Terra
Terra
 
 

Terra Magazine

› Terra Magazine › Columnistas › Antonio Morales

Muerte de Tirofijo no garantiza un cambio en las FARC

Reproducción
Alfonso Cano, nuevo comandante de las FARC luego del deceso de Manuel Marulanda Vélez.

Antonio Morales Riveira
Bogotá, Colombia

Algún día la noticia tantas veces publicada tenía que ser cierta: Manuel Marulanda Vélez, fundador y comandante supremo de las FARC, está muerto. Tantas veces lo mataron, siempre de muerte violenta, tantas veces fue "dado de baja", que un cierto aura de permanencia circundaba la figura del jefe guerrillero. Tanto que su biografía autorizada, escrita por el fallecido escritor Arturo Alape, justamente se llama Las muertes de Tirofijo. Pero hoy, tras conocerse y confirmarse por las propias FARC que el hombre que marcó casi cinco décadas de la vida política y la muerte en Colombia ha fallecido, sabemos que Tirofijo descansa en guerra. La que la oligarquía y la guerrilla le siguen dejando como herencia a un país herido que aún no sabe cómo terminar el ciclo atroz de la violencia.

Pero como todo adversario muerto debe dejar réditos publicitarios y electorales, el ministro de Defensa Juan Manuel Santos no sólo le dio la "exclusiva" a la revista Semana provocando el mal genio de su jefe, el presidente Alvaro Uribe, que hubiera querido protagonizar tamaña hazaña con la ayuda de la Naturaleza, sino que dejó ver que la muerte de Marulanda era producto de la ofensiva de sus tropas, tratando de hacerle creer a la opinión pública nacional que Tirofijo se infartó de miedo o desesperación el pasado 26 de marzo. Dudoso asunto. Y para rematar, Santos -en un acto de suma inocencia o de descabellado triunfalismo- les pidió a las FARC que le entregaran el cadáver del viejo guerrillero para una autopsia. Y así comprobar, o más bien manejar la información, para saber de qué se murió. Cosas se ven...

Aunque para algunos el comandante de las FARC se salió de algún modo con la suya al morir de un infarto en medio de sus tropas y no por las balas del ejército, lo cierto es que deja a su movimiento en el peor momento de su historia, gravemente tocado, con un futuro incierto, peleando una guerra que nunca ganará y negándose sistemáticamente a avanzar en un acuerdo de paz con el Estado colombiano. Estado al que tampoco le interesan ni las soluciones negociadas ni la paz.

Las FARC han visto en los últimos tiempos desaparecer a tres de los miembros de su secretariado (Marulanda infartado a los 78 años, Reyes muerto de un bombazo no hace mucho y Ríos tiroteado por uno de sus hombres), han asistido a la entrega de no pocos de sus cuadros -entre ellos, la temida comandante Karina-, están cada vez más a la defensiva en su retaguardia en el sur del país, incapaces de adelantar operaciones de ataque, con un enorme porcentaje de la población que los repudia, más o menos aislados en sus comunicaciones -producto de los trabajos de inteligencia del ejército colombiano- y seguramente con la moral de la tropa en un punto crítico. Y para acabar de completar el mal panorama, se les muere Tirofijo, cuando apenas se recuperan de los otros golpes y estaban en el trabajo de reconstituir su mando central.

Frente a esta nueva situación, se podría pensar que las FARC, con su nuevo comandante Alfonso Cano, entrarían en una etapa de reflexión que podría anteceder a un cambio de posición estratégica en la cerrada dicotomía guerra o paz. Aunque para algunos analistas, Cano, de 56 años, un antropólogo proveniente de la clase media alta, representa el ala política de las FARC, pero no deja de ser un guerrero. Y aún si quisiera cambiar el rumbo de la guerra hacia la paz, la estructura entera de la guerrilla, y en ella la herencia histórica, es un duro lastre para que se pueda pensar en esperar variaciones inmediatas o a corto plazo. "Nuestras posiciones no variarán. Nuestros deberes seguirán de acuerdo con nuestros planes. Vamos por el poder y el socialismo", fueron las primeras declaraciones de las FARC tras reconocer la muerte de su comandante.

Las FARC no cambiarán ni por los golpes recibidos ni por la muerte de Marulanda. Probablemente mostrarán alguna flexibilidad en determinadas materias, pero su directriz fundamental, la hoy delirante guerra por la construcción del socialismo, no variará. Las FARC seguramente van a seguir sus líneas estratégicas, seguirán tercamente convencidas y equivocadas en la posibilidad de una toma del poder, continuarán nutriéndose de los dineros del narcotráfico y seguramente poco variará su política con respecto a los 700 secuestrados que mantienen en su poder, entre ellos a Ingrid Betancourt y un puñado de civiles llamados "secuestrados políticos", junto con varias decenas de suboficiales y oficiales de la fuerza pública que siguen cautivos. No se puede esperar tampoco una variación en la exigencia guerrillera de un despeje de los municipios de Florida y Pradera para realizar allí un diálogo con el gobierno y llegar al canje de guerrilleros presos por secuestrados. Y el gobierno tampoco variará -ahora menos ganando varias partidas- a negociar en las condiciones de las FARC.

Así las cosas, pareciera que se impone la política de guerra del gobierno de Uribe, que empieza a darle al Presidente buenos resultados. Seguramente, en el futuro vendrán nuevos golpes contra mandos y estructuras de las FARC, pero es poco factible que la guerrilla se vea tan acorralada como para decidir una rápida negociación. Aún con desarrollos positivos para el gobierno en una amplia y renovada ofensiva, las FARC parecen estar en capacidad de resistir y acomodarse, esperando nuevos tiempos para resarcirse de los golpes y seguramente contragolpear en el campo y en las ciudades. De ese modo, lo que las voces triunfalistas que anuncian como el desmembramiento que antecede al fin de las FARC, no pasa de ser hoy un elemento más de la propaganda del gobierno. Lo cual no significa que si se pasa de golpes precisos de acupuntura de combate a derrotas masivas de las hasta ahora intocadas grandes estructuras de la guerrilla, ahí sí las FARC estarían frente a un precipitado declive. Posible de pronto, pero a mucho más largo plazo y dependiendo justamente del reacomodamiento político y militar que logre o no logre Alfonso Cano.

Aunque en el exterior, especialmente en Francia, donde se espera a Ingrid con ansiedad, se mira con optimismo el ascenso de Cano a la jefatura, el compás de espera puede ser muy largo, tan largo como los ritmos de Tirofijo, que eran y son los de las FARC. No se ve por qué habrían de cambiar la dinámica ni trocar sus empecinadas posiciones y estrategias. No lo saben hacer de otro modo. No sería "fariano". Ellos esperan, aún corriendo por las selvas. Aún con Tirofijo sepultado.

Los tiempos de la guerra seguirán corriendo hasta que el país en su conjunto diga basta y produzca un remezón electoral que cambie las políticas nacionales en las elecciones del 2010; es decir, si la opinión les niega la segunda reelección a Uribe y a alguno de sus naturales sucesores (Juan Manuel Santos le está quitando puntos a su jefe), todos empeñados en una guerra medio ganada pero nunca acabada. Si a una decisión de buscar una salida negociada y no guerrerista se une un mayor deterioro de las FARC, quizás entonces el país viva una época de esperanza para acabar con la rueca aparentemente sin fin de la guerra, de las guerras, porque no hay que olvidar que Manuel Marulanda fue un heredero de la violencia liberal-conservadora de los años cincuenta, y esa violencia, de las guerras civiles del siglo XIX.

» Hable con Antonio Morales Riveira

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

Terra Magazine


Exhibir mapa ampliado

Terra Magazine América Latina, Vea las ediciones en español