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AFP
Los estudiantes chilenos denuncian la represión que han sufrido cada vez que salen a la calle a protestar.
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Juan Guillermo Tejeda
Santiago, Chile
Descuadrando otra vez a los medios, a los políticos y a la opinión pública, una jovencita de catorce años irrumpe en las pantallas: mientras la ministra de educación ordena sus papeles para retirarse de un frustrado diálogo sobre educación, la joven María Música Sepúlveda, alumna del Liceo Darío Salas le reprocha la represión que ellos han sufrido por parte de guanaco cada vez que salen a la calle a protestar. Sin escuchar, doña Mónica Jiménez de la Jara se da la vuelta y se dispone a abandonar majestuosamente el recinto cuando en eso la niña coge un jarro de agua que hay sobre la mesa y lo vacía sobre la ministra. Esta agacha su tórax enfundado en una chaquetilla de gamuza, sonríe con dolor, y sin mirar a su agresora ni a nadie se escurre hacia fuera con la mitad del peinado alisado por esas aguas.
Las ruedas de prensa que vienen a continuación tienen su interés. La ministra ensaya un chiste comparando agua de jarro y agua de guanaco, aunque su empatía con la audiencia es escasa. María Música, por el contrario, emerge como una nueva ídola de la noticia nacional. En su rostro pálido se abren paso la belleza adolescente y la rebeldía. No, no está arrepentida: mucho menos es un jarro de agua en la cabeza que ser arrastrada del pelo como ella, empapada por los guanacos, retenida quince horas en una comisaría y llevada a la fiscalía militar. No se arrepiente por estar en contra de una ley de educación que hace fácil el lucro privado y no se cuida de la educación pública. ¿Y por qué la van a echar del liceo, que es la mitad de su vida, la mitad de su mundo? Y si la echan igual entrará otro colegio, porque no van a dejarla sin educación... A su lado comparece una madre de silueta similar a la de la niña, aunque en su rostro no hay la luz serena de los años mozos sino más bien una rabia comprimida.
María Música nos mira con sorna, y observa desde su rebeldía al país entero, un país que se ha ido haciendo a zurcidos y remiendos, sin lavar previamente la mugre que hay debajo del lavaplatos. El instinto de estos jóvenes y el resentimiento de los adultos se vuelcan en contra de un sistema que se olvida a menudo de las personas, y sobre todo de la dignidad de las personas. El no tomar en cuenta a los demás, el dejar que cada cual se las arregle como pueda, el negociado permanente entre grandes empresas o poderosos intereses para hacer las leyes ignorando a la sociedad civil es uno de los pecados mortales de la política chilena. No serán demasiado profundos los conocimientos de educación o de política de María Música ¿aunque se maneja- pero sí sabe de humillación y de desconsideración. Eso lo conoce por experiencia propia, por instinto. Educarse en colegios de pobres donde van los pobres para aprender a ser pobres es menos divertido que educarse en colegios de ricos donde van los ricos para ser ricos. Y ese es el tufo que despide el actual proyecto de educación: los ricos con los ricos, los pobres con los pobres. Calidad A para los que puedan pagar, calidad B para el resto. La primera lección de la educación chilena es que toda la cháchara oficial sobre igualdad de oportunidades, equidad y solidaridad es eso, cháchara.
Mónica Jiménez no es Lucía Hiriart ni tampoco Paty Maldonado, no hay para qué confundir las cosas. Pero sí aparece como la señorita inspectora, la miss, la amiga de los obispos, la directora de modales secos que lleva las riendas de un sistema de educación clasista, injusto, vendido a los credos religiosos, a las trenzas de poder, a las familias oligárquicas. Y cuando nos habla Bachelet protestando débilmente por los malos modales y la escasa capacidad de diálogo democrático de la niña, uno ve en su rostro las mismas facciones rebeldes y blancas de María Música.
¿Hay que sancionar a María Música? ¿Corresponde expulsarla del colegio, como proponen los alcaldes Alcaíno y Zalaquett? ¿Hay que premiar a las chiquillas que lanzan jarros de agua a los ministros? ¿Es delictual el agua del jarro y legal el agua del guanaco? Duras preguntas cuyas respuestas deben buscarlas los actores del sistema, aquellas personalidades grises que asesoran a los ministerios y a los legisladores sobre la educación, aquellos que han instalado un sistema que es de los más privatizados del mundo, y que deja en manos de empresarios un rol que en todos los países desarrollados está en manos del estado.
Terra Magazine