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Pablo Chacón/Cortesía
Muestras de tradición rusa se pueden hallar por todos los lugares de las ciudades argentinas, a través de la religión o las artes.
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La última dictadura militar argentina, créase o no, tuvo un socio comercial privilegiado: la ex Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, que compraba en la pampa granos a granel, valga la redundancia, para una población que necesitaba aguantar el frío que cruzaba (y cruza) la extensión de aquel imperio no sólo con vodka sino también con comida.
La chirinada que los uniformados locales intentaron en 1982 en las islas Malvinas (Falkland Islands), con los resultados que son de público conocimiento, jamás fue condenada por los soviéticos, y más de un memorioso recordará el fraternal abrazo entre el comandante Fidel Castro con el canciller argentino Nicanor Costa Méndez en La Habana (Cuba), durante una gira proselitista en busca de apoyos para la gesta iniciada por Leopoldo Fortunato Galtieri, un hombre de voz ronca, más aficionado al scotch que a las enseñanzas de Sun Tzu.
La ex URSS se disolvió en diciembre de 1991, a través de un acuerdo marco firmado por los presidentes Stanilas Chuchkevich, de Bielorrusia; Leonid Kravchuk, de Ucrania; y Boris Yeltsin (que había ganado unos meses antes las elecciones, después de que las fuerzas de la nomenklatura militar soviética intentaran un fracasado golpe de Estado en septiembre de ese año).
Pero la debacle había empezado, lenta pero segura, cinco o seis años antes (y acaso antes, cuando la huelga de los trabajadores polacos dirigida por Lech Walesa, en 1981, paralizó aquel país y desafió a un poder en merma). Sin embargo, cuando glasnost y perestroika empezaron a repetirse en los discursos de Mijail Gorbachov, el último de los secretarios generales del PCUS, una época se clausuró.
Algo más que una época se clausuró.
La URSS seguía siendo un país rico, pero su tecnología y sistema político atrasaban más de veinte años, paradójicamente, sin dejar de asilar a los pobres de toda pobreza.
Se había terminado la guerra fría. El socialismo en un solo país que Lenin teorizó en un horizonte de guerra mundial setenta años antes, no estaba en condiciones de soportar las presiones desiguales y combinadas de las condenas que ejercía la juventud de los países satélites de la URSS -que ya disfrutaban de la llamada libertad de mercado-, sumada a la influencia de la televisión, del Papa Juan Pablo II y al abandono de los intelectuales que durante buena parte del siglo, y a veces con razón, apoyaron una revolución que todavía hay que estudiar pero de la que seguro puede decirse, junto con Inglaterra, fue la responsable de que los nazis no dominaran toda Europa del Este.
Gorbachov es hoy un respetado analista político que escribe en revistas como Newsweek y Foreign Policy, y que da conferencias sobre relaciones internacionales en el circuito universitario estadounidense. Es un hombre culto, cosmopolita y crítico de muchas de las posiciones de la Federación Rusa que ahora comanda Vladimir Putin, un ex apparatchik de la KGB, el servicio secreto soviético. Esta es una parte de la historia. La otra no es menos triste.
El capitalismo oligopólico y sin regulaciones que heredó Yeltsin, incluyó la automática reconversión de las repúblicas originales a su versión original. Bielorrusia y Ucrania, junto a la Federación Rusa, conformaron el CEI, pero al mando de la economía, el nuevo hombre providencial puso a un liberal ortodoxo que se ocupó de que los puestos de mando, estuvieran en manos amigas: el petróleo, el agro y el gas.
Se desmantelaron todos los programas de ayuda social y los empleados quedaron desempleados. Los oligopolios, dejados a la generosa mano del mercado, tienen un destino fijo: convertirse en dispositivos mafiosos, repartirse el territorio y los negocios (el territorio no siempre es geográfico), y cooperar para rearmar una fortaleza que a la fecha, tiene voz y voto en el Consejo General de las Naciones Unidas, dinero y materia prima que el mundo contemporáneo reclama y consume, a saber: gas, drogas y mujeres.
La empresa estatal de gas es un enorme foco de corrupción, pero las ganancias, en un planeta necesitado de la energía como del aire para respirar, siempre serán superiores a los costos de instalación de gasoductos y bocas de expendio (rigurosamente tarifados). La heroína, proveniente de Afganistán y refinada, se ha vuelto a instalar como moda en Europa y los Estados Unidos, por su calidad y sus nuevas formas de consumo (no siempre por vía intravenosa), de la mano de una organización, la mafia rusa, férrea e impiadosa en sus métodos. Los rusos no descuidan el deporte pero las modelos eslavas cotizan en las mejores pasarelas del planeta, a precio euro (y a patrón oro) venden sus favores como starlettes y prostitutas en Moscú y San Petersburgo, antes de pasar a la primera fila del universo publicitario parisino, romano, londinense o neoyorquino.
Pero la otra cara es la multitudinaria.
Los curas de la renacida (y nunca enterrada) Iglesia Ortodoxa no podían con tanto indigente. Los tres o cuatro primeros años del capitalismo ruso, ese que había festejado Francis Fukuyama como el primer eslabón del fin de la historia, encontraron a las principales ciudades y a las otras también, recorridas por hordas de indigentes y hambrientos.
Pero algo resistió porque fue entonces que esa mano de obra desocupada (y muy calificada para lo que es el inmigrante medio), decidió partir hacia nuevos horizontes: uno de esos fue Argentina, que además favoreció el éxodo con incentivos: era posible buscar trabajo por un año sin problemas migratorios, después se convertían en ilegales. El viaje corría por cuenta de los inmigrantes y la estadía también. Así, muchos fueron estafados antes de llegar, y de los que arribaron, los que mejor se acomodaron eran aquellos que encontraron comunidades de pertenencia previas (armenios, ucranianos).
Los rusos, que habían llegado a principios del siglo XX huyendo de la revolución, jamás se adaptaron. A los nuevos rusos, lituanos, estonios, bielorrusos, chechenos (una provincia sesecionista de la FA), uzbekos, etcétera, les fue peor: muchos no se habían plegado a los beneficios que ofrecía el gobierno de Carlos Menem y de su canciller, Guido Di Tella, sino que se embarcaron solos en una aventura de la que hoy día pueden dar cuenta no más de veinte personas, todas dispersas y la mayoría con graves problemas físicos y psíquicos.
Florencia Tateossian, licenciada en Ciencias Políticas por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y estudiosa del fenómeno inmigratorio, maneja cifras muy precisas. Consultada por Terra Magazine, especificó que "según cifras de la Dirección Nacional de Migraciones, entre 1994 y 1998 se registraron 8.255 ingresos de ciudadanos de diferentes países de Europa Oriental. Las cifras siempre fueron en aumento. La gran mayoría, ucranianos, seguidos por rusos y armenios".
Sin embargo, la cantidad de rusos era la más variable; iban y volvían y después de la crisis del 2001, se quedaron varados, el noventa por ciento en Buenos Aires y sin trabajo, o haciendo trabajos de albañilería o vigilancia privada, muy complicados por la cuestión del idioma. El altísimo consumo de alcohol no fue una ayuda, precisamente, porque empezaron a despuntar las cronificaciones e internaciones, una nostalgia incurable, el famoso síndrome de Ulises, y el rechazo de los lugareños a su presencia. A pesar de su historia, hecha en parte por los inmigrantes, el argentino de clase media, aún a pesar del desastre económico y social de principios de milenio, sigue viéndose a sí mismo como un europeo en el exilio. El racismo local es moneda corriente, y no sólo con los extranjeros.
Algunos casos han sido recopilados por los diarios de la época. En junio del 2003, la periodista Alejandra Dandan publicó en el diario Página 12 una crónica notable: "Soy una chica de la URSS, existo sólo en el pasado", contaba Alexandra Groucheskii, de 20 años, y con seis en la Argentina. La joven buscaba una nacionalidad. "Alexandra escapó de Kiev con su familia cuando todavía no tenía edad para tener documento. En estos años pasó de Kiev a Lima, de Lima a Santiago, y de Santiago siguió a Buenos Aires, escapando de una historia de persecuciones y amenazas más cercana a la vida de sus padres que a la suya.
En algunos de sus documentos aparece como apátrida, en otros como refugiada política y en otros como de 'ningún' lugar. Llegó a Buenos Aires trasladada por la comisión de Refugiados de las Naciones Unidas". Groucheskii, de 26 años, consiguió finalmente la nacionalidad argentina, estudia historia del arte y está casada con un porteño, lo que facilitó los trámites. Sus padres quedaron en Perú y el contacto es intermitente. Pero el suyo no es el caso más dramático.
Sus compatriotas, los que no se adaptaron al nuevo nicho ecológico y los que no se volvieron, se transformaron en peregrinos de la calle. Ayudados por los sacerdotes de la Iglesia Ortodoxa Rusa del barrio de San Telmo, que data de 1904, algunos consiguieron trabajo y otros dilapidaron sus saberes bajo las estrellas, ahogados en alcohol. Se murieron, la mayoría, de cirrosis y de frío, tirados en zaguanes o en los parques Avellaneda y Lezama.
Los sacerdotes dicen que no entendían por qué tenían que conseguir un trabajo cuando en la ex URSS se lo daban. Eran estafados continuamente, como porteros, cuidadores de autos, cerrajeros, ose gastaban su primer sueldo en la primera noche, en vodka del mejor. "Eran unos ciento treinta, ciento cincuenta", dice a este medio uno de los religiosos. "Sólo sabemos que quedan unos veinte, perdidos, hospitalizados o vaya a saber dónde... cada tanto llega alguna carta preguntando dónde está tal o cual pero no sabemos. Se los quisieron llevar varias veces y no quisieron. La distancia y el exilio les destruyó el alma".
Terra Magazine