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Nueva York quiere tener otra vez sus Torres Gemelas

Reuters
El lugar donde estaban las Torres Gemelas.

Marcelo Carneiro da Cunha

El tiempo es realmente el gran diluyente universal. Seis años pasaron, el mundo cambió bien para peor desde entonces, pero las personas siguen su camino más o menos normalmente en esta época nada normal. Eso pude confirmar en mi nuevo paso por la capital del Imperio, New York City, tierra de la libertad, de los locos en el metro y en el taxi de Scorsese.

En mi actual condición de gran viajante internacional fui nuevamente a pasar dos escasos días en la ciudad que nunca duerme, a no ser de noche, y temprano, que se sepa. Rélax a finales de semana, reuniones de trabajo el lunes y allá vamos nosotros, vía American Airlines, que nunca me pareció tan desagradable.

No sé lo que ocurre con las compañías americanas, pero creo que siempre fueron malas, sólo que ahora son peores. Ya en el mostrador de check in el sujeto que ocupa el lugar me trata con la rudeza básica de quien cree que alcanzó al paraíso por ser empleado de una empresa americana. Yo soy simpático, pero en vez de al paraíso se me somete al infierno de un Boeing 777 atestado y con un espacio para las piernas digno de quienes tuvieron el infortunio de pisar una mina terrestre antipersona.

Esto es el día ocho de septiembre, a sólo tres de la gran fecha del horror y, por lo que veo al llegar, nadie parece estar muy interesado.

Voy al hotel, reformado con un design sensational, que queda en el área de los teatros, cerca de Times Square, el peor lugar de la faz de la tierra para mí que no me gusta el teatro y estoy rodeado por él. Times Square y sus multitudes de turistas tienen la capacidad de hacer que mi amor por la humanidad sufra un súbito acceso de bronquitis alérgica.

Un grupo peruano descubrió la electricidad y ahora, aquel monumento de flauta andina que era El condor pasa, lo tocan pasteurizado por un sampler. Dios nos salve.

Al lado de mi hotel descubro un templo (?) de la tal iglesia de la Cientología. Casi me hago cientologista sólo para poder mantener conversaciones bien informadas con mis compañeros de iglesia Tom Cruise y John Travolta. Sólo mi sentido de la ubicación y del ridículo me mantuvieron del lado correcto. Pero dan ganas de ir allí a ver la película que ellos muestran cada quince minutos sobre Dianetics, ¡o lo que quiera que sea esa bobada! Este mundo es de los vendedores. En la noche del sábado escucho varias bandas excelentes y gratis, lo que las hace prácticamente las mejores bandas del mundo. El domingo una fiesta estupenda en el Village, donde las chicas deshinibidas usan Hawaianas. Un amigo me asegura que Chloe Sevigny y un tipo de Smashing Pumpkins están allí, en algún rincón, y yo iría a mirar si no fuera contra mi filosofía de vida dar mucha pelota a quien no escribe los textos que dice o canta.

Todo eso es la preparación para el día D, 11 de septiembre. Creo que este anticipo tiene el efecto de una última comida para un condenado, para olvidar lo que se vio o sintió o vivió este mismo día, hace seis años ya.

Yo aprovecho esta venida para caminar por las mismas calles desde donde vi el incendio que consumía las ex-torres hace seis años. Recuerdo la imponencia deslumbrante e irresponsable de ellas, me acuerdo de los camiones de bomberos yendo, los que -después se supo- no volvieron. Recuerdo las personas cubiertas de cenizas y escombros subiendo por la Tercera Avenida, una mujer con un zapato de taco alto en un pie, el otro sin, caminando en estado de shock.

No creo que cualquier persona consiga luchar con una tragedia de este tamaño. Es demasiado para nuestra comprensión, como lo fueron Dresden, Hiroshima, Nagasaki, Treblinka. Para las personas que estaban en la ciudad, y yo fui una de ellas, la cosa es más personal y dolorosa. No soporto ver las imágenes de los aviones chocando contra las torres, por ejemplo, después de todos estos años.

Oí en la radio que hay mucha gente en contra del horroroso proyecto de alguna empresa conectada al gobierno Bush para hacer con las torres lo que hace en Irak. No quieren estos edificios sin gracia, quieren el World Trade Center de vuelta como era, para demostrar al mundo que no van rendirse, y que reconstruir Manhattan del modo que era puede ser el mejor de los símbolos. Yo creo que apoyaría esta idea, pero ¿quien iría a querer alquilar un espacio y llevar a su empresa a un lugar tan marcado, en un mundo con tantos Bin Ladens sueltos?

Vuelvo a Brasil, curiosamente me piden que vaya a un programa femenino de televisión para dar un testimonio sobre el 11. Llego a Guarulhos y me llevan directo a los estudios. No sé si a las espectadoras les interesa, pero es una pequeña forma de prestar mi homenaje a los que murieron aquel día. Yo siento y lloro por ellos, de un modo que no sé demostrar. Siento especialmente por los pasajeros de aquellos aviones, víctimas lúcidas de la barbarie.

Yo soy un optimista por el gusto de serlo, más o menos como dijo Gramsci. Pero, estando en Nueva York, recordando lo que vi, mi voluntad flaquea y el optimismo llora. Y asimismo, de algún modo, seguimos adelante en este mundo que prefiere ser bomba en lugar de lo que debería ser.

Marcelo Carneiro da Cunha es escritor y periodista. Escribió el argumento del cortometraje "O Branco", premiado en Berlín y otros importantes festivales. Entre otros, publicó el libro de cuentos "Simples" y la novela "O Nosso Juiz", por la editora Record. Acaba de escribir la novela "Depois do Sexo", que será publicada en septiembre por la Record. Dos largometrajes están siendo producidos a partir de sus novelas "Insônia" y "Antes que o Mundo Acabe".
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