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AP
La imagen de Kim Phuc corriendo desnuda y quemada por el napalm dio la vuelta al mundo y ayudó a concientizar a la gente de la crueldad de la guerra de Vietnam.
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La prisión para el monstruo genocida serbio Radovan Karadzic durante la semana pasada, transformado en gurú barbudo de la medicina alternativa (para escapar de la justicia), me hace recordar, por diferentes razones, a un par de personajes que conocí en años recientes. A uno de ellos lo encontré una mañana de diciembre de 1998, en medio de innumerables personalidades que transitaban por el salón de la sede de la Unesco, en Paris, en la conmemoración de los cincuenta años de la Declaración de los Derechos Humanos.
El asedio de fotografos y camarografos estaba dirigido a los anfitriones franceses, el entonces presidente Jacques Chirac y el primer ministro Lionel Jospin, o a los invitados ilustres como el entonces secretario general de la ONU, Kofi Annan, y el lider tibetano Dalai Lama. Entre las celebridades políticas, una mujer circulaba casi desapercibida: Phan Thi Kim Phuc.
Una fotografía de Kim Phuc, no obstante, obtiene mayor repercusión que el retrato de cualquiera de los nombres citados. Su imagen fue eternizada para la historia a los 9 años de edad. Ella es la niña que, la tarde del 8 de junio de 1972, corría con los brazos abiertos por una carretera de Vietnam, la piel quemada por las bombas de napalm lanzadas desde el cielo sobre la ciudad de Trang Bang, a 64 kilometros de Saigon, gritando "nong qua, nong qua" (myuy caliente, muy caliente). La expresión de dolor y de horror de la guerra fue congelada por la lente del corresponsal de Associated Press Nick Ut y fue reproducida en el mundo entero.
Kim Phuc permaneció 14 meses en un hospital de Saigon después del bombardeo y, a lo largo de dos años, fue sometida a 17 operaciones para solucionar los estragos ocasionados por las quemaduras. Hasta hoy, padece de dolores de cabeza y tiene pesadillas por causa de esas secuelas. Conversamos en uno de los rincones del enorme salón. Con una voz suave, contó haber intentado de todas las formas olvidar aquel momento, sin éxito. "Cada vez que veo aquella fotografía siento dolor, miedo, todo. Es terrible", dice. Kim defiende los discursos de defensa de los derechos humanos proferidos en Paris como una promesa para el futuro, pero ella conoce mejor que cualquiera la intimidación de la guerra. "Viví en piel propia todo eso que está en discusión aquí, es diferente", afirmó.
Kim Phuc desea decir que no es apenas una víctima de la guerra. Ella fundó la Kim Foundation, una entidad que ayuda niños que pasaron por un martirio similar, y se convirtió en embajadora de buena voluntad de la Unesco. Casada y madre de dos hijos, vive en Toronto, Canadá. La célebre fotografía de Nick Ut la transformó en un simbolo vivo de la barbarie, la imagen presenta una de los mayores fracaso de la historia militar de Estados Unidos. "Pero, ahora suena raro decir esto, estoy orgullosa de ese dolor.
Me siento recompensada por poder hacer que las personas entiendan lo que es la guerra y transmitir ese mensaje de paz", dice. Cuando confronta las imágenes de niños en conflictos contemporáneos, confiesa que llora frecuentemente. "Eso me toca profundamente. No quiero ver más este tipo de cosas". Al finalizar la frase, en medio de la conmemoración, lloró. Lágrimas vertidas por heridas cicatrizadas parcialmente. Y concluyó: "Perdono, pero no olvido".
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El matrimonio se asiló en un campo para refugiados. Luego, la esposa decidió partir para Zenitza, a poco más de 100 kilómetros, a la casa de unos parientes. Él se quiso quedar. No admitía tener que dajar su ciudad por causa de una guerra "estúpida". Los dos permanecieron 14 meses separados. Comunicarse por teléfono era imposible. Les bastaba con el recurso de algunas cartas intervaladas, entregadas por el correo de la ONU.
Durante el cerco de Sarajevo no había agua potable o electricidad. Los vuelos incesantes de los obuses por los cielos ya eran parte del paisaje de una ciudad en ritmo creciente de destrucción. "Arriesgábamos la vida para buscar agua en las fuentes", contó. Años antes del inicio de los conflictos, él conoció a un francotirador de élite: "Eran entrenados para, con auxilio de poderosos teleobjetivos, acertar personas del comando del lado enemigo. En Sarajevo, ellos apuntaban por igual a mujeres y niños".
Los precios de los pocos víveres que eran vendidos en el mercado de Markele, en el centro de la ciudad, duplicaban, triplicaban... el marco alemán convivía con la moneda local. Muris recuerda cada centavo. Un kilo de carne pasó de 8 marcos alemanes a 80 marcos; un kilo de azucar de 1,20 a 50; un paquete de cigarrillos de uno a 10; un litro de gasolina de 1,20 a 30, y un kilo de papas de 0,50 a 20.
Un sobrino de su esposa murió durante el conflicto. Cayó preso por la milicia serbia. Cierto día, un soldado entró en su celda y solicitó un prisionero voluntario para hacer una tarea en la calle. "Él fue uno de los que se ofreció. Era la oportunidad para tomar aire, ver el sol", relató Muris. El grupo de cinco detenidos fue llevado a excavar un hoyo. "Los serbios dicen que ellos fueron asesinados por las fuerzas bosnias cuando hacían el trabajo. Después supimos lo que sucedió. Ellos fueron ejecutados simplemente. Él tenía 19 años. Podemos perdonar, pero nunca vamos a olvidar esa guerra. El futuro aún es largo".
Muris camina con pasos cortos y ligeros, a pesar de su edad. Es periodo de Ramadán, las mezquitas están repletas. Los cantos del Corán resuenan en las estrechas calles de Sarajevo. Banderas islámicas de verde centellante adornan las vitrinas, al lado de letreros de neón de Coca-Cola o de afiches de un automovil Ferrari rojo. "Acostumbrábamos a frecuentar las fiestas religiosas unos de los otros. Católicos, ortodoxos, musulmanes, vivíamos juntos sin problema. Entonces vino esa barbarie inventada por políticos. ¿Para qué? ¿Para quién?", preguntó.
La nueva realidad escapa de su comprensión. "Antes, visitaba a mi hermano en Zagreb, Croacia, en el mismo país. Ahora, para ir a verlo necesito de un pasaporte y de una visa", comentó. Su casa antigua no es más que ruinas. "No quedó nada", dijo. El gobierno recomenzó a pagar parte de su jubilación. "Pero aún es menos de la mitad, una miseria", se quejó.
Durante el Ramadán, Muris no cumplió con el tradicional ayuno de un mes. Sentado en la mesa de un pequeño restaurante, delante de un delicioso plato de cevapici, comida típica local basada en carne, justificó: "Ya hice mucho Ramadán durante la guerra.
Terra Magazine