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Warner Bros. /Cortesía
El Guasón (Heath Ledger), más verosímil, rompe el "estereotipo vigente del villano típico".
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La polémica establecida en torno del reciente estreno de Batman, el caballero de la noche (The dark knight, 2008), de Christopher Nolan, que algunos críticos consideran una obra maestra mientras otros la ven apenas como un mero espectáculo simplificador de méritos más artísticos, es constructiva porque pone sobre la mesa el debate sobre el cine realizado por la industria cultural hollywoodense.
Hay quienes consideran que The dark knight es una divisoria de aguas por establecer nuevos parámetros para el llamado peyorativamente cine grande. Entre otros atributos, ya percibidos en películas como Hulk de Ang Lee y El hombre araña 2 de Sam Reimi, está el de introducir la ambigüedad en el maniqueísmo del bien y el mal. El héroe existe porque existe el villano, como si fueran dos caras de una misma moneda. Pero el héroe que se presenta es un héroe atormentado. James Cameron ya había realizado algo semejante en True Lies, con Arnold Schwarzenegger y Jamie Lee Curtis, pero nadie parece haberlo percibido.
Nolan hace de The dark knight un documental sobre los Estados Unidos contemporáneo sin renunciar a la aventura y a proyectar en ella la angustia del malestar de la civilización de los tiempos actuales. Lo que los defensores ardorosos de Batman, el caballero de la noche tratan de decir es que el cine industrial actualmente está absorbiendo las constantes temáticas y estilos del llamado cine arte. También existen quienes ven en ciertas películas taquilleras acentos bressonianos, por paradojal que pueda parecer. Parece que los críticos fueron absorbidos por el marketing de la industria.
Si Ang Lee expresa la angustia de Hulk a través de sus primeros planos de la mirada lacerante del monstruo verde, otorgando a la película una cierta aflicción existencial, por así decirlo, Tim Burton en King Kong y El planeta de los simios, en sus vestuarios oscuros como si fueran hábitos, también extrapola la manipulación pura y simple para hacer valer sus puntos de vista sobre los tormentos que afligen a la humanidad, aún cuando no se priva de una catarata excesiva de efectos especiales que castigan al espectador menos adepto al cine-montaña rusa.
Sus admiradores anuncian que con Batman, el caballero de la noche el cine arte se introdujo en la industria cultural, dejando a la vista con este hecho una revolución en el panorama del cine contemporáneo. El héroe de la concepción clásica pasa a ser un héroe al filo de la transgresión, porque el humano no está exento de caer en las tentaciones. En particular, el Guasón posee un carácter en su estructuración como personaje que desequilibra al estereotipo vigente del villano típico. Pero el otro, el de Jack Nicholson, contiene una dosis mágica de fantasía que lo hace más verosímil y, como se pretende en las aventuras de este tipo, más convincente.
El pionero de esta aparente transformación fue Michael Mann en Fuego contra Fuego (Heat, 1995), donde los personajes de Al Pacino y Robert De Niro son mostrados como hombres atormentados, que eliminan del mapa de la geografía de su acción el maniqueísmo héroe-villano. El mismo Michael Mann que le dio un tono realista, nocturno y granulado a la versión de Miami Vice, con un tratamiento que tiene un diferencial bastante claro a comparación de las películas taquilleras tradicionales.
¿Y qué se puede decir de Zodíaco, de David Fincher? Es innegable que en los últimos años hubo una evolución narrativa en las películas de consumo masivo destinadas al cine grande. Y con ello, la conciliación de una mise-en-scène expresiva con la resolución espectacular del relato en el cual la forma de decir algo resulta más importante y fundamental que lo que se dice en la película. Es decir, el cómo se privilegia en función de la cosa, del simple enredo, de la fábula en sí.
Si el héroe del cine norteamericano era puro y casi angelical, sin los vicios de los pobres mortales, incluso en la etapa de oro de la cinematografía de los Estados Unidos ya existían, sin embargo, héroes duros, proclives a los vicios, como por ejemplo Humphrey Bogart, que desembocaría, más tarde, en el antihéroe Michel Poiccard personificado por Jean-Paul Belmondo en el hoy ya clásico Sin aliento (A bout de souffle, 1959), de Jean-Luc Godard. Y el antihéroe ya se encontraba retratado también en la década del 40 con las películas neorealistas, entre los que sobresalen el obrero de Ladrones de bicicletas (Ladri di biciclette, 1948), de Vittorio DeSica/Césare Zavattini.
A diferencia de lo que muchos piensan, pueden existir películas de autor dentro de la industria cultural hollywoodense. Antiguamente aquellos directores más creativos, como por ejemplo John Ford, Howard Hawks, Billy Wilder, Alfred Hitchcock, entre otros, tenían su núcleo de producción independiente y el derecho al cut final.
En la actualidad, y para dar apenas dos ejemplos del año 2008, se elevaron a la categoría del premio Oscar dos obras de autor: No country for old men de los hermanos Coen, y There will be blood de Paul Thomas Anderson. Clint Eastwood, por ejemplo, trabaja bien y dice lo que quiere decir dentro de un esquema industrial de hacer cine. Y una de las películas más delicadas y cautivantes de la década es, sin dudas, Million dollar baby, obra suya, ¿de quién más podía ser?
La polémica que se establece en torno de Batman, el caballero de la noche es saludable y estimulante, a partir de que no hay nada peor que el pensamiento único y la unanimidad absoluta. Pero se considera exagerada la aseveración de que el llamado cine arte está incorporándose al cine realizado para consumo masivo. El apego al realismo tal vez pueda ahuyentar la fantasía pura y simple, y con ello, la fabulación alegórica, el campo de los sueños.
Al respecto, existe una diferencia muy marcada entre el primero y creativo, de Tim Burton, y esta película de Christopher Nolan, tan alabada. Todo responde a una jerarquía muy bien puesta según los cánones de la vida real, apartando con ello el vuelo de la imaginación. El apego al realismo es una característica de la posmodernidad (sea ésta lo que sea).
Si Nolan se reveló aquí, en Batman, el caballero de la noche, como un director por encima del promedio, no se puede decir lo mismo de la falacia que fue la indigesta Memento (película montada de atrás hacia adelante en el entendimiento de que la oscuridad puede constituir una genialidad). Insomnia, con Al Pacino, es mucho más razonable por el clima sombrío en la tierra del sol de medianoche. En Batman, los actores están muy bien escogidos: Christian Bale es Bruce Wayne/Batman; Gary Oldman (que fue el Drácula de Coppola), James Gordon; Heath Ledger (que murió hace pocos días), el Guasón; el gran Michael Caine, Alfred Pennyworth, y Morgan Freeman, Lucius Fox, entre otros menos notables.
Estoy de acuerdo con el columnista de Folha de S.Paulo, cuando en una crítica de la razón simple dice: "si la fantasía ya es difícil de tragar como fantasía, imaginen lo que sería presentarla en tono realista y hasta documental". The dark knight es un espectáculo agradable para ver, pero que está muy, muy lejos de ser considerada una obra maestra. Establecidos los parámetros, y habiendo destacado esta conjunción autor-industria que puede, innegablemente, hacer que las películas sean en ciertos aspectos más interesantes y menos infantilistas, el hecho es que también existe el peligro de destruir, en este caso, la fantasía.
Terra Magazine