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El candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, Barack Obama, aplaude a los asistentes de la Convención Nacional Democráta, en Denver (EE.UU.).
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Al cierre de la convención demócrata en Denver, la misma pregunta resuena una y otra vez en las filas del partido. Cuánta es la distancia necesaria que, en términos de intención de voto, necesita Barack Obama para confirmar una victoria sin presiones en las elecciones de noviembre.
Según los sondeos diarios de la encuestadora de opinión Gallup, al comienzo de la convención el republicano John McCain se acercaba peligrosamente al demócrata, llegando incluso a superarlo por dos puntos durante el martes. Ya hacia el jueves y luego del discurso de apoyo incondicional que ofreció su ex rival en las primarias, Hillary Clinton, sumado al sentido testimonio del ex presidente Bill Clinton a favor de Obama, los números de Gallup volvieron a cambiar proyectando al candidato demócrata dos puntos sobre su rival republicano.
La danza de puntos, que en gran medida muestra las fluctuaciones del segmento de los votantes indecisos en el esquema electoral, no debería, sin embargo afectar la estrategia de largo plazo de Obama, quien ya se ha ganado un lugar de peso en la política estadounidense por ser justamente una de sus voces más independientes.
Varios de los asesores de campaña y miembros del partido demócrata promueven tímidamente desde Denver algunas propuestas para dar un golpe de timón en la campaña. Golpe que consideran necesario para posicionar nuevamente al candidato a varios puntos de distancia de su rival: algunos sugieren volver a hablar sobre la guerra en Irak y la desastrosa campaña de Bush en Oriente Medio. Otros proponen dejar de lado las sutilezas y el discurso cuidado y pulido que caracteriza a un candidato altamente racional como lo es Obama, para dar paso a una serie de ataques sin control sobre la imagen decadente de sus opositores. Finalmente, casi todos le reclaman a Obama que abrace, sin pensarlo demasiado, las declaraciones estrepitosas, rimbombantes y de algún modo populistas, que lo llevarían directamente a la cima de las encuestas.
Lo cierto es que la preocupación inmediata por las encuestas no toma en cuenta tres datos fundamentales. El primero y más importante es que son los independientes quienes terminarán por definir la elección. Y este segmento suele apoyar a los candidatos que se muestran, justamente, independientes. Como muestra basta con mirar las encuestas de popularidad del ex republicano devenido independiente Michael Bloomberg, quien hoy goza de casi un 70% de aprobación en uno de los estados más demócratas del país.
Barack Obama se ha caracterizado durante todo este tiempo como un político que piensa contra la corriente. No busca una alineación ciega con las políticas de su partido. Cuestiona y analiza las propuestas, y llega a conclusiones independientes. Y ese es uno de sus mayores capitales.
El segundo dato que parecen haber olvidado los analistas en Denver es que la estructura de recaudación de fondos de campaña de Obama ha logrado sobrepasar con creces no sólo la de su rival en las primarias sino además la de su adversario republicano. Al cierre de la convención demócrata, Obama ya se ha convertido en líder del partido y candidato oficial para las elecciones de noviembre. Y la estrategia publicitaria comenzará a desplegarse en toda su magnitud. Y quienes conocen sobre la relación entre presupuesto publicitario y popularidad no dudan que en breve los números a favor de Obama remontarán sin escalas hasta la presidencia.
Un tercer dato central, que me indicó hace unos meses el académico y analista de medios Todd Gitlin, es tan elemental como contundente. Gitlin me comentó entonces: "Los estadounidenses estamos enojados. Estamos enojados por el galón de cuatro dólares. Estamos enojados por la mala imagen que hemos adquirido en el mundo. Estamos enojados por el aumento en el desempleo. Estamos enojados por las malas políticas de salud y asistencia. Estamos enojados con George Bush y los republicanos".
Las elecciones, claro, no sólo se ganan a raíz de un enojo, es verdad. Ni como consecuencia del ciclo natural de alternancia que caracteriza a un sistema bipartidario como el estadounidense. Pero si a estos dos puntos se suma la ecuación anterior, queda claro que las preocupaciones por dos puntos más o menos en intención de voto no deberían preocupar demasiado a los estrategas de campaña. Ni distraerlos de un plan que casi seguramente resultará exitoso de cara a noviembre.
Terra Magazine