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AP
Erradicadores de plantas de coca en Sierra de La Macarena, durante la operación Colombia Verde.
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Javier Darío Restrepo
Bogotá, Colombia
Con la vida a cuestas, los campesinos erradicados de La Macarena llegaron a la ciudad. Los han derrotado, pero no están vencidos. Jorge, uno de los primeros colonos, alto, flaco, de cabello negro y liso, es un fundador de veredas que algún día se recordará como hoy se evoca a los míticos fundadores de pueblos; ha permanecido en silencio porque "no quiere hablar de eso". Se refiere a la triste historia que están viviendo. "Hicimos todos los trámites pero no nos reconocieron como desplazados. Nos discriminaron, no se nos dio ninguna ayuda de Acción Social. Somos 105 personas, de esas 39 familias entre mujeres, niños ancianos. Sobrevivimos gracias a la ayuda del pueblo, a lo que el comercio nos regala. A todos se nos tilda de guerrilleros". O como guerrilleros o como criminales. Cultivaron coca porque fue la única posibilidad que les quedó. Hoy, son desplazados, pero sin las ayudas ni el status de desplazados. Pertenecen a otra categoría aún más baja: son los erradicados, algo así como los parias entre los parias.
"El mismo ejército les sugirió a las familias salir de la zona. Llegaron, me hicieron matar gallinas, yuca, caña. Me hicieron acabar con todo y me dijeron: sabe que lo mejor es que salga y se vaya porque detrás de nosotros viene un operativo más bravo y no respondemos. Entonces uno se va con la familia, pues le da miedo; por eso preferí salirme y dejar la casa ahí sola, y bestias, gallinitas, marranos. Trabajé hasta el 18 de enero, que fue cuando nos tocó salir. Me demoré unos días y me fui para Bogotá". Lo dice con una voz neutra, pero lo traicionan los ojos en los que se ve el brillo indignado de la tormenta que lleva por dentro. Él y otros campesinos que lo acompañan vinieron, probablemente, porque pensaron que la peor diligencia es la que no se hace; aunque después de incontables gestiones inútiles, poco esperan de la gente de ciudad.
Aún no entienden por qué lo perdieron todo de un día para otro y por qué nadie les tiende la mano. El gesto se les vuelve arisco cuando recuerdan que llegaron a estas tierras de la serranía de La Macarena con una ilusión intacta: "A caño Ceiba yo llegué con 2000 pesos en el bolsillo, y me puse a trabajar. Dejé a la señora allá y me vine a ver si era cierto. Al llegar, en el momentito me convocó un señor que necesitaba un servicio en la cocina y ahí mismo me fui por ella, la traje y comenzamos a trabajar. No le voy a decir que no me iba bien, porque a los días me dieron 6 hectáreas de tierra y las planté con pasto y coca. Las alcancé a vender y conseguí otra tierra más amplia; el error fue no haber sacado algo para afuera. Comenzamos a invertir: la casa buena, cambullones, cercas, pero cuando me pellizqué para salirme ya era tarde: comenzaron los hijos a crecer y la guerrilla en la casa bregando a conquistarlos. El día que decidí salir, ya era tarde".
"Yo llegué con un señor que ya había estado trabajando por acá y me dejé llevar por él, que por acá era muy bueno. Trabajé, sembré y todo lo que llegué a tener, ahí se quedó, porque no pensamos en sacar algo sino en invertir". "Nosotros llegamos buscando un futuro bueno. Llegamos buscando un trabajo para la comida y la verdad, sí encontramos comida, ropa, de todo". Así fue, encontraron una tierra y una selva, bravas; pero, además, descubrieron gente buena. "Los que llegamos allá, prácticamente el 90%, no somos gente nacida en La Macarena. Somos gente desplazada de otras partes, no por fuerzas mayores sino por la pobreza en que hemos vivido. Hay varias personas huyéndole a la justicia, que no pueden salir. Al ocultarse en la selva hacen un plante y están a salvo de la justicia. La selva es como una cárcel, pero esa sí para regenerarse. La región ofrecía la posibilidad de cambiar la situación y construir un mejor futuro".
"Estando allí nosotros estábamos ilusionados porque algún día podríamos tener un título, que podríamos ser propietarios de esa tierra que no estaba muy lejos de san José. Había un proyecto de titularnos esas tierras y nos dejamos llevar de eso. Pensábamos que después nos iban a tirar una carretera y que entonces podríamos sacar el cultivo. Íbamos a ver cómo acabábamos la coca y nos poníamos a hacer otros plantes, eso llevaría tiempo pero sí se titulaba la tierra. Nos dejamos llevar por eso y por falta de estudios y de conocimiento nunca llegamos a leer en un papel que eso nunca iba a ser titulado porque son tierras baldías, nunca tituladas".
En este punto de la conversación todos quieren agregar algo, no porque esperen mucho de esta reunión, sino porque la frustración se les ha convertido en indignación. Sabían que al sembrar coca se ponían fuera de la ley, pero hay una ley superior: la de sobrevivir. "Las cosas difíciles son las que uno pretende hacer muchas veces sin proponerse esa vaina: eso era obvio que era ilícito, pero de un momento a otro podía cuadrarse, en dos años trabajando. Si a usted lo dejan trabajar, en dos años puede hacerse a 1000 millones de pesos".
"La coca tiene algo muy importante y es que produce mucho empleo, hay mucho empleo para la gente, hay en qué trabajar. A la gente se le paga, se la mantiene bien, porque al tipo que no se le mantiene bien, tenga la seguridad de que abandona y se va". Eso fue ayer, hoy en el estadio está su único alojamiento después de su abrupta salida de la tierra que habían cultivado. Hasta ellos llegó un funcionario, tablita y papeles en mano, y se quedó mirándolos, mientras preguntó: "¿Ustedes son los que vienen de Puerto Concordia?" Como ellos estaban recién llegados, de momento, les alegró que alguien los tuviera en cuenta. "Sí, somos nosotros", respondieron, y el hombre lanzó un gesto de fastidio: "Váyanse antes que llame a la policía". "¿Por qué?" "¿Cómo que por qué?", replicó, "ustedes son coqueros y guerrilleros".
No aceptó explicaciones, que son las que ahora repiten. ¿Por qué guerrilleros? "¿Sabe qué reúne al personal allá en el monte? La guerrilla. O aparece aquí o se muere. Era obligación ir a la reunión o tocaba pagar multa: 100 mil o 200 mil pesos. O le montaban inquina a uno. Con la guerrilla es tan berraco jefe, es tan berraco que cosas que no ha hecho el gobierno, la guerrilla sí las hace, como marcar una carretera de san José del Guaviare a Caquetá. No hay río, roca, nada que los pare. Fuerza bruta y dele. Lo que pasa es que en La Macarena manda la guerrilla: aquí mandan ustedes, allá mandan ellos. Vaya por el río: aquí está la armada, y quince minutos más adelante hay retén de la guerrilla. Ahí comienza su territorio. Esto lo saben todos y lo respetan. Hubieron reuniones que nos decían: cuando vayan a salir del pueblo nos avisan a qué van a ir, que a tal parte o a tal otra. Debe haber una firma que diga que usted salió tal día y a qué hora".
Aferrados a su puñado de tierra y a su ilusión de futuro, aceptaron y convivieron con la guerrilla como con un mal necesario. Y hubieran convivido hasta con las fumigaciones. "Las fumigaciones empezaron desde siempre, pero las que ya fueron continuas fueron desde el 2000 para adelante. Yo tuve una en el 96, hubo una brava. Después fumigaron a uno que otro en el 2002. Ahorita en el 2007, hubo otra. La fumigación hace lo mismo que a las hormigas, las hormigas se matan y las que quedan construyen adelantito su camita otra vez. Si a uno le fumigan la comida se va para donde el vecino y decíamos: a usted le quedó yuca, y ahí se sostenía uno mientras volvía a cultivar. Si pasó una avioneta que fumigó de pronto la mitad, uno sobrevive con la otra mitad y el resto lo deja que se rastrojee y después de cuatro meses, uno vuelve y siembra.
Ahorita hace como un mes hubo fumigaciones y fumigaron comida, pasto, porque ellos no respetan nada. A la coca le tiraron por las orillitas y fumigaron la comida y el pasto, lo hacen como para que la gente se muera y se tenga que salir. Mire, en este momento la trocha de ganadera ya no da, no da ni siquiera yuca, la tierra se esteriliza de una manera tan berraca que ya ni tierra da".
Pero a Puerto Concordia llegó algo peor que las fumigaciones: "Llegaron los erradicadores y el ejército. Como 900 personas. Acabaron con todo porque se comieron yuca, plátano, las gallinitas, quemaron las casas. Fue el pánico. En mi caso, la casa. Al ver el operativo, me decía uno del orden público: pobrecitos, porque aquí va a quedar sólo desierto. En la casa, habían tumbado puertas y todo estaba vacío, las maticas de yuca, de plátano, de coca, todo lo arrancaron. Otro temor que nos quedó: que si le doy un plato de comida a un soldado, o le colaboro, entonces la guerrilla lo culpa a uno como colaborador del ejército. Los trabajadores se salieron cuando eso comenzó a ponerse feo. Unos se salieron porque tenían sus bichitos, su finquita, enseres, semovientes; estaban pegados a lo suyo, pero cuando se complicó uno tiene que decidir entre su vida y sus bienes, y de la vida a los bienes, 100% a la vida".
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Terra Magazine