicado. Mal educado. Lo que se dice entrar con el pie izquierdo. Y después los jugadores chilenos preguntan porqué les va mal afuera.
Puede que Arturo Salah sienta que de alguna manera está protegiendo a los técnicos de juveniles al decir que los jugadores de 18 y 19 años no están todavía como para jugar en Primera División. Puede que, personalmente, haya tenido malas experiencias. Pero está equivocado. No sólo hay muchos ejemplos en contrario (Salas, Sánchez, Elías), sino que una de las grandes taras de nuestro fútbol es justamente esa: seguir creyendo que un tipo de 18 años -que se puede casar, que puede ir a la guerra, que puede votar- aún es un niño. Por favor. Pelé, a esa edad, ya era campeón del mundo. Messi, a esa edad, ya jugaba en el Barcelona. Todos, a esa edad, ya éramos más o menos lo que somos. Porque si a esa edad todavía no eres, lo más probable es que no seas nunca.
Puede que los periodistas chilenos seamos mediocres. Seguramente. Puede que algunos sean derechamente mal educados. O camorreros. Es cierto. Pero Claudio Borghi, el técnico de Colo Colo, no tiene derecho a "elegir", por si mismo, como si se mandara solo, hablar con la prensa solamente un día a la semana. No corresponde, no está dentro de sus facultades. Es la cara de Colo Colo no sólo hacia los hinchadores reporteros, sino también, y principalmente, hacia el público. Y hacia los socios y accionistas del club. Hacia los que pagan su entrada y, por ende, su sueldo. Debe estar dispuesto a informar siempre que se lo pidan. Es su rol, su obligación. No está dentro de sus opciones, como empleado, guardar silencio. Permitirle que lo haga sería un grave error de los dirigentes de Blanco y Negro. Una perdida total de proporciones. Sería lo mismo que un día todos los periodistas deportivos chilenos decidiéramos dejar de cubrir el torneo local por fome, por mediocre y por malo. Y sólo informáramos de la Champion League. Seguramente los jefes nos echarían. Por desubicados.
Terra Magazine