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Guía exclusiva para un recorrido inolvidable por las calles de París

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Vista de la Isle de la Cité desde el Pont des Arts. Para nuestro columnista, la mejor imagen que podemos obtener de París.

Antonio Morales Riveira
París, Francia

He estado tantas veces en París y ella ha estado tantas veces en mí. He vivido tanto entre los pliegues de sus rocas de señora madura, entre las sombras de su piel y las luces de sus cavernas esotéricas, que tratar de contar cómo han sido nuestros amores y nuestras distancias es un ejercicio de vaivén en el cual yo le escribo y ella me responde. Epistolar París que obliga a ser narrada, contada, una y otra vez vista por todos los ojos, gustada, olida, lamida, oida¿

Nuestros amores empezaron hace 47 años cuando ella ya tenía 2.300 años y yo apenas seis. Antes de conocerla la presentía en las historias que me contaban, en sus fotografías. En 1960 nos encontramos por primera vez. Ella me estaba esperando -como a tantos otros- para seducir a ese niño con sus juegos de magia, su Torre Eiffel, sus vitrinas y escaparates llenos de juguetes en aquel invierno. Ya la quería.

La volví a ver cuando le llegué montado de adolescente, jinete lleno de deseos. Y ella me acogió y me dejó amarla en cada cara, en cada cuerpo con quien me inmolé en el profano umbral del Bar Dix. Regresé a ella en medio de la juventud, convencido de que me iría de fiesta con la vieja dama. Si, nos desparramamos en los bares, en los jardines, ella me hizo el amor, pero igual me enseñó sobre la fragilidad de las pasiones, la impertetencia de las dependencias y generó en mí los primeros aluviones de escepticismo. "Quiéreme todo lo que puedas, pero no se te ocurra poseerme" me dijo. Ella, única amante que es al mismo tiempo vela y catedral, bar y besos, cena y Sena.

Pero esa es la historia de otros tiempos, de otros amores. Ahora que la he vuelto a ver y que ya no la siento como una esperanza sino como una permanencia, ella me ha revelado algunos de sus secretos de máma urbana que me permiten proponerles esta guía personal de un día de verano.

Usted se acuesta tarde y antes de irse a la cama, saca las dos sábanas que ha dejado en la nevera. Tiende la cama y se instala a repasar el día entre las dos heladas láminas de algodón que se van calentando, pero ya cuando su sudor las haya empapado, para entonces usted estará durmiendo. Si no logra conciliar el sueño, ponga una colchoneta enfrente a la nevera, abra el congelador y descanse. Lo recomienda el escritor Oscar Collazos que sabe de todos los calores. Todo ello porque en París no hay aire acondicionado y los ventiladores están agotados. Usted se levanta temprano (¿ocho de la mañana?), y si fuma, hágalo debajo de la ducha. Luego acomódese sus zapatos de siete leguas, vaya al café de la esquina (ojalá sea el Dantón en la esquina del metro Odeón) y pida un café crema, dos croissants y un pan de chocolate. Usted no está sólo. Usted nunca debe estar sólo en París pues la ciudad lo puede estrangular. Ustedes deciden no ir a museos. Es la mejor manera de no conocer París. ¿Para qué, en una ciudad que es todo un museo? Ustedes deciden no tomar el "open tour" en buses de dos pisos. Desde allí solo se ven los primeros pisos de París donde, por pudor, nunca pasa nada.

Deciden, más bien, dejarse ir por cualquier calle de la rivera derecha o izquierda hacia el Sena. Una vez ante las aguas verdosas del rio, ustedes recorren los muelles de arriba hacia abajo. En un momento dado se encontrarán con el Pont des Arts. Encarámense en él, y miren hacia la isla de la Cité. No hay mejor imagen de París que esa. Tal vez las espaldas de la catedral de Notre Dame desde el Pont de la Tournelle. Ustedes bajan hacia la punta oeste de la isla. Unos pescadores sacan anguilas del Sena. Una buena media hora en medio del río viendo pasar barquitos y ¡opss! ¡A Caminar! Derivan por los muelles en el costado derecho dirección este, hasta encontrar la entrada al canal del Arsenal. No duden en pasar bajo el puente de la línea cinco del metro para poder encontrar el pequeño puerto de París. Suban por los muelles entre "péniches" y yates hasta la Bastilla. Una vez allí el ronroneo del estómago implica la decisión de buscar donde almorzar. Si toman la Rue Sanit Antoine pasarán frente a la magnífica iglesia barroca de Saint Paul hasta encontrar la calle Vielle du Temple. Trescientos metros en ella y ya están en la puerta del restaurante "Gamín de París". Un combo de travestis les acogerá. Las mejores pechugas de pato les esperan.

Ya entrada la tarde basta derivar hacia el barrio Latino y perderse por las calles en torno al Panteón. Seguramente se encontrarán con la calle Moufetard. Recórranla varias veces (de pronto pasa Dustin Hoffman) hasta tomarle el pulso a uno de los pocos lugares de París que no sufrieron el trazado de los grandes bulevares. Es tiempo de ir a tomar el aperitivo. Más allá de Saint Germain des Pres (deténganse en la iglesia pues de pronto sin saberlo ustedes pudieron ser parte de una conspiración esotérica que se dió allí en el siglo XVII y seguramente la iglesia les recordará todo) está la calle du Four. Sigan, sigan hasta encontrar la Rue des Canettes. En el barcito "Chez Georges", sirven vinos a precios de antaño y unos seres venidos directamente de mayo del 68, revenidos y con canas, pueden estar hablando de una revolución negociada. Una vez puestos los vinos en la cabeza, sigan al este hacia la calle Monsieur Le Prince. Allí encontrarán el restaurante Polidor, donde Julio Cortazar dejó buena parte del dinero que ganó con Rayuela. Todo es delicioso, pero la sopa de lentejas con foie gras conduce irremediablemente a una serie de orgasmos bucofaríngeos. Empachados como están, al salir del Polidor busquen el camino hacia el barrio de Saint Michel. En la calle Xavier Privás (ahí cerquita) se encuentra el bar "Esmeralda". Allí el argelino Chabanne les servirá los mejores Margaritas de París. Sin agüero emborránchense al son de la salsa que dejó la ex mujer de Chabanne, una colombiana de Cali que huyó de él y de París pero que dejó el bar para dicha de nosotros los melancólicos de Juanchito. Seguramente un escritor colombiano ladeado de tequilas y ausencias les dirá: "Nuevamente ruedas por las aguas del Sena, te veo en los picos de las estatuas, en las cúpulas de las catedrales, en las espumas de las cervezas, en mis propios pasos, esos que doy hacia atrás para reconocer las trazas de alguien que camina; tu, mi soledad."

Dando trompicones tomen el metro 4 en dirección Porte de Clignancourt. A esa hora (¿cual?) seguramente verán a una muchacha estival con una minifalda estampada llena de pequeñisimas fotografias del Che, al revés. Cuando bajen del vagón en la estación Les Halles, al caminar unos metros y voltear a mirar el tren que se va, ella estará en la ventana mandándoles besos con manos y boca. Tomen la salida de la iglesia de Saint Eustache y caminen hacia el norte por la Rue Montorgueil. París en pleno les llenará la boca de palabras y las manos de flores amarillas, siemprevivas. Seguramente un negro de Senegal los condecorará con una lata de gaseosa sólo porque ustedes son unos "bacanes". Por esa calle las parejas francesas los mirarán (ustedes tiene cara de latinos) y se quedarán explicándose entre ellos como es que somos nosotros. Sigan, sigan hacia el norte hasta llegar a la Plaza Pigalle. Ahí de frente, está el cielo. Se llama "Aux noctambules" o sea, donde los noctámbulos. En ese templo de la decadencia, en ese ancla con el pasado Parísino, encontrarán entre otras cosas lo siguiente: los travestis de la Costa de Marfil que trabajan como femmes de ménage en lo de Graciela y Cecilia.Un hombre enorme con enorme abrigo, con un pequeña caja con dos bizcochos y la desproporción entre su fuerza bruta y su inteligente ternura. Un crossover decadente y arcaico. Un perfume muy viejo, añejo por él, y aun más antiguo sobre la piel de Dominique. La vieja puta que entra para bailar a solas con los clientes de su imaginacion. Y la joven puta que se contornea lasciva, tocando sus frutos expuestos para la venta en el mercado de la noche. Transparentes todos y transparentados por la noche. Pieles ya sin color, no albinas, no sin melanina, sino con el tono sombrío de los lémures. La imagen de ustedes en el espejo del porvenir de la noche. Un submarino de ron en Champagne.

Saldrán de allí llenos de la música de Pierra Carré -que si fuera colombiano tocaría vallenatos en el Rodadero-, saldrán entre el éxtasis y el desbarate, felices de haber reído al mismo tiempo en castellano y francés. Tomarán el primer metro (cinco y media de la mañana) y entre otras cosas verán a esa pareja que alelada se ama. Y luego otra que debate suave pero dolorosamente su desentendimiento. De todos modos, serán la misma pareja, sólo que habrán pasado los meses suficientes para que aparezca el desamor. Verán a ese hombre que se toca los zapatos para ver que tan mojados están. Ella, en la silla al frente, verá lo que él hace, no lo mirará a la cara, pero también se tocará sus chanclas. ¡Habrán hablado! Y verán también los sueños que brincan estaciones, los de los proletarios inmigrantes. Esa gente que viene del trabajo con la piel oscura de las fábricas. ¿Quién los espera en casa? ¿La vida?

No habrán tenido tiempo de sentir el espíritu del cementerio de Père Lachaise ni de ver la gran escultura de la Convencion en el Panteón, con la izquierda y la derecha, la burguesía y el pueblo y en el medio "vivre ou mourir". Nadie les habrá dicho que "tu n'es plus rien qu'un déja vu", pero en ese metro sentirán que si la historia suda piedras y agua mineral, es agosto en París. A la bajada del metro de cualquier panadería saldrá ese sonido raro como las cavas: el canto que hace el pan horneado cuando se empieza a enfriar. Seguirán y verán las playas de París y tratando de retomar la memoria refundida en la bacanal anterior, creerán, como tantos, haber visto la otra noche los ojos rojos de varios caimanes en el Sena. Pero no, al terminar París, el día, la noche y la rumba, solo quedará el canto de un mirlo en el jardín del 22 de la Rue Lecourbe.

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