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AFP
Ingrid Betancourt dialoga con el canciller colombiano Fernando Araújo luego de su liberación.
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Antonio Morales Riveira
Bogotá, Colombia
Finalmente. Después de tantos años, de tantas manifestaciones, de tanta tinta, de tanta imagen, después de muchos momentos de optimismo y otros tantos de desesperanza, Ingrid Betancourt y catorce secuestrados más (entre ellos, los tres mercenarios gringos) fueron arrebatados de las manos de las FARC. Por lo menos en este caso la atroz mercancía del secuestro ha dejado de tener un valor. Quedan decenas, centenares de secuestrados en manos de la guerrilla; y ahora queda la paz por construir en Colombia. Pero aun así, el momento es de gran alegría.
Mucho se escribirá por estos días sobre las características del operativo que permitió la libertad de Ingrid y de sus compañeros de cautiverio. Ya han comenzado las especulaciones sobre cómo fue, quiénes participaron, etcétera. Sólo existe, por ahora, la versión oficial del gobierno colombiano y de los militares que lo lograron. Que si los gringos aportaron inteligencia, que si los israelitas intervinieron, que si los franceses... Lo único cierto es que la operación entrará en los anales mundiales de los éxitos de los servicios de inteligencia por limpia, respetuosa de los derechos humanos, 100% eficaz, imaginativa y, como lo dijo la propia Ingrid, "perfecta".
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La liberación de estos quince secuestrados, con Betancourt a la cabeza, tiene efectos definitivos en el conflicto armado colombiano y necesariamente en el futuro de la política en este país. El primer efecto, valga decir, el gran triunfo, recae sobre la propia persona del presidente Álvaro Uribe y, con él, sobre el futuro de su política de Seguridad Democrática. Después de la liberación, Uribe se ubica aun más arriba en la cresta de la ola de la popularidad, con un país entero (incluida la oposición) que reconoce el éxito y celebra alegremente. Cuando su situación política era la más difícil por la puesta en duda de la legitimidad de su reelección en el 2006, debido al encarcelamiento de la ex congresista Yidis Medina, a quien la justicia colombiana condenó por haber recibido prebendas para votar a favor de esa reelección en el Congreso, el presidente (¿fueron planeados los tiempos de la liberación para opacar la crisis institucional?) adquiere una nueva y contundente legitimidad nacional y sobre todo internacional. Su llamado a un referendo para refrendar de nuevo en las urnas su reelección en el 2006 parece hoy innecesario. El golpe demoledor contra las FARC lo ha puesto en la situación ideal de no tener que contestar a sus detractores, amparado en un largo momento de gloria que no aminorará en varias semanas. Pero con Uribe nunca se sabe. Su audacia y no pocas veces su ira frente a los ataques lo pueden llevar a volver a contestar la legitimidad de la Corte Suprema de Justicia, cuando ya no es necesario, encaramado como está en la nube del éxito.
Frente a la posibilidad de una segunda reelección en 2010 y una nueva reforma constitucional que la avale, Uribe, quien ya tenía las mayorías nacionales y en el Congreso, ahora está "fuera de lote". Hará lo que quiera, y con este y nuevos golpes que vendrán contra las FARC todo se le dará y todo, hasta lo ilegítimo, le será posible. Paradójicamente, la única piedra en el zapato de su futuro reeleccionista, por ahora, es su propia creación: el Ministro de la Defensa Juan Manuel Santos, con quien le ha tocado compartir la gloria de las liberaciones. No en vano fue Santos quien coordinó y gestó la operación "Jaque" que liberó a Ingrid. Y mostrándose ampliamente como protagonista principal al lado de Ingrid, Santos logró posicionarse como el perfecto post-Uribe. En Colombia todo el mundo sabe de las ambiciones presidenciales de Santos y se le ve como un heredero natural de Uribe y de su doctrina de Seguridad Democrática. El interrogante sigue siendo Uribe: ¿se quiere quedar hasta el 2014 o está construyendo a su sucesor? A dos años de las elecciones presidenciales, por lo menos por el lado uribista, ante la decisión de Uribe de darle paso a otro, ya hay un nombre: Juan Manuel Santos. Todos los demás aspirantes en la derecha están tan derrotados como los jefes de las FARC.
Uribe no sólo ha limpiado de nuevo su imagen, sino que con este golpe maestro asegura la sucesión, sea él mismo o Santos (a no ser que en dos años la oposición se fortalezca y derrote el proyecto uribista). De otro lado, tanto Uribe como Santos dependen de la lucha contra las FARC. Si las acabaran antes de las elecciones, ¿qué política exhibirían? Es lo único que tienen, la existencia de las FARC, el eterno combate, los éxitos en ese terreno. Pero sin las FARC, ni Uribe ni Santos ni la Seguridad Democrática tendrían sentido. Más cuando la crisis social colombiana aumenta día a día y el descontento popular es tan grande en el bolsillo como lo es su admiración por Uribe en lo militar. ¿Podrá más la vanidad y Uribe querrá un nuevo período? ¿Ya con su puesto bien asegurado en la historia nacional e internacional, le dará paso a Santos? En uno u otro caso se trataría de la reelección de una política que no necesariamente implica la paz para Colombia.
Las FARC. Peor no pueden estar. A las catástrofes de la muerte de Raúl Reyes bombardeado por el ejército en el Ecuador, el fallecimiento del comandante máximo Manuel Marulanda y la caída de numerosos mandos altos y medios, se suma este enorme golpe. Esta vez su soledad es total. En Colombia nadie les apoya, hasta la oposición de izquierda democrática celebra los éxitos del gobierno y en el exterior, sus supuestos aliados cercanos también les han dicho basta. Chávez, en Venezuela, Fidel castro en Cuba, Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia han sido claros: el secuestro es inaceptable y la guerra de guerrillas ya hace parte de la historia. Cuando además sus luchas por la equidad social están en entredicho por su accionar al lado del narcotráfico, ahora les arrebatan la gran carta política que les permitía negociar nacional e internacionalmente: Ingrid. Su política fundamental, el secuestro, se ha visto enormemente debilitada, así queden un puñado de militares en su poder. Perdieron hasta los tres mercenarios gringos. Si bien preservan el grueso de sus tropas, su significado histórico empieza a disolverse en la suma de derrotas. Y lo que es peor, están resquebrajadas, incomunicadas, penetradas, infiltradas... No de otra manera se puede explicar cómo el ejército hasta suplantó a sus mandos para armar la trampa del falso helicóptero en el cual supuestamente otros guerrilleros recogerían a Ingrid, cuando en realidad eran fuerzas del ejército. Las deserciones no cesan, la moral debe estar muy cerca al piso y el nuevo comandante, Alfonso Cano, no da señales de vida política.
Con los nuevos acontecimientos, el país espera que esa guerrilla entre por el camino de una negociación, que le conviene, antes de que le sean propinados más golpes que la pondrán aun en mayor debilidad para dialogar. La bandera del intercambio humanitario de guerrilleros por secuestrados se ha desmoronado, las FARC apenas resisten a la defensiva. Sería el momento de la grandeza, del pragmatismo, de la historia. El momento de negociar y acabar esta guerra, cuando aun tienen fuerzas para equilibrar la negociación. ¿Si a Uribe en el fondo no le conviene acabar la guerra contra las FARC, ¿entenderán las FARC que es ahora a ellos a quienes les conviene detener el desangre?
Ingrid. Ya libre se convierte en una figura definitiva en la política colombiana. Pero nuevamente los errores de las FARC han servido en bandeja para que Betancourt sea cooptada por el gobierno y por Uribe. Si la hubieran liberado unilateralmente, Ingrid habría entrado directamente a la oposición a Uribe y a sus políticas de seguridad. Pero liberada por Uribe, Ingrid no puede hacer nada distinto a alinearse, como lo ha empezado a hacer, al lado de una política que le significó (tarde, desde luego) su libertad. Nueva ganancia de Uribe: haber liberado a Betancourt le quita del camino a una fuertísima opositora, la anula como alternativa anti-uribista. De tal modo que por lo pronto Ingrid solamente podrá desarrollar su lucha por la liberación de los demás secuestrados, pero de la mano del gobierno que la liberó. Quizás llegue a lanzarse a una aventura electoral, pero dentro del establecimiento, donde, por ahora, no tendrá ninguna oportunidad. Y por fuera del establecimiento... Por fuera ya no está. Uribe, en triple jugada maestra, anuló a las FARC y a Ingrid, y se legitimó. ¡Chapeau!
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