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El laicismo retoma sus banderas

Getty Images
Pocos meses antes de la muerte de Juan Pablo II, Álvaro Uribe estuvo conversando con él, en el vaticano.

Javier Darío Restrepo
Bogotá (Colombia)

La del laicismo parece ser la iglesia 1.081 en Colombia. Las otras 1.080 iglesias y movimientos religiosos, son los que aparecen registrados este año en el ministerio del Interior.

Los defensores del laicismo han tomado tan a pecho su misión de purificar toda manifestación oficial pública de cualquier vestigio religioso, que han acabado convertidos en una secta que adelanta juicios sumarios, condena y ejecuta como cualquier tribunal inquisitorial, sólo que sus ejecuciones son incruentas y no cuentan con hogueras sino con la irrisión como castigo. A cambio de latigazos estos neoinquisidores usan adjetivos y descalificaciones.

Pero mirado con serenidad el problema que los exaspera, no da para tanto.

Lo era en los tiempos del presidente López Pumarejo, cuando el clero intervenía en todo y Colombia ofrecía elementos suficientes para calificarla de teocracia. En esos tiempos las reformas laicistas de López contaron con el apoyo de una prensa despierta y combativa, que se propuso encontrar y denunciar la intrusión eclesiástica en todos los ámbitos, hasta debajo de las piedras. Pero aún entonces la cosa no daba para tanto y el presidente promotor del laicismo de los años 30 hizo las genuflexiones de rigor en la capilla del palacio presidencial, con motivo del bautismo de uno de sus nietos, celebrado con todos los latines, ornamentos y ceremoniales de la Iglesia Católica.

Anotan, rigurosos, las historiadores que, a pesar de sus reformas sobre divorcio y matrimonio civil, el presidente contrajo matrimonio católico al enviudar; y en su segundo período presidencial, con una alta dosis de realismo político, dejó sin sanción presidencial las reformas concordatarias en las que, con gran sabiduría, se había propuesto "que en todos los hogares se pueda rezar con fe y sin el temor de que la profesión de una creencia sea una declaración política o un acto de subversión contra las autoridades" (Mensaje al Congreso, 23-03-36).

Más de 70 años después de ese pronunciamiento laicista, el rosario del presidente Uribe en Palacio, su oración frente al cuerpo del padre Marianito o en la capilla del arzobispado, siguen siendo actos políticos que se miran como subversivos de la constitución de 1991.

Este trastocamiento de la naturaleza de una expresión religiosa ofrece curiosas analogías -al fin y al cabo los extremos se tocan- con la actitud registrada hace cien años en una carta pastoral de los obispos, en que se convocaba a los fieles a hacer parte "del partido del orden, partido que puede traer la paz, el partido de los que siguen a Dios". Que resultó ser el partido conservador. Entonces se convirtió al partido en Iglesia, posición que daría lugar al temor laicista de hoy, de ver las iglesias convertidas en partidos.

Un episodio resonante que alienta desde el subconsciente de los laicistas es el de la intervención de los obispos en las elecciones de 1930, cuando el arzobispo de Bogotá proclamó la candidatura del general Alfredo Vásquez Cobo y otros obispos cerraron filas alrededor del poeta Guillermo León Valencia. Como afirma el historiador Mario Latorre: "por el palacio arzobispal había un ir y venir de políticos y congresistas".

Al cabo de los años, la lección aprendida en ese episodio, en que "el partido de Dios" fue derrotado, fue asimilada por el episcopado, y hoy esa escena sería impensable. Pero los laicistas siguen temiendo el retorno de aquellas prácticas y se han vuelto hipersensibles. "La imagen que me llevo de mi país es la de una sociedad medieval", afirma una columnista aterrorizada por el regreso de la Constitución de 1886: "veo que Colombia retrocede a pasos apocalípticos", notifica para explicar su autoexilio.

Otro columnista registra el hecho estremecedor de décadas de secularización y de transformaciones sociales puestas en riesgo por la aparición de un estado confesional. Un lector laicista escribe atormentado por la pesadilla de la acometida política de la Iglesia, que según él, está dirigida en este intento, desde el estado Vaticano; que patrocina a través de sus vicarios castrenses las acciones violentas de los militares e influye, artera, en las políticas públicas a través de sus documentos políticos. Una columnista laicista se horroriza: "la religión ha invadido la política. En Estados Unidos, dos de cada tres electores, cree que el Presidente debe tener firmes creencias religiosas".

Como las beatas que se santiguaban cuando veían una mujer en pantalones o montada a horcajadas en un caballo, los laicistas se indignan cuando el presidente se persigna en público.

Habría que preguntarse, sin embargo, a quién hace más daño ese rosario televisado del palacio presidencial: ¿al Estado, que por eso se volvería confesional? O al mensaje de la Iglesia, por la posibilidad de manipulación propagandística de sus ritos. El rosario, el padre Marianito, la virgen María podrían estar ya en el cuarto de utilería en donde se guardan los recursos de propaganda política, entre vallas, pendones, cuñas publicitarias, besos a los niños o jugadas de tejo, que sirven para convencer a las masas de votantes de que el candidato o el gobernante es uno de ellos, que come y se divierte como ellos y que reza como ellos. Ese sería el peligro de esas devociones en público.

La pudibundería laicista se contradice. Alimentada en buena hora por el respeto y proclamación de los derechos humanos, por las ideas de libertad de expresión y de opinión, cuando ven a Ingrid y a su madre de rodillas, sienten pena ajena. Es absurdo, dicen, que al regresar de un secuestro de 6 años se hinquen para rezar, es algo que desentona. Es injusto que atribuyan su liberación a la Vírgen y no a los militares que sin embargo atribuyeron la operación a la bendición de Dios y del presidente Uribe. Todo eso, continúan, nos está poniendo en ridículo ante el mundo.

Son expresiones de laicistas inteligentes que, sin embargo, se niegan a ver que no es para tanto y que las creencias de las personas y de una sociedad, miradas desde cualquier manual de tolerancia, imponen respeto y además, el aprecio por lo diverso, en especial, cuando difieren del propio discurso.

Esta del respeto por la diversidad, es la parte sana del laicismo, que es una reacción contra la pretensión de los hombres de Iglesia de uniformar creencias, de imponer normas morales mediante leyes, de subordinar al Estado y apoyarse en él para cumplir sus tareas.

Dejen al presidente rezar su rosario, mientras no se crea investido de la misión de obligarnos a todos a hacerle coro; déjenlo encomendarse al padre Marianito, que no hace daño; dejen a los liberados hablar con Dios y con la Vírgen, los únicos interlocutores inspiradores que tuvieron cuando todos los demás les habían fallado. Nada de esto riñe con la muy necesaria misión de mantener la libertad de creer. El viejo López, ese precursor de laicistas, lo dijo: que en Colombia se pueda rezar con fe sin el temor de que la profesión de una creencia se vuelva o se lea como una declaración política. Eso es el laicismo, lo demás son santurronerías de laicistas.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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