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Wikimedia/Massimo Finizio/Gentileza
Chiara Lubich, fundadora y presidenta del Movimiento de los Focolares en Castel Gandolfo, Italia.
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Vera Gonçalves de Araújo
Roma, Italia
Varios lectores me escribieron para hablarme de Chiara Lubich. Creo que es importante aceptar pautas de quien nos lee, y en este caso hablar de Chiara no es sacrificio alguno.
No conocí a la fundadora y guía espiritual del Movimiento de los Focolares. O mejor, conocí sus palabras, no su rostro ni sus manos. En uno de los años más horribles de mi vida, una amiga me regaló un libro de ella, un libro que hablaba de Dios de una forma que yo misma, que fui católica sólo hasta los diez años de edad, conseguí entender.
Al final todos comprenden el lenguaje del amor, hasta los ateos. Investigando sobre el Movimiento de los Focolares, descubrí que en él participan católicos, musulmanes, monjes budistas, judíos y ateos. Chiara Lubich y Teresa de Calcuta fueron las más grandes creadoras de fe del siglo pasado, pero Chiara, nacida en Trento, en el norte de Italia, nunca quiso convertir a nadie. Su movimiento, creado en 1943 por un grupo de amigas que se habían reunido para ayudar a quienes huían de la guerra, hoy posee dos millones de seguidores en el mundo entero.
Por lo que aprendí de mis investigaciones (con la salvedad de que soy muy ignorante acerca de religión), los Focolares son un movimiento de laicos, con el propósito de vivir todos los momentos de la vida observando preceptos espirituales, sin importar si son cristianos, budistas, hinduistas o musulmanes. Lo que lleva tanta gente (y tantos jóvenes) a los Focolares puede ser el mismo impulso que provoca explosiones de fundamentalismo: el rechazo al materialismo, la búsqueda de una nueva espiritualidad, de disciplina, de reglas, a cambio de la sensación de pertenecer a una gran tribu. Después del fracaso del comunismo y ante los excesos del capitalismo, este impulso es cada vez más fuerte. La respuesta fundamentalista siempre es negativa, la de los Focolares parece una opción de esperanza, que recupera inclusive algunos elementos saludables del socialismo.
Chiara Lubich murio la semana pasada a los 88 años. La misa que reunió una multitud de hijos e hijas, hermanos y hermanas en la basílica de San Pablo Extramuros fue, más que una liturgia, una fiesta. Gente de todas las razas y edades cantó y rezó y organizó picnics en los jardines de la basílica. No había tristeza, en su lugar reinaba la gran serenidad de una vida bien vivida y la fuerza del ejemplo de Chiara. Algunos años atrás ella le pidió a Juan Pablo II (quien aceptó) que la guía de los focolares siempre fuese una mujer, para que el "genio femenino" de su obra no se perdiese.
Paseando entre la gente de Chiara en una mañana casi de primavera en Roma, alcanzaba paa sentir cuán importante es ese "genio femenino", y cómo muchas veces varios cardenales y patriarcas de la Santa Sede menosprecian o intentan ignorar este hecho evidente.
Terra Magazine