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AFP
El precandidato presidencial demócrata Barak Obama prometió dialogar con Hugo Chávez y Evo Morales.
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Oscar Raúl Cardoso
Buenos Aires, Argentina
Los días de la "Alianza para el Progreso" de John F. Kennedy en los años 60 -uno de los escasos momentos de aparente interés intenso de Washington en América Latina- son frecuentemente invocados para sugerir un modelo de relaciones, generalmente trazando un paralelo entre la importancia y riesgos de la región para los intereses de estadounidenses hace 40 años y en el presente.
Algo significativo en este paralelo es que en él subyacen los riesgos que la administración Kennedy veía en América Latina tras el triunfo de la Revolución cubana de Fidel Castro, equiparándolos en el presente a los que presentan el desafío de gobiernos como el Hugo Chávez en Venezuela y de Evo Morales en Bolivia.
Aunque este paralelo es endeble, los dos postulados comparten una base común: son el producto del modo predominante de pensar de las elites de Estados Unidos durante la Guerra Fría. Esta puede haber finalizado entre fines de los 80 y comienzos de los 90 con la pasiva agonía de la Unión Soviética y su bloque de influencia, pero desprenderse de los hábitos intelectuales lleva más, parece ser, que una generación.
La desatención estadounidense está presente hace largo tiempo en las quejas de América Latina y, cada tanto, los dirigentes norteamericanos admiten que no es un fenómeno nuevo, aunque Bush lo haya extremado en su desapego durante sus dos mandatos presidenciales. Y así parecen destinadas a seguir las cosas en el futuro previsible. Un académico estadounidense especializado en América Latina, Abraham Lowenthal, lo explicó de modo sencillo y contundente en un artículo reciente: "La verdad más clara -escribió- es que Estados Unidos no prestará mucha más atención a América Latina, sin importar quien sea presidente o cual partido controle el Congreso. Una superpotencia con intereses y compromisos globales debe administrar tantas cuestiones y relaciones que no se puede esperar que sus principales formuladores de políticas dediquen demasiado tiempo a las relaciones con el hemisferio occidental".
Sin embargo, la liturgia preelectoral respecto de América Latina se cumple y tiene sus ecos. Uno de los candidatos demócratas mejor perfilados, Barak Obama, llegó incluso a comprometer -si es electo- viajes suyos a Bolivia y Venezuela para dialogar directamente con Chávez y Morales, demonizados por la presente administración por su retórica antiestadounidense. Esto ocasionó que su principal contrincante por la nominación demócrata, Hillary Clinton, lo criticara por su "amateurismo", al proponer diálogos sin establecer a priori la agenda de los mismos.
En el otro bando las cosas no son demasiado diferentes. Mitt Romney, el precandidato republicano que genera polémica por pertenecer a la fe de los mormones, ha asegurado que "reconstruirá una relación de confianza" entre su país y América Latina. El senador John McCain ha defendido la idea de considerar a las democracias latinoamericanas "como socios naturales" de Estados Unidos. Otro precandidato demócrata, Bill Richardson, ha hecho parte de su plataforma la recuperación del proyecto que encarnó hace cuatro décadas la Alianza para el Progreso. No conviene engañarse, sin embargo: más allá de la sinceridad posible de estos dirigentes, es muy probable que se encuentre con las severas limitaciones propias de una híperpotencia que reseñó Lowenthal en la cita anterior.
Lowenthal coincide con otros expertos en que, mucho más importante que un mero aumento de la atención de Washington sería el abandono de la mentalidad de "Guerra Fría" que sigue imperando en las relaciones continentales e impide a los países latinoamericanos ser considerados como iguales en sus relaciones con Estados Unidos.
Myles Frechette, un embajador con tres décadas de experiencia -buena parte de ellas en la región latinoamericana-, sostiene el mismo punto que Lowenthal. "Aunque la Guerra Fría culminó hace dos décadas -escribió Frechette-, sus desactualizadas estrategias aún le dan forma a nuestra política exterior. Y en ninguna parte es esto más evidente que en las relaciones de Estados Unidos con los países latinoamericanos".
Pero si América Latina deberá conformarse con algo más de lo mismo cuando la Casa Blanca tenga nuevo inquilino, lo cierto es que no todo podrá ser más de lo mismo. Los primeros años de este siglo -un tiempo en que Estados Unidos ha estado profundamente concentrado en el Asia, con Irak y Afganistán- la opinión pública latinoamericana ha desarrollado una visión mucho más crítica de su asfixiante vecino del norte.
Una reciente encuesta hecha para la BBC descubrió que un 64% de los argentinos, 57% de los brasileños, 53% de los mexicanos y 51% de los chilenos tiene hoy una visión crítica o negativa de Estados Unidos y su liderazgo en el mundo. En buena medida, esta ola de censura proviene de Bush y su aventura iraquí.
Está, además, la evidencia creciente de que potencias extrarregionales -como China e India- están poniendo a dormir la "Doctrina Monroe" del siglo XIX -"América para los (norte) americanos"-, que está en el centro de la visión estadounidense de América Latina como suerte de su propio patio trasero. China en particular ha desarrollado poderoso vínculos comerciales; desde el 2001 su comercio bilateral se ha cuadruplicado a más de 78.000 millones de dólares anuales.
Si, como temen muchos economistas -Paul Krugman, por ejemplo-, la era Bush termina con un "big bang" recesivo en su economía, el próximo presidente, sea de la extracción que fuere, deberá replantearse el valor de la región, de sus materias primas y mercados. Y esto sí puede abrir el período a un tiempo nuevo, aunque no sea el de la clase que América Latina anhela.
Terra Magazine