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AFP
La senadora Hillary Clinton: como su marido, una persona inclinada a las "técnicas de campaña sucia".
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Oscar Raúl Cardoso
Buenos Aires, Argentina
Es bastante más que posible -de acuerdo con las encuestas- que este martes 12 Barack Obama se lleve a su campo los delegados en juego en los tres distritos en los que se celebrarán primarias ese día: Maryland, Virginia y Washington D.C., la capital de la nación. Si esto sucede tal y como ha sido predicho en las últimas horas, quedará confirmado que la candidatura presidencial demócrata está aun sumida en la situación en que la colocaron los resultados del súper martes una semana antes. Ese lodazal tiene un peligro potencial: sangría por interna.
La clave de esta ubicación de la puja por la nominación será cuando se produzca el anuncio de que Obama posee una ventaja nítida sobre Hillary Clinton en el número de delegados a la convención demócrata que elegirá la fórmula presidencial. Hasta el presente, Obama posee una tímida superioridad de unos 70 convencionales electos sobre un total de aproximadamente 2.000 elegidos (quedan 1.200 por escoger). La pelea entre los contendores demócratas puede volverse feroz a partir de ese momento, y ese enfrentamiento posiblemente redundaría en un indeseado desgaste para el momento en que cualquiera de los dos que gane deba enfrentar en la campaña general al adversario republicano, casi con seguridad John McCain, de Arizona.
La situación de la candidatura demócrata es, además de preocupante para sus simpatizantes, extremadamente curiosa. Las votaciones realizadas hasta el presente para definir las candidaturas de ambos partidos han mostrado que los demócratas están -después de ocho años de gobierno de George W. Bush- en mejores condiciones que los republicanos para ganar la Casa Blanca en noviembre próximo. Los demócratas han movilizado más jóvenes, se han quedado con el voto de los sectores con mayor educación -notoriamente influyentes a la hora de dominar el debate público-, Obama y Clinton pelean de igual a igual por la superioridad en la adhesión de las minorías hispana y negra y hasta han logrado, por primera vez en mucho tiempo, perforar la hegemonía republicana entre los grandes contribuyentes. Así y todo, los dos candidatos parecen enfilar hacia un lugar de disputa en que los guantes caen y los golpes vienen directos desde el puño.
Dos características de cada uno de estos candidatos resultan particularmente preocupantes. Los Clinton -tanto la senadora como el ex presidente, su marido- se caracterizan por una clara tendencia a lo que podría denominarse "técnicas de campaña sucia", aquella en la que el carácter público del opositor es sistemáticamente horadado. Algunas de estas "técnicas" han tenido un efecto boomerang para Hillary en esta campaña, pero nada indica que aquella preferencia por el juego pesado haya desaparecido.
De cara al esfuerzo electoral de Obama, algunos observadores señalan que su base está llegando a un punto en que solo puede aceptarlo al senador -y a nadie más- al frente de la fórmula. El economista Paul Krugman escribió hace unos días en The New York Times que los cuadros de Obama estaban alentando un peligroso "culto a la personalidad" y que esta tendencia estaba haciendo perder de vista no sólo las similitudes entre las plataforma de Obama y Clinton, sino también el objetivo clave: desalojar a los republicanos del poder en noviembre. Krugman, una voz demócrata, pidió en su artículo que ambos candidatos anunciaran su intención de respaldar el intento del otro si resultaba ganador de la interna.
Otro reflejo del problema demócrata es la importancia que adquieren en esto los denominados "súper delegados", unos 796 -o una quinta parte del total de convencionales- que no están obligados a seguir el voto popular ni siquiera en la primera votación de la fórmula. Se trata de funcionarios electos (gobernadores, legisladores) que pueden optar libremente a quién apoyar, aun luego cambiar su endoso. De los que ya se pronunciaron abiertamente -unos 300-, Clinton tiene un tercio de ventaja, pero ese dato puede cambiar.
La historia enseña que es peligroso obtener una nominación sobre la base de una acción desequilibrante del voto popular ejecutada con los respaldos de los "súper delegados", y esto también es algo que se puede pagar muy caro en la elección general, cuando los votantes se apartan de la lucha por la sensación de que su voluntad ha sido ignorada por la maquinaria partidaria.
Terra Magazine
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