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Álvaro Uribe piensa en su reelección para el 2010

AP
A pesar del desempleo, la pobreza y la gran cantidad de congresistas presos por paramilitarismo, todo indica que Álvaro Uribe intentará su reelección.

Antonio Morales Riveira
Bogotá, Colombia

En Colombia la segunda reelección del presidente Alvaro Uribe Vélez necesariamente debe pasar por una nueva violación de las normas constitucionales, un reacomodamiento politiquero de las huestes del primer mandatario y, desde luego, una elección en el 2010 en la cual sea capaz de vencer a una oposición seguramente unida por lo menos en la segunda vuelta.

El tema está de moda en el país no precisamente porque Uribe haya sido claro en sus renovadas ambiciones para eternizarse en el poder, sino justamente por su negativa a dejar ver y concretar honestamente sus veladas pero al tiempo evidentes intenciones de atornillarse por mucho tiempo más al solio de Bolívar.

Es claro que un mandatario que llegó al poder en el 2002 y decidió seguir hasta hoy en campaña electoral (aprovechando la visibilidad que le da el hecho de ser el presidente más publicitado y mediatizado de la historia colombiana, apoyado por todos los medios de comunicación de manera unánime y apuntalado por unas encuestas manipuladas en su diseño y en su aplicación que le dan hasta un 84% de supuesta favorabilidad), lo hizo porque su "doctrina" es de largo aliento. Porque para llevar a cabo su proyecto de tierra arrasada contra la guerrilla y de extremo neoliberalismo no le alcanza un periodo normal de cuatro años, ni de ocho, y de repente ni siquiera de doce o dieciséis. De pronto no le alcanza ni la democracia representativa, ni las leyes y mucho menos una Constitución que sabe reformar o desbaratar con la ayuda de sus mayorías parlamentarias, hoy fraccionadas y ansiosas de poner nuevas figuras en la palestra de los presidenciables.

A Uribe, quien viera morir a su padre en manos de las FARC, sólo le interesa la venganza. Ese es el verdadero trasfondo de su "doctrina", de extrema derecha. Y aun cuando ha avanzado en esa lucha en la cual lo acompañan las mayorías del país, está claro que no era tan fácil derrotar a la guerrilla como lo planteó hace seis años. Y por eso su estrategia reeleccionista rebasa dos períodos y ahora tiene la mira puesta en hacerse reelegir en 2010. Y si en el 2014 (como es bien probable) no logra acabar con las FARC o por lo menos sentarlas en una mesa de negociación en la cual la balanza lo favorezca, sería capaz de dejarse tentar por la posibilidad de una reelección ilimitada hasta que acabe con las FARC pero al mismo tiempo muy rápidamente con la democracia y a la postre con la legalidad entera y el país en ella.

Sería pues el primer monarca "constitucional" del país, el primer dictador civil proveniente de Antioquia. Y nada le importaría apoyado en su virtual favorabilidad. Históricamente, resulta una perogrullada decir que la venganza no tiene límites. Pero en seis años hemos visto que Uribe no tiene límites para brincarse la legalidad. Si no, basta ver cómo los ex representantes Yidis Medina y Teodolindo Avenadano están en la cárcel, acusados de haberse dejado comprar con dinero y prebendas por ministros y otros altos funcionarios, para aprobar la primera reelección en el Congreso en el 2005. Sus votos espúreos fueron definitivos para reformar la Constitución y permitir la consolidación de la "doctrina" uribista.

Hace unos meses, el presidente Uribe dijo que solamente se haría reelegir (a las buenas o a las malas) en el caso de que sobreviniera una "hecatombe". No había terminado de decirlo cuando ya el debate semántico estaba instalado en el país. Colombia ha sido, para su desgracia, un país de eruditos, de grandes vuelos retóricos. Y en esta oportunidad los especuladores y encantadores de serpientes volvieron a salir a la plaza pública: qué hecatombe sería una ofensiva de las FARC, qué hecatombe sería una crisis política, qué la habría también si no hay una claro sucesor del Mesías, que una hecatombe podría ser incluso un probable triunfo de la izquierda democrática, una catástrofe natural, una derrota de la selección de fútbol, una nota mal dada por el cantante Juanes. En fin. Qué hecatombe, en últimas es todo: una cuarta parte de los congresistas en la cárcel por paramilitarismo, el crecimiento de nuevos paramilitares, el descenso del crecimiento económico, el desempleo, la crisis de las clases bajas, la extrema pobreza, muestras variadas de todo lo que ha hecho o dejado de hacer Uribe para, precisamente, darnos la sensación de que vivimos tiempos de hecatombe, tiempos uribistas que sólo se solucionan con más de lo mismo, con Uribe hasta la eternidad, hasta la disolución final, hasta el Apocalipsis, porque sólo Uribe nos salvará del Juicio Final.

La vaguedad del término utilizado, o más bien de su interpretación por los escolásticos del régimen, y la vaguedad del propio Uribe, que no dice sí pero tampoco dice no, se suman para crear este clima reelectoral en el cual el país y el propio gobierno se desgastan, dándonos a cuenta gotas una indecisión que es parte de la estrategia propagandística de Uribe para hacerse ver como indispensable, como el único salvador, en un país donde los ricos se sienten cada vez más a gusto y los pobres más menesterosos.

Mientras tanto, miles de empleados de partidos uribistas ya recogen firmas en las calles para lo que se vaya necesitando, un referéndum, un plebiscito, una reformita constitucional... Pero al interior del uribismo mismo las cosas no son tan gratas para el Supremo. Por lo menos tres de sus más estrechos colaboradores hacen fila para sucederlo. Juan Manuel Santos, ministro de Defensa exitoso por sus batallas ganadas a las FARC, a quien Uribe ya ve como un contendor que hay que aplacar; su primo, Francisco Santos, vicepresidente y natural sucesor de Uribe; y Germán Vargas Lleras, jefe del partido Cambio Radical, que acaba de renunciar a su curul de Senador, no propiamente para "estudiar en el exterior", como lo ha dicho, sino para empezar a dar la batalla entre los uribistas. Pero todos ellos chocan con el silencio a voces de Uribe. Ello ha causado ya divergencias y escisiones en los partidos uribistas en el Congreso, ya diezmados por sus decenas de congresistas presos, acusados de ser cómplices de los "paracos". De tal modo que seguramente Uribe tendrá un exótico plan B en el caso de que no le quede facil comprar su reelección en el Parlamento. Ya aparecerán Yidis o Teodolindos, o cosas similares, para seguir desarrollando su "vocación inquebrantable de servicio a la patria".

Uribe aspira a ser reelegido. Y en algún momento lo confirmará. Una segunda reelección de Uribe le haría un enorme daño a la democracia colombiana y abriría aun más la puerta del autoritarismo y el unanimismo. Y lo que es peor, dejaría los batientes de par en par para que se instale en Colombia esa "doctrina" cuasi totalitaria de inventarse en cada coyuntura una salida para nunca dejar el poder. Con la mampara del sagrado derecho a la venganza. El país, sin duda, no quiere a las FARC. ¿Pero quiere un poder omnímodo y prolongado, salpicado de paramilitarismo y mafia?

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