
Graciela Ferraris

Hoy en día prácticamente no veo televisión. Pero cuando vivía en Chile, sola, lejos de mi familia, buscaba esa compañía ficticia y así fue como encontré algunos programas interesantes. Por lo menos había uno que no me perdía: Ojo con el arte, cuyo título era un juego de palabras porque mientras aparentaba significar cuidado con el arte, en realidad decía algo como atención: aquí hay arte. El conductor de Ojo con el arte era su creador, el pintor chileno Nemesio Antúnez. Gracias a él (al programa) supe que Nemesio había sido amigo del poeta brasileño Thiago de Mello cuando éste estuvo exiliado en Santiago de Chile. Y que a él Nemesio le había presentado su pasión de niño, plasmada en varias de sus pinturas: encumbrar volantines, o sea, remontar barriletes. O cometas, entre los varios nombres que recibe ese pedazo de papel volador.

En Chile se le llama volantín a un cuadrado de aproximadamente unos 45 x 45 cm. de un papel muy liviano, que prefiere volar en el cielo de final de invierno. Septiembre es el mes propicio porque sus vientos favorecen el vuelo de esos cuadraditos, típicos en la conmemoración de las fiestas patrias chilenas, celebradas los días 18 y 19. Cuando la cordillera resplandece en su blancura de nieve y el frío se impone en el aire, un vitral de papelitos de todos los colores nace cada día. Los niños los llevan a la escuela, y los remontan durante los recreos, salen al patio y lanzan al infinito su juguete. El fin de semana, por la mañana o por la tarde, todos los días es día de volantines.

Yo ya los conocía antes de irme a vivir a Chile, en mi ciudad había visto unos pocos, fabricados por chilenos que por aquellos tiempos habían venido a residir aquí. Por eso me aluciné el día que vi todos esos colores pintados en el firmamento, pequeños pedacitos suspendidos en el espacio azul del invierno chileno, ¡una multitud! Daba tanta alegría mirar al cielo, aunque fuera prestado, aunque fuera de otra gente, pero que nos regalaba esa su magia.

Aquellos fueron momentos de fugaz felicidad, en compañía de esa reunión de colores, a veces hasta de una especie de complicidad para quien se sentía lejos de su tierra. Por lo menos fue así conmigo durante esos años que viví en Santiago, sintiendo un frío como nunca antes había experimentado; tal vez haya sido igual con Thiago de Mello, que vivió bajo ese cielo, un cielo ajeno. Años después y ya en Brasil, Thiago publicó su libro Arte e Ciência de empinar papagaio (Arte y Ciencia de elevar volantines), y allá por los ochenta o noventa volvieron, él y Nemesio, a remontar nuevos barriletes, volantines chilenos, pequeños y muy ágiles voladores.

A veces pienso en lo que significa ir a vivir a otro lugar de forma forzada, no como una elección libre, voluntaria. En Argentina, donde volantín se dice barrilete, supimos bien de esas partidas masivas de personas, ocurridas también en muchos otros países de América Latina. El poeta uruguayo Mario Benedetti cierta vez dijo que el exilio es una patria substituta. Nunca la situación ideal, nadie lo querría así. Para los griegos tener que irse para siempre de la tierra natal era la muerte en vida y ser extranjero, lo más cruel. Si bien ese paradigma cambió, muchas personas se ven obligadas a buscar otras tierras por razones políticas, económicas, guerras, hambre y, despojadas de tantas cosas son llevadas a "construir" una patria en otro suelo. Mientras tanto, tal vez les ayude un poco pensar que el exilio también puede significar conocer otros cielos. Cielos como el de Nemesio, que aún vuelan volantines, barriletes, cometas, papagayos, pipas, periquitos, y tantos otros nombres coloridos.
Terra Magazine