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Las prendas necesarias para desarrollar actividades complejas, por la seguridad que ofrecen o por su desempeño, comienzan a incorporar más elementos de moda.
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Por más que parezca anticuado, el debate respecto de los aspectos funcionales del vestuario alimenta la industria de la moda en pleno siglo XXI. Para explicarlo mejor, en la disputa conceptual entre forma y función, hasta ahora la primera había sacado ventaja en lo que se refiere al diseño de productos de moda.
Como regla general, cuando se trata específicamente de indumentaria los lanzamientos venían destacando los aspectos relacionados con el contenido creativo de las prendas en detrimento de lo tecnológico. Pero por cuestiones de supervivencia estratégica de la industria europea, esta práctica parece tener los días contados.
En las últimas décadas hubo cambios sustanciales en los parques industriales textiles nacionales, cuya mayor consecuencia ha sido la concentración de fabricantes de ropa en Asia, donde China se convirtió en líder mundial. Hasta allí, nada nuevo.
El hecho es que la industria europea, tradicionalmente generadora de moda y de tendencias de consumo, al hacer el balance de sus pérdidas cambió el foco del desarrollo de productos hacia prendas cada vez más complejas y para consumidores específicos.
Países como Italia, Alemania y Francia pasaron a invertir en productos conocidos como textiles técnicos para no perder su importancia mundial y escapar a la crisis de competitividad con los productos denominados convencionales.
En realidad, la estrategia del negocio es aquella que persigue una capacidad superior en creación e innovación, distanciándose de los productos genéricos: se pierde en escala de producción, pero se gana en el valor agregado del producto. Y se estimula el reconocimiento del beneficio que puede obtener el usuario al vestir una prenda funcional.
Los ejemplos pueden ser relacionados con conceptos de los más tradicionales posibles, como prendas ignífugas para bomberos, mezclados con el concepto de los tejidos inteligentes, aquellos que ofrecen algo que mejora del desempeño o la comodidad de quien los utiliza. Y se recurre incluso a la teoría de la motivación del vestido de Flügel, que sugiere la protección como una de las primeras razones que tuvo la humanidad para vestirse.
Para tener una idea, el consumo de productos textiles técnicos ha crecido en forma continua desde 1995 y los pronósticos indican que en 2010 este mercado movilizará cerca de 100.000 millones de euros.
Según el representante de Clubtex, asociación de empresas tecnotextiles del norte de Francia, existe una enorme diferencia entre la industria textil convencional y la industria tecnotextil: la primera define a su consumidor y crea su moda, mientras que la segunda debe responder a demandas específicas y funcionales que surgen del consumidor mismo. Este proceso exige elevadas inversiones en investigación y desarrollo.
O sea, empresas fuertes hacia adentro con capacidad de innovación tecnológica y empresas fuertes hacia afuera para mantener el canal de comunicación directa con los consumidores. Para ello, la agenda debe programar jornadas científicas, congresos, conferencias, además de las tradicionales ferias y rondas de negocios.
En breve, aquellas prendas sin mucha gracia pero necesarias para desarrollar actividades complejas, sea por la seguridad que ofrecen, sea por el mejor desempeño que éstas proveen, incorporarán cada vez más elementos de moda. Además, se prevé el estímulo hacia el uso de prendas desarrolladas dentro del concepto de textiles técnicos para las actividades denominadas "cotidianas" realizadas por el consumidor común.
El desafío es que este nuevo filón se transforme en algo significativamente popular, pues los beneficios ofrecidos por dicha ropa pueden mejorar efectivamente la calidad de vida de mucha gente. Falta saber cuántos consumidores estarán dispuestos a pagar más por ello.
Vale la pena acompañar esta revolución.
Terra Magazine