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El Perú avanza, los peruanos retroceden

EFE
La falta de políticas sociales estaría estimulando a los menos favorecidos a protestas.

Marcel Velázquez Castro
Lima (Perú)

Huelga minera, paro agrario y paro nacional. Los conflictos sociales en el Perú se multiplican, pero sus imágenes revelan la heterogeneidad de los actores y la ausencia de banderas que cohesionen y otorguen dirección a las luchas. En las últimas semanas, el gobierno aprista ha sufrido una enorme ola de protestas sociales que formalizan la fractura entre la dimensión social y el campo político, la contraposición política entre Lima y las provincias, el predominio de las agendas locales y regionales sobre las nacionales, y la sustitución de la lucha de clases por la lucha por las utilidades entre los obreros y mineros.

Indígenas selváticos atacan con flechas a policías y queman local del gobierno regional en Puerto Maldonado, un minero muerto y cinco heridos de bala en un enfrentamiento con la policía en la sierra de La Libertad, maestros y empleados públicos marchan por las calles y plazas de todo el país contra el alza del costo de vida. ¿Qué tienen en común estas protestas? ¿Cómo ha reaccionado el gobierno aprista? ¿Por qué un país con notables índices macroeconómicos no puede establecer políticas sociales eficientes?

La torre de babel aloja a las protestas sociales en el Perú. Múltiples lenguajes que no se entienden ni dialogan, que no se conocen ni se respetan. Fragmentación y caos que no impide aglutinaciones oportunistas, como la Coordinadora Política y Social que funcionó como gran fuente para las acciones del paro nacional del 9 de julio. Sin embargo, una rápida revisión de las plataformas y las banderolas del paro nos devuelven la sensación de la ensalada mezclada con el postre y rociada con café.

En consonancia con las formas del capitalismo tardío, los nuevos conflictos sociales se caracterizan por su intensidad, flexibilidad y diversidad. Nada de identidades fijas o ideologías coherentes, la lucha contra la contaminación ambiental por la acción indiscriminada de las grandes madereras convive con la demanda de reparto de utilidades entre los mineros y la defensa de privilegios sindicales de empleados públicos. Se lucha por una mejor distribución de los ingresos del capitalismo global y, simultáneamente, por la defensa de los territorios y las identidades de de los pueblos indígenas.

Durante estos casi dos años de gobierno y sin mucho esfuerzo, Alan García ha logrado liquidar la oposición política de la arena oficial. Un errático Ollanta Humala y una cada vez más desvalída Lourdes Flores han dejado solo al Presidente y a su partido. Esto no significa que haya consenso y apoyo al gobierno: Alan García tiene una aprobación de 33,6% en Lima y Callao (Fuente CPI/RPP), pero en el sur andino y en la selva nororiental su aprobación no llega al 10% (Apoyo/El Comercio). Lo que ocurre es que hay un embudo: muchos descontentos sociales, pero pocas acciones políticas de oposición. Los heterogéneos rostros del creciente malestar social no logran transformarse en un sujeto político que pueda interpelar directamente las políticas públicas del gobierno.

En estos tiempos, los grandes sujetos sociales se han desvanecido. Sus restos circulan entre las redes del mercado como significantes vacíos que solo tienen el poder de iluminar el mundo kitsch o activar antiguos miedos. Por ello, el gobierno aprista dirigió una campaña mediática contra el paro nacional destinada a convertir a los huelguistas en agentes del terror.

No obstante que los limeños de sectores medios y altos viven con elevados estándares de seguridad, el gobierno logró crear entre ellos una sensación de temor. El obrero huelguista, el minero que levanta el puño, el agricultor andino que bloquea las carreteras -y a los cuales nuestra elite solo conoce por la televisión- se convirtieron en figuras del mal, en enemigos del progreso económico, en una grieta del luminoso camino rumbo al Primer Mundo.

El gobierno aprista obsesionado con sus fantasmas latinoamericanos quiso vincular las acciones de protesta del paro nacional con los gobiernos de Evo Morales y Hugo Chávez. Finalmente, decidió enviar a las Fuerzas Armadas a patrullar las calles. Paradójicamente, estas medidas solo avivaron la protesta y la dotaron de cierta identidad y cohesión.

País dividido. En Lima, el paro tuvo poca acogida. En provincias, el paro alcanzó altos niveles de adhesión. Mientras en la selva y la sierra, hubo violencia, las flechas y las piedras se enfrentaron con las balas; en Lima, hubo un desfile sindical que culminó en un mitin pacífico. Mientras unos pugnan por tener mayor presencia en la fiesta del capital global, otros solo buscan que las promesas de la modernidad (agua, luz, salud, etc.) se instalen entre ellos.

Las cifras macroeconómicas han catapultado al Perú a los primeros lugares de América del Sur. Con casi 15 años de crecimiento continuo del PBI, es una vergüenza que nuestro índice de pobreza sea de 44.5% (Instituto Nacional de Estadística e Informática) y que la desnutrición crónica en niños menores de cinco años alcance el 27% (INEI/UNCEF).

Es imposible no formular una hipótesis maligna: quizá el éxito de las políticas neoliberales requiere mantener a un importante sector de la población en la pobreza, en la incapacidad mental y en la ignorancia; sin esa mano de obra descalificada y barata, sin esos ciudadanos de segunda clase cuyo raciocinio está mermado irremisiblemente por el hambre, no sería posible el boom económico que tanto nos enorgullece.

Según el INEI, el empleo formal viene subiendo desde el año 2002. Sin embargo, los salarios reales están estancados e incluso, desde 2004, manifiestan una ligera caída. Si a esto le sumamos el aumento del precio de los alimentos y una incipiente inflación tenemos lo que ya conocemos: la economía del país marcha muy bien, la de la gente no tanto. El Perú avanza, pero muchos peruanos retroceden.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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