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Colombia, cara a cara con la maldad

AFP
Durante 12 años, el criminal de guerra Radovan Karadzic fue un monstruo genocida con una cara de hombre bueno.

Javier Darío Restrepo
(Colombia)

Los monstruos no tienen cara de monstruos; a veces pasan por su lado con un rostro parecido al suyo o al de su familia. Los que han asistido física o virtualmente a las versiones de los paramilitares se asombran cuando los oyen contar impasibles que mataron u ordenaron matar a decenas, o a centenares de personas. La sorpresa es mayor cuando les miran la cara que es como la de cualquier vecino, porque los asesinos no tienen cara de monstruos.

En sus memorias los ex secuestrados registran que los responsables de los secuestros parecían humanos. El mono Jojoy los visita, toma nota de sus necesidades y, días después, llegan las cajas con el pedido: cremas, champús, jabones, máquinas de afeitar, toallas, hasta dulces, periódicos y revistas. Pero el secuestro sigue igual de severo, aunque el secuestrador haya mostrado, a pesar suyo, su corazoncito.

El error consiste en creer que hay una cara de monstruo, que es distinta a la del hombre bueno. A muchos sorprenderá saber que detrás de rostros duros y poco agradables, se pueden encontrar personas tiernas y de nobles sentimientos. Los monstruos de La familia Adams tienen gestos de ternura parecidos a los chispazos de bondad que se descubren en la historia de Frankestein. La más reciente biografía de Hitler sorprendió a los lectores con el relato de las escenas de afecto hacia los niños que horas después murieron envenenados.

Llámese Hitler, o Garavito o Pablo Escobar, o 'el Gafas', son seres humanos como nosotros, se nos parecen, somos como ellos. Refiere Todorov (Frente al límite) que un detenido en el campo de concentración de Auschwitz se preguntaba: ¿si el alemán era un ser humano como los demás?. Y respondía Primo Levi desde su experiencia en el mismo campo: "ellos están hechos del mismo tejido que nosotros, salvo excepciones, no son monstruos, tienen nuestro mismo semblante".

Parece elemental, pero contradice la teoría ingenua y bobalicona de que hay hombres buenos y hombres malos y de que "los buenos somos mayoría". En todo ser humano conviven el bueno y el malo, que Stevenson encarnó en la historia de Mr Jekyll y Mr Hyde, dos nombres y talantes distintos de la misma persona. No hay bondad ni maldad integrales; tampoco hay una apariencia física para los bondadosos y otra para los monstruos. Durante 12 años, el criminal de guerra Radovan Karadzic fue un monstruo genocida con una cara de hombre bueno. Perseguido por la justicia internacional, se movió con libertad total protegido por el prejuicio de que hay caras de criminales y caras de inocentes, como la que obtuvo con su frondosa barba blanca de abuelo patriarcal. Además, los monstruos también tienen corazón.

El siquiatra León Goldensohn, que entrevistó a la cúpula nazi en la cárcel de Nuremberg, encontró hombres comunes que se preocupaban como cualquier buen padre de familia por sus hijos, sus nietos o su esposa. Eduard Wirths, médico jefe en Auschwitz, preguntaba por los primeros dientes de sus hijos, repetía en cada carta su profundo amor a su esposa y ofrecía un aspecto tal de hombre bueno, que su hija, después de su ejecución, preguntaba: ¿un hombre bueno puede hacer cosas tan malas? En efecto, su ejemplar padre podía atender a judíos enfermos a pesar de su antisemitismo y convertir a los prisioneros en conejillos de indias para sus experimentos médicos. Karadzic, el carnicero de Sarajevo, hoy ante la justicia, pudo dar pan y chocolate a las mujeres y a los niños, mientras ordenaba la muerte de los hombres de aquellas familias.

Y no es solo porque los malos excepcionalmente puedan ser buenos, o que los buenos ocasionalmente sean malos, "los seres humanos no son por naturaleza ni buenos ni malos", escribe Todorov y agrega: "el mal no es accidental, está siempre ahí, disponible; el bien no es una ilusión, aparece hasta en los momentos de mayor desespero".

Colombia está contemplando esa ambigüedad de los seres humanos con una contundente frecuencia. Un secuestrado recuerda al guerrillero que le cedió su chaqueta cuando lo vio temblando de frío; pero este mismo guerrillero no vacilará en disparar a matar en un intento de rescate. Entonces alegará que cumple órdenes, porque en su conciencia hay un compartimento para bondades ocasionales y otro para la disciplina que le ordena matar...

Los médicos y enfermeras que por asuntos burocráticos rechazan a los enfermos que agonizan a la puerta de hospitales y clínicas tienen un amplio compartimento para los reglamentos; pero pasan en vela cuando su hijo tiene fiebre, porque también hay un compartimento para el amor paterno. Conviven en ellos la bondad y la maldad, sólo que esta apenas si se detecta.

Una de las víctimas de Adolf Eichmann, Etty Hillesumm, pone en boca de uno de sus personajes de novela: "tal vez, cada uno de nosotros sea el Caín de algún Abel". Ella confesaba que mirándose a sí misma había logrado entender a Eichmann.

Cuando la sociedad reacciona contra la violencia de las barras bravas, busca nerviosa las medidas represivas de siempre: sanciones para los culpables, controles en los estadios, cercos policiales en sus alrededores, aumento de las penas. Pero poco se cuestiona sobre la incidencia que tienen en esas conductas las posiciones radicales e intolerantes en la política, en la vida social, el ambiente de represión autoritaria en los colegios, que son formas legitimadoras de la violencia y estímulos para el mal. Anota Todorov sobre esto: "para que el mal se realice no es suficiente que se produzca la acción de algunos, hace falta que la gran mayoría esté a su lado, indiferente".

No hay, ciertamente malos con cara de malos o buenos de rostro beatífico. Todos los hombres pueden ser lo uno o lo otro, o las dos cosas a la vez.. Con la captura de Karadzic el mundo aprendió, otra vez, que la bondad o la maldad no son cosa de apariencias. Colombia reitera ese aprendizaje cuando oye las confesiones de los paras, esos criminales con cara de gente común.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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