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Los políticos italianos, más despreciados que las prostitutas

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24 de enero de 2008 Romano Prodi perdió la moción de confianza en el Senado italiano, lo que causó la caída de su propio gobierno.

Vera Gonçalvez de Araújo
Roma, Italia

El país más viejo del mundo se prepara para las quintas elecciones en los últimos quince años. Según todos los analistas, además de vieja (larga vida y pocos niños), Italia se convirtió en un país egoísta, empeñado en la defensa de los retazos de felicidad conquistados a duras penas en los años pasados. Una tierra que el año último vivió una ola de deslegitimación de sus políticos, acusados de incapacidad y de haber construido un sistema de servidumbres sin igual en el mundo. Prácticamente, en la Italia actual, los políticos son más despreciados que las prostitutas.

Un país con pocos ricos, con la mayoría de la población viviendo de la compra a crédito. Los operarios italianos ganan menos que los españoles y los griegos (franceses y alemanes, ni pensar). Con cuatro millones de inmigrantes que hacen casi todo el trabajo sucio, en los campos, en las oficinas, en las familias.

Las esperanzas y los ideales que marcaron la campaña electoral de 2006 desaparecieron. Los temas de aquel momento (conflicto de intereses, paz y guerra, lucha al terrorismo, honestidad, lucha contra la mafia, programas decentes para la televisión) fueron liquidados por una formidable invasión de devotos y beatos en todos los sectores de la vida pública italiana, un fenómeno sin igual en Europa. Por aquí se come y se bebe Papa a cualquier hora del día y de la noche, se acusa a las mujeres de asesinas no sólo en caso de aborto, sino hasta si toman la píldora anticonceptiva.

En pocas semanas, un terremoto derrumbó lo que quedaba. La mujer del ministro de Justicia fue encarcelada, su marido recibió aplausos unánimes en el Parlamento, cayó el gobierno de Prodi, la mujer del ministro fue liberada y le agradeció al Padre Pío (el santo más popular del país) por su ayuda. Ahora, en el escenario político, dos hombres se disputan el voto de los italianos: Walter Veltroni y Silvio Berlusconi. El primero representa la Italia buena gente, un poco cansada, con un toque de juventud (por aquí los jóvenes en general tienen 50 años). El segundo es el zorro peludo y millonario que está en carrera por quinta vez con sus 71 años bien vestidos, teñidos y estirados.

Walter eliminó de su mundo a la izquierda radical, considerada un residuo inútil del siglo pasado. Todos alabaron su coraje. Se presenta como el Obama italiano, capaz de construir, finalmente, un partido de centro-izquierda. Hace años se prepara para la gran prueba y sabe que no tendrá una nueva oportunidad, mientras que Obama, si no gana esta vez, ganará en la próxima.

Silvio anexó el partido neo-fascista y una larga lista de enanos conservadores y se presenta vistiendo un pulóver negro debajo de un saco negro, estilo "duce" del nuevo milenio. Las investigaciones apuestan a que ganará una vez más: es rico, es práctico, y ese aire suyo de gangster satisfecho y sabio agrada. Walter se presenta como el David contra Goliat, y mucha gente (un 35 por ciento del electorado) lo alienta para que acierte por lo menos un piedrazo en la cabeza del viejo "duce".

Los electores exhaustos asisten a debates electorales, comicios y "showmícios", e irán a votar por enésima vez, para después pasar la noche delante del televisor esperando los resultados con los amigos y alentando a sus candidatos. El mejor resultado (según la filosofía del fútbol italiano) sería un honesto 0 a 0, pero un 1 a 0 también está bien. Si Silvio, el moderno "duce", ganase por goleada, el único consuelo será saborear la dulzura de volver a ser la eterna minoría en el país de los viejitos.

Vera Gonçalves de Araújo es periodista, nació en Rio, vive en Roma y trabaja para periódicos brasileños e italianos.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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