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Rodríguez Zapatero, una victoria y varios dilemas

AFP
El segundo mandato le depara a Rodríguez Zapatero una cantidad de problemas y desafíos.

Oscar Raúl Cardoso
Buenos Aires, Argentina

A diferencia de lo que sucedió hace cuatro años, el "voto del terrorismo" -entonces a cargo de un supuesto grupo extremista islámico, ahora emitido por ETA- no tuvo un impacto transformador en la escena política española. El presidente del gobierno socialista José Luis Rodríguez Zapatero pudo así obtener el domingo pasado un segundo mandato en comicios que profundizaron lo que se ha dado en llamar el "tsunami bipartidista" español.

Ambas grandes organizaciones políticas -el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y el Partido Popular (PP)- se llevaron en forma conjunta casi el 85% del voto popular y realizaron sendas elecciones en las que superaron sus propios resultados del 2004, a costa de atraer voto de partidos más pequeños y regionales. Único caso en que uno de estos mejoró su posición fue el de la alianza catalana Convergencia y Unidad, que regresará a la próxima legislatura con un diputado más.

Los socialistas contarán con 169 escaños en el Parlamento -apenas siete menos de los necesarios para tener mayoría propia- y los conservadores del PP 153. Aunque Rodríguez Zapatero precisará de acuerdos para la aprobación de los grandes temas legislativos (presupuesto, legislación inmigratoria, por caso).

En 2004 los sangrientos atentados de Atocha provocaron en el gobierno español, entonces en manos del PP, una catástrofe mediática cuando el presidente del momento, José María Aznar, intentó ocultar el hecho de que un presunto grupo islámico había operado en Madrid insistiendo en que el ataque había sido producto de una acción del grupo vasco ETA.

La mentira quedó rápidamente al descubierto, y el PP, que en las encuestas preelectorales llevaba la delantera, fue sancionado con la derrota que permitió que Rodríguez Zapatero se convirtiera en el nuevo presidente y adoptara cono una de sus primeras medidas el retiro de las tropas con que Aznar había contribuido a la invasión y ocupación de Irak.

Si los independentistas vascos del ETA creyeron poder producir la misma conmoción política asesinando la semana pasada el ex concejal socialista Isaías Carrasco, se equivocaron. El triunfo histórico del socialismo en el País Vasco precisamente habla a las claras de que el efecto que buscó producir ETA no se materializó.

Las cosas se complicarán para los rebeldes vascos porque tanto el PSOE como el PP adoptaron una misma línea dura respecto de ETA desde que este grupo decidió hace unos meses quebrar la llamada "tregua" que había adoptado y, en especial, desde la muerte de Carrasco horas antes de los comicios.

El PP tendrá una voz importante en los futuros meses y esto es un problema adicional para ETA. Mariano Rajoy, hasta ahora jefe de los conservadores, ha adoptado una posición exclusivamente represiva frente a ETA, igualando "nacionalismo" a "terrorismo" y sin ofrecer el menor intersticio de diálogo. Es posible que -dados los buenos resultados obtenidos por el PP en las urnas y aun cuando estos le negaron el triunfo- el partido permita a Rajoy perdurar en su conducción.

El cadáver de Carrasco, por otra parte, ha borrado hasta la semblanza más ligera de voluntad negociadora en el PSOE, con lo que queda abierta sólo la vía de la respuesta militar al perdurable fenómeno de ETA. A menos que el socialismo encuentre un marco posible para presentar un "nuevo pacto" antiterrorista que incluya algún incentivo para un futuro y aun lejano diálogo.

Pero el último discurso que dio Rodríguez Zapatero en el 2006, en el que aseguró que la paz con ETA estaba "al alcance de la mano", pesa aún como un mal cálculo político mayor. No es éste -el de la violencia- el único nubarrón que se cierne sobre lo que Rodríguez Zapatero llamó tras el triunfo "una nueva etapa". La cuestión económica anuncia también desarrollos problemáticos para la España del futuro cercano.

A pesar que el PP no pudo capitalizar la situación económica complicada de España como herramienta electoral, lo cierto es que los indicadores anuncian problemas. El ritmo del crecimiento económico en España está cediendo como consecuencia de la crisis internacional de crédito y también por el desinfle de la "burbuja" doméstica del precio de la propiedad inmueble, un proceso que tiene algunos puntos de contacto con el que está sufriendo Estados Unidos. Los pronósticos hablan para el 2008 de un crecimiento de menos del 2.5%, un fuerte contraste con el casi 4% que signó los primeros cuatro años de Rodríguez Zapatero.

Los temores de esta época de pos prosperidad son alimentados además por un desempleo que afecta hoy a unos 2.300.000 españoles, algo más del 8.5% de la fuerza laboral. Entre esos desempleados se cuentan unos 400.000 inmigrantes nuevos, un hueco que el gobierno español no ha podido aun rellenar. Rodríguez Zapatero ha prometido durante la campaña un vasto plan de obra pública y un recorte impositivo sustancia que sirva de combustible a la actividad económica. Pero hay dudas de que ambos proyectos resulten suficientes si la crisis se hace más profunda.

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