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AFP
Walter Veltroni en conferencia de prensa en sus oficinas de campaña, poco después de reconocer la derrota frente a Silvio Berlusconi.
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Vera Gonçalves de Araújo
Roma, Italia
Socialistas y comunistas italianos, desde 1919 (PSI) y 1921 (PCI) nunca dejaron de tener presencia en el parlamento italiano. Únicamente durante los 20 años de fascismo fueron expulsados, declarados ilegales y obligados a la clandestinidad por Mussolini. Noventa años más tarde, después del escrutinio de votos de las elecciones políticas del 13 y 14 de abril, descubrieron que quedaron fuera de la Cámara y del Senado.
La coalición Sinistra Arcobaleno (izquierda arco iris), que reunía a la Refundación Comunista, Verdes, Partido de los Comunistas Italianos y un grupo de democráticos de izquierda que no quisieron entrar en el Partido Demócrata de Walter Veltroni, no obtuvo un número suficiente de votos para superar la barrera mínima de 4% en la Cámara y 8% en el Senado, que otorga derecho a una banca parlamentaria. El PS liderado por Enrico Boselli, que orgullosamente rechazó entrar en el PD, le fue peor aún: en toda Italia, el resultado de los socialistas está allá en el fondo, perdido entre los cero coma algo del folclore mezquino de la política italiana.
Aún en las tradicionales regiones "rojas" de Italia, como Emilia y Toscana, los electores prefirieron apostar a la izquierda reformista y moderada del PD de Veltroni, que se afirmó con el 33,6% de los votos contra el 38% del PDL de Berlusconi. El colorido y confuso grupo de izquierda radical, liderado por el viejo comunista y ex presidente de la Cámara Fausto Bertinotti, no pudo y no supo ofrecer garantías de una seria oposición a la derecha berlusconiana. En algunas zonas del país la Izquierda Arcobaleno no llegó al 2% del electorado.
Uno de los más inteligentes y lúcidos líderes comunistas, el gobernador de Apulia Nichi Vendola, sintetizó la situación de este modo: "No nos dimos cuenta de que estaba sucediendo un terremoto bajo nuestros pies".
Pasado el desastre, ahora es momento de renuncias, análisis, recriminaciones. La extrema izquierda fuera del parlamento es, para muchos comentaristas, una grave pérdida para la democracia italiana. El filósofo Massimo Cacciari, prefecto de Venecia que pertenece al PD, expresó: "Es un riesgo para la democracia en el país, pues la ausencia de una izquierda radical puede crear nuevas tensiones". La previsión es de una radicalización de la acción de los partidos excluidos del parlamento, que puede acabar desahogándose en las plazas, las calles, en el sindicato, en los gobiernos municipales (en el voto local no existe límite para la elección).
Por televisión, los dedos de comunistas y socialistas apuntan sin ninguna duda hacia el chivo expiatorio: Walter Veltroni, quien quiso postularse solo a las urnas para no repetir el desastre de la experiencia de coalición de Prodi, asesinada por luchas y venganzas de sus enanos de derecha y de izquierda. Para convencer a los italianos de que el PD podía gobernar mejor que aquel ejército de Brancaleone que fue el gabinete de Romano Prodi, Veltroni sacrificó el ala izquierda, dando espacio a candidatos del mundo empresarial, a mujeres, a trabajadores sin filiación comunista.
En lugar de buscar comprender por qué la clase trabajadora prefirió votar a la Liga del Norte o a Berlusconi, los militantes comunistas prefieren hacer la lista de las culpas de Veltroni. Hasta después de una derrota aplastante subsisten los "pequeños" defectos que la izquierda radical italiana cultiva con celo: la ausencia de un análisis frío e imparcial de lo que cambió en la sociedad y el mundo con la caída del muro de Berlín, la eterna vocación opositora, la tendencia a decir siempre "no" a novedades y proyectos. El mejor ejemplo de esa ceguera son las montañas de basura que abarrotan las calles de Nápoles. Todos los partidos de la Izquierda Arcobaleno hicieron su campaña electoral sin decir cómo resolver el problema, pero subrayando que están en contra de la construcción de usinas para quemar la basura de la región.
Terra Magazine