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AFP
Mosaico de imágenes televisivas mostrando a los cuatro rehenes liberados por las FARC. De izquierda a derecha y de arriba hacia abajo, Jorge Eduardo Gechem, Gloria Polanco, Luis Eladio Pérez y Orlando Beltrán.
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Antonio Morales Riveira
Bogotá, Colombia
Una vez más Colombia llora de alivio y de amargura. En este conflicto social y armado que tiene los más perversos visos de eternidad -más de sesenta años de guerras, guerritas y guerrillas- nos hemos acostumbrado a los acontecimientos contradictorios en los cuales el llanto, esa expresión de las emociones que no es política pero que sufre los efectos atroces de la política, manifiesta recurrentemente dos sensaciones brutalmente contradictorias: la alegría y el dolor.
Llanto alegre y no pocas veces cínico por las victorias militares o políticas, llanto franco de pena por las derrotas. Llanto sollozante de gloria por quienes regresan a la vida o llanto profundo y sin fin por quienes se quedan en cautiverio. Llanto y duelo por los muertos de uno y otro lado y bárbaras celebraciones de los asesinos de uno y otro bando por el triunfo de la muerte.
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Y en medio de esos llantos, la dureza implacable de quienes no lloran frente a la desgracia, la de aquellos que no transigen, que se muestran "inamovibles" para que a pesar de la esperanza, todo de nuevo regrese al callejón sin salida, al túnel sin luz, a la inhumana visión de las conveniencias racionales y políticas frente al drama humanitario, en esta ocasión, del secuestro, como en otras del desplazamiento y la desaparición forzadas, de las masacres, del terrorismo de Estado o de los cañonazos guerrilleros indiscriminados contra la población civil.
Mientras el país de carne y hueso, el de la calle o de la vereda, este miércoles 27 de marzo asistía conmovido a la nueva liberación unilateral de cuatro ex congresistas secuestrados durante años por las FARC, no bien pasada la tímida alegría del regreso, una vez más los "duros" volvían a poner sobre la mesa repleta de obstáculos su mismo sectarismo, su mismo empecinamiento. A las pocas horas de haberles entregado a la Cruz Roja Internacional, al gobierno venezolano y a la incansable y tantas veces injustamente vitupera senadora Piedad Córdoba a Luís Eladio Pérez, Gloria Polanco, Jorge Eduardo Géchem y Orlando Beltrán, las FARC anunciaron que esta sería la última liberación unilateral sin negociación y nuevamente señalaron que para que los demás rehenes, cuatro políticos y 37 militares, puedan recuperar su libertad, el gobierno debe despejar los municipios de Pradera y Florida en el Valle del Cauca, para entablar la negociación. Gesto de buena voluntad, alegría fugaz y más de lo mismo. Y no bien se supo la "nueva" posición de la las FARC, el gobierno y el propio Presidente Álvaro Uribe no vacilaron en responder de inmediato con el mismo no rotundo al despeje y en consecuencia a la posibilidad de un Acuerdo Humanitario. Ninguna voluntad y más de lo mismo.
Es decir, las FARC de nuevo borrando con el codo su gesto de indudable valor humanitario y el gobierno no borrando nada porque nada ha escrito en manera de humanitarismo y sensibilidad por la vida de los secuestrados. De tal modo que esos pequeños momentos de alegría que tuvimos (siempre sombreados por nuestra conciencia de saber que quienes detentan los dos poderes, el oficial y el de la selva, volverán a lo suyo, al egoísmo y a la prebenda) fueron volatilizados en segundos para volvernos a acostumbrar al ciclo insoluble de la imbecilidad, de la insensibilidad. Frágiles alegrías colectivas las de este país, acostumbrado a intentar reír para de nuevo recibir el golpetazo de la esquizofrénica realidad de los sectarios, de los poderosos. Legales o ilegales.
¿Cómo es posible que la esperanza sea tan efímera? Pues sí. La alegría de la liberación de los cuatro políticos iba de la mano de la inmensa tristeza por el destino de quienes siguen en el monte, por las nuevas malas noticias sobre su cautiverio portadas por los liberados. Especialmente en el caso de la ex candidata presidencial, la franco-colombiana Ingrid Betancourt, que no sólo sufre las más extremas condiciones de cautiverio encadenada y agredida por su natural beligerancia, sino que se apaga en el humedad de la manigua de las selvas orientales atacada por una recurrente hepatitis B.
Y es que el caso de Ingrid es, quizás, el "quid" del asunto en materia política. Siendo la principal carta de las FARC para presionar el reconocimiento internacional y su status de reconocida beligerancia hoy negado por la comunidad internacional, para los comandantes guardarla es casi garantía de poder negociar sobre o bajo la mesa. Pero su condición física actual, su decisión de dejarse morir para ver si en ese tránsito logra salvarse, bien puede, como lo ha manifestado su confidente en cautiverio el ex parlamentario Luís Eladio Pérez, convertirse en la peor noticia: la de su fallecimiento.
Todo lo que aun no han perdido las FARC en materia de reconocimiento nacional e internacional, lo perderían en una fracción de segundo. No les quedaría sino su propia sin razón. Pero si en un rapto de realismo y de suspicacia política consideran una vez más por razones humanitarias la liberación de Ingrid (que debería ser muy pronto debido a su estado), no sólo saldrían del problema sino que de algún modo ganarían buena parte de la batalla por su reconocimiento. Inclusive, una vez Ingrid liberada, los caminos para un Acuerdo de Intercambio Humanitario de guerrilleros presos por militares secuestrados sería imparable, con ella a la cabeza. Y sería, como lo es hoy la liberación de los cuatro políticos, un golpe a la cara del gobierno de Uribe que no ha hecho nada por aliviar ese horror. Y perderían una cierta lucha por la beligerancia pero de hecho la obtendrían, moral y políticamente. Y un triunfo sobre Uribe, y un nuevo posicionamiento internacional favorable a ellos orquestado seguramente por el agradecido gobierno francés, con Sarkozy a la cabeza hoy en profunda picada en las encuestas, y una nueva cara frente a la población colombiana que los detesta, y un reencuentro con su propia política y con una cierta ética, y más adelante una base no solo para acuerdos sino para una negociación definitiva del conflicto. Pero las FARC...
La suerte de Ingrid está hoy más que nunca en las manos del gestor de todo este proceso humanitario: Hugo Chávez, expulsado del asunto por Álvaro Uribe pero más protagonista que nunca y esta vez discretamente. Solo Chávez tiene los hilos físicos, ideológicos y emocionales para permear la razón y el corazón de las FARC. Y con él Piedad Córdoba. A Ingrid le queda poco tiempo de resistencia.
Al gobierno colombiano todo esto poco le importa. Uribe solo quiere venganza y para llevar a cabo la histórica estupidez de la venganza, hay que ganar todo, así se pase por perder muchas vidas. Ganar la muerte. Y no hay signos de cambio hacia lo humanitario. Sólo bala y más bala. El gobierno de Uribe...
La marcha del próximo 6 de marzo en toda Colombia contra los crímenes del paramilitarismo y el terrorismo de Estado debe también una vez más hacer oír su voz por la liberación incondicional inmediata de Ingrid y los tres restantes políticos en cautiverio, y por la implementación del Acuerdo Humanitario para los militares secuestrados y los guerrilleros presos.
Queremos, volviendo al principio de esta nota, una alegría si no permanente por lo menos duradera, que no se fragmente. Una alegría que conduzca a otra, la del acuerdo humanitario, y tal vez esta a otra, la alegría de un proceso de paz definitivo para la sociedad colombiana. Nadie descansa en paz. Todos nos morimos. Muchos en Colombia antes de tiempo. La paz no está en los cementerios, sino en la vida.
Terra Magazine